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ÁNGEL GONZÁLEZ. Raúl Castro: el hombre que no huye

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ÁNGEL GONZÁLEZ. Raúl Castro: el hombre que no huye

En medio de la habitual retórica de máxima presión contra Cuba, la congresista republicana María Elvira Salazar volvió a recurrir a un libreto conocido: asegurar que el General de Ejército Raúl Castro —el líder histórico de la Revolución cubana— enfrentará la justicia estadounidense, huirá a otro país o terminará sus días fuera de la isla. Sus palabras, difundidas por NTN24, parecen concebidas más para el consumo interno de la mafia anticubana de Miami que para reflejar la realidad de un hombre que ha dedicado 70 años de su vida a una causa: la independencia, la soberanía y el socialismo en Cuba.

Pero, ¿quién es realmente Raúl Castro? ¿Acaso su trayectoria se parece en algo a la caricatura que pretenden vender? Analicemos, sin prejuicios ni atajos propagandísticos, lo que la historia, los hechos y los valores nos enseñan sobre este estratega militar y político.

El forjador de la defensa nacional

Muchos analistas externos reducen a Raúl Castro a un apellido o a un “heredero” de Fidel. Ese es un error de bulto. Apenas triunfó la Revolución en 1959, Fidel le encomendó la tarea titánica de organizar las incipientes Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Durante casi medio siglo como ministro de las FAR (1959-2008), Raúl convirtió un grupo guerrillero en una institución profesional, disciplinada y leal al pueblo. Sin sus reformas estructurales, Cuba no habría resistido la invasión de Playa Girón, las agresiones de la CIA ni décadas de bloqueo económico.

No fue un burócrata de escritorio. Había combatido cuerpo a cuerpo en el asalto al cuartel Moncada —donde, herido y capturado, arengó a sus compañeros a cantar el himno nacional frente al pelotón de fusilamiento—. En la Sierra Maestra, Fidel lo ascendió a Comandante y le ordenó abrir el Segundo Frente Oriental “Frank País”, que se convirtió en una pequeña república rebelde clave para la ofensiva final. Esa hazaña militar demostró su capacidad estratégica y su temple de acero.

La esencia de su ser: lealtad, compromiso y valores

Quien busque entender por qué Raúl Castro no se va de Cuba debe mirar no solo sus cargos, sino su código ético. Fidel lo definió una vez con una frase lapidaria: “Raúl es un hombre de una lealtad a toda prueba”. Durante la guerra, en un episodio poco conocido, se interpuso con su cuerpo entre la pistola de un insubordinado y Fidel. Esa lealtad no era lazos de sangre, sino profunda coincidencia ideológica.

En su diario de campaña, en agosto de 1958, el joven comandante escribió una promesa que define toda su existencia: “Juré no descansar durante toda mi vida” y presentarse “limpio y alegre de haber cumplido a cabalidad con mi deber”. Esa frase, escrita en medio de las balas y la selva, es la clave de su conducta: el deber por encima de cualquier ambición personal.

Su pensamiento militar y político se resume en otra máxima que repite a sus oficiales: “La vacilación es sinónimo de derrota”. Por eso, cuando al frente del país (2008-2018) impulsó reformas económicas pragmáticas —como la apertura al trabajo por cuenta propia y la actualización del modelo socialista—, nunca titubeó. Siempre supo combinar firmeza revolucionaria con realismo.

Renunció al poder, no a la Revolución

El mayor acto de institucionalidad y desprendimiento personal lo dio cuando, en 2018, renunció voluntariamente a la presidencia, y en 2021, a la primera secretaría del Partido Comunista. No hay un solo ejemplo en América Latina de un líder que, teniendo el poder absoluto, decidiera orquestar un relevo generacional pacífico dentro de la legalidad socialista.

