La luz que no se compra
A esos trabajadores que están logrando sacar y refinar combustible de nuestro suelo…
La mosca detrás de la oreja…
Cuando veo a Cuba encender, lentamente, sus propias luces con el crudo que brota de su tierra, comienzo a pensar más en positivo y no puedo ver una carencia: veo un parto. Veo el sudor de manos que podrían estar cansadas, pero que no claudican.
Cada gotita de ese petróleo refinado en suelo cubano es un verso escrito contra el olvido, una caricia a la memoria de quien ha sabido resistir el temporal más largo. No importa que el reloj corra lento a pesar del empuje; si la historia no se midiera en megavatios, pasaríamos por alto la firmeza del que camina sin venderse, con la frente en alto y el alma descalza pero libre.
Y entonces llega la voz del imperio jjjj… cómo que se enteró de arrrgooo,!,jjj, con su libreta de cheques en una mano y el látigo en la otra, ofreciendo combustible… pero con una cadena atada a la válvula. «Privatiza», nos dicen, «y te daré de beber». Pero el pueblo cubano sabe que el agua que viene con grilletes no sacia la sed: ahoga la dignidad. ¿Ese ofrecimiento es humanitario?, pues NO, es una burla vestida de traje; es el mismo vecino que te incendió la cocina y ahora te ofrece un vaso de agua a cambio de la escritura de tu casa. ¿Cómo no desconfiar? Porque el bloqueo no es un accidente meteorológico, es la estrategia de un gigante que no soporta que una hormiga le demuestre que se puede vivir sin pedirle permiso.
Pero nuestra Cuba sigue, poquito a poco, con la ternura de quien siembra maíz entre las rocas. Esa lentitud que hasta yo critico en mi desesperación por ver mi pueblo salir a la superficie y respirar es, en realidad, la marcha más temeraria frente al coloso: la de un pueblo que prefiere la luz tenue de su propio sol a la lámpara prestada del colonizador. Porque no hay mayor amor que construir el futuro con las propias ruinas, sin entregar la llave de tu puerta a quien te la ha querido derribar durante sesenta años. Hoy, cuando enciendan un bombillo en cualquier barrio de La Habana, que sepan que esa chispa no la compró el Fondo Monetario, ni la bendijo la Casa Blanca: la parió la resistencia, la alumbró la dignidad y la sostiene el corazón más grande del Caribe. ¡Viva Cuba, su poquito de petróleo que enciende su luz de batalla!
(De su muro de Facebook)
