Medios especializados en temas de defensa coinciden en que EEUU observa con preocupación cómo la tecnología rusa mejorada en combate -en Ucrania- “fluye hacia Irán justo cuando Teherán intensifica sus ataques contra activos estadounidenses en el mar Rojo, el golfo Pérsico y el Mediterráneo oriental”.
Lo cierto es que si bien el inicio de la relación militar entre Rusia e Irán se marca en los años noventa, se toma a la guerra iniciada en Ucrania como el paso de cocnreción de la alianza más estrecha con intercambio de desarrollo tecnológico en el armamento.
En agosto de 2022, Irán suministró a Rusia los primeros drones Shahed-136 y Shahed-131, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). Dos meses después, una delegación de la industria de defensa rusa viajó a Irán para cerrar un acuerdo de 1.750 millones de dólares que autorizaba la producción del dron en suelo ruso, en la Zona Económica Especial de Alabuga, en Tartaristán.
El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) refiere que los drones de diseño iraní suministrados a Rusia fueron mejorados durante el uso intensivo en combate (como suele ocurrir históricamente con el uso del armamento) y ahora regresan a Irán con mejoras significativas.
La cooperación no se limita a los drones. Desde 2023, especialistas rusos en misiles ayudan a Irán a desarrollar sistemas de propulsión ramjet para misiles de crucero supersónicos e hipersónicos, dentro de un programa encubierto con el nombre en clave C430L, según una investigación del Financial Times publicada el 1 de septiembre. El pacto se formalizó en 2025 con un tratado estratégico de veinte años que abarca ejercicios militares conjuntos, intercambio de inteligencia y cooperación industrial de defensa.
Imágenes satelitales de principios de septiembre muestran la construcción de al menos diez nuevas instalaciones en la Zona Económica Especial de Alabuga, ubicada en la República de Tartaristán, en Rusia. La inteligencia ucraniana calcula que Moscú planea producir miles de drones Geran adicionales y municiones señuelo en septiembre, y que los modelos a reacción representarán cerca del 80% de todos los ataques con drones para noviembre.
Esa capacidad de producción otorga a Rusia margen para abastecer tanto su guerra en Ucrania como la campaña de ataques de largo alcance de Irán contra portaaviones y buques de guerra estadounidenses en Oriente Próximo. El jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, el general Dan Caine, admitió en abril ante el Senado que hay «definitivamente alguna acción» rusa en apoyo al esfuerzo bélico iraní contra fuerzas estadounidenses.
La retroalimentación tecnológica convierte a Irán en un laboratorio de combate para los sistemas rusos y a Rusia en el arsenal de precisión de Teherán.
La inteligencia estadounidense y ucraniana coincide en que la transferencia de datos de targeting rusos plantea el riesgo de que los futuros ataques con drones iraníes sean sustancialmente más sofisticados que las campañas anteriores, tal y como advierte el ISW.
Irán podría disponer de misiles de crucero hipersónicos capaces de saturar las defensas antimisiles de las bases estadounidenses y de sus aliados del Golfo. Para la OTAN, el flanco sur se convierte en un foco de atención tan relevante como el este. El precedente histórico es claro: la crisis de los misiles en Cuba mostró en 1962 cómo la transferencia de tecnología balística entre potencias podía alterar el equilibrio estratégico en cuestión de meses. Hoy, la retroalimentación entre Rusia e Irán reproduce aquel patrón con drones y misiles de crucero en lugar de misiles balísticos de alcance intermedio.