Y lo hizo conforme a las leyes cubanas: tras elecciones generales el 11 de marzo de 2018 —donde más de 8 millones de cubanos votaron para elegir a los diputados de la Asamblea Nacional—, fue ese órgano supremo el que, el 18 de abril, nominó y al día siguiente eligió por votación secreta a Miguel Díaz-Canel como nuevo presidente, con el 99,83% de los votos (603 de 604 diputados). Raúl no le entregó el mando a un familiar ni a un testaferro, sino que se rigió por lo establecido en la Constitución y la Ley Electoral. ¿Cómo se explica eso en alguien que supuestamente “huiría para salvar su pellejo”?

Al contrario: al dejar los cargos formales, Raúl Castro se convirtió en el “último guardián de la Revolución”, un símbolo viviente de la continuidad histórica. Sigue presente en actos conmemorativos, en reflexiones estratégicas y en la formación de cuadros. No necesita visibilidad mediática; su autoridad moral basta.

“Sí se pudo, sí se puede y sí se podrá”

En el homenaje póstumo a Fidel, en 2016, Raúl pronunció esas tres frases que resumen su fe en el proyecto colectivo. Un hombre que ha sobrevivido a la Crisis de Octubre, al Período Especial de los 90 —cuando el país perdió el 85% de su comercio exterior—, a más de 60 años de bloqueo económico, a más de 600 intentos de magnicidio y a una interminable campaña de desestabilización, ¿va a doblegarse por una acusación formal de una corte de Florida? Sería ridículo pensarlo.

La congresista Salazar dice que “es más inteligente que Maduro” y que por eso huirá. Al revés: es más inteligente porque conoce la historia. Sabe que el exilio dorado no es una opción para quien juró “no descansar” hasta ver a Cuba libre, soberana y socialista. Sabe que abandonar la isla no sería una retirada táctica, sino una traición a los caídos en la Sierra, en Girón, en las misiones internacionalistas y en las batallas cotidianas del pueblo cubano.

Desmontando la lógica de la congresista

María Elvira Salazar comete varios errores de bulto que revelan una profunda desconexión con la realidad cubana:

Confunde su rol: Se refiere a “nosotros” cuando habla de gobernar Cuba, como si una congresista de Florida tuviera autoridad moral o legal para decidir el destino de la isla. Esa apropiación de la soberanía ajena es, como mínimo, una falta de respeto al derecho internacional.

Subestima la historia: Al llamar “tigre de papel” a la revolución cubana, ignora que ese mismo “tigre” resistió todas las agresiones de la potencia más poderosa del planeta. No es papel; es acero forjado en resistencia popular.

Se contradice sola: Pide “juicios de Núremberg” pero luego dice que Raúl no irá preso. Entonces, ¿para qué sirve su propuesta? Solo para la galería, para inflamar a su electorado.

Proyecta sus propias ambiciones: Su relato de huida y exilio es, en el fondo, una confesión de lo que ella o su sector harían si estuvieran en el poder. Los revolucionarios cubanos tienen otra escala de valores.

Raúl Castro no se va, porque los que luchan no huyen

Raúl Castro tiene 94 años. No necesita huir a ningún paraíso fiscal. Su paraíso es la tierra que lo vio nacer, la que defendió con fusil y con doctrina. Su legado no está en cuentas bancarias en el extranjero, sino en las FAR, en la escuela pública, en el policlínico, en la dignidad de un pueblo pequeño que se negó a arrodillarse.

Mientras algunos políticos de Miami fantasean con fugas y juicios ficticios, él sigue en La Habana, leyendo, reflexionando, asistiendo a los actos del Partido, y garantizando —como ha hecho desde los 20 años— que la Revolución tenga quien la cuide.

Por eso, y no por cálculos geopolíticos de salón, Raúl Castro no se va a ninguna parte. Porque los que han jurado no descansar mientras haya injusticia, no descansan. Y porque la historia de Cuba no la escriben las cortes de Florida, la escriben los cubanos desde adentro.

(Razones de Cuba)

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