Cuba atraviesa en este momento, una auténtica asfixia donde el colapso energético, la escasez crónica de divisas y la parálisis productiva condicionan la vida de más de diez millones de personas. Frente a este escenario, el paquete de reformas impulsado por el gobierno cubano —la legalización de pequeñas y medianas empresas privadas (Mipymes), la apertura selectiva a la inversión extranjera, la agresiva reestructuración fiscal y el fin de la universalidad de ciertos subsidios— se está entendiendo como una rendición ideológica al imperialismo estadounidense o un necesitado retroceso táctico del proceso revolucionario. El problema del debate sobre las reformas cubanas es que ha sido secuestrado por el purismo y la performatividad comunistas que exigen a la pequeña isla caribeña la preservación de una estética revolucionaria inmaculada por encima de la reproducción material de la vida del pueblo cubano. Resulta obsceno que estos críticos dicten lecciones de moralidad y exijan pureza ideológica, cuando ni siquiera las organizaciones internacionales comunistas han conseguido que sus propios gobiernos apoyen a Cuba pasando por encima de la hostilidad estadounidense.
Lo que Cuba padece hoy tiene raíces que anteceden al bloqueo trumpista, a la pandemia y al poschavismo en Venezuela. Históricamente, la complejidad de emprender un proceso socialista en un país como Cuba devino en una dependencia respecto a sus aliados como la URSS y el Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON), que llegaron a desmantelar gran parte de su propia producción de azúcar de remolacha para crear la necesidad de azúcar cubano. La geopolítica de la Guerra Fría y la posición estratégica de Cuba permitió tal situación, pero tras el desmantelamiento del Bloque del Este, la dependencia no fue suprimida, sino sustituida por el petróleo venezolano y el turismo. En la era postsoviética, la dirección estatal operó bajo una lógica de preservación que, con el tiempo, devino en un quietismo paralizante. Atrapada por el pánico a desestabilizar el sistema o perder el control, la cúpula gobernante aprendió que la inacción era más segura que la reforma, puesto que cada propuesta de cambio estructural abría debates internos que el partido prefería evitar, y cada apertura al mercado generaba acusaciones de revisionismo dentro y fuera del propio Partido Comunista de Cuba (PCC). Este inmovilismo se convirtió en el principal enemigo interno que no hizo más que retrasar las reformas que exigía el contexto geopolítico para lograr una modernización productiva. Así, las reformas contemporáneas no se aprobaron por deseo de claudicación, sino porque el quietismo y el conformismo de las autoridades, sumados al histórico bloqueo y al actual embargo comercial, habían agotado cualquier otra vía de supervivencia de la Cuba que nació gracias al Movimiento 26 de Julio.
De la misma manera que la revolución cubana no se impuso por decreto, tampoco terminará por ello. Un proceso revolucionario no puede mantenerse en el tiempo por la pura voluntad revolucionaria cuando las fuerzas productivas están materialmente destruidas, son escasas o directamente no existen. El llanto del comunista performativo y purista por el supuesto desmantelamiento del colchón público o del escudo social se convierte en lágrimas de cocodrilo cuando se entiende que es materialmente imposible defender un escudo social universal cuando no existen ni los bienes, ni los suministros, ni las mercancías reales para respaldarlo. La legalización del trabajo por cuenta propia, la proliferación de Mipymes y la imposición de nuevos tributos al consumo no son inventos repentinos de una supuesta cúpula neoliberal; su finalidad reside en legalizar, fiscalizar y encauzar productivamente un inmenso mercado negro que ya operaba en las sombras desde hace décadas, acaparando divisas sin contribuir a la infraestructura común. En verdad, el gobierno cubano no ha hecho otra cosa que aceptar oficialmente la realidad microeconómica existente en el país para poder redirigirla hacia el proyecto económico común-nacional. Así, el Estado ha formalizado lo que ya existía, lo ha sometido a tributación y lo ha integrado al ciclo de captación de divisas. Es una operación de ingeniería fiscal y productiva, no un viraje ideológico. Claro está, que estas reformas no están exentas de riesgos porque estarán condicionadas por la contradicción de ceder el ámbito de la microeconomía y los sectores atractivos para el ámbito privado para obtener capital, mientras que el Estado blinda los pilares innegociables del proyecto revolucionario como lo son: el monopolio del comercio exterior, los sectores estratégicos, la red de energía, la salud y la educación. Por ello, la brújula que debe guiar la nueva etapa de Cuba es la centralización macroeconómica fundamentada sobre una descentralización microeconómica de estricta emergencia nacional y bajo firme dirección del Partido.
El veredicto final sobre la viabilidad de esta nueva etapa cubana viene de la comparación histórica directa, donde los modelos de transición asiáticos y soviéticos son ejemplos históricos con contrastes demoledores. Por un lado, la Perestroika de Gorbachov no propició el desmantelamiento de la URSS por la mera introducción de los mecanismos de mercado, sino por la aplicación paralela e irresponsable de la apertura política. La Glasnost debilitó la autoridad del Partido, fracturó la lealtad del aparato militar y de seguridad, y entregó los medios de comunicación y la vida política del país a fuerzas abiertamente reaccionarias. Por otro lado, las experiencias diametralmente opuestas de China bajo Deng Xiaoping y de Vietnam a través de su proceso de Doi Moi demostraron que la absorción de capital extranjero y la integración en las cadenas globales de valor pueden catapultar las fuerzas productivas de una nación, siempre y cuando el Partido Comunista retenga el monopolio del poder político. La gran contradicción y lección histórica es clara: para flexibilizar el control sobre la economía, es imperativo endurecer y blindar el control del Estado y el Partido. Mientras Moscú se practicó un harakiri político, Pekín y Hanói utilizaron el mercado como una herramienta transitoria y mantuvieron a sus respectivos partidos como garantes innegociables de la soberanía.
El destino del proceso revolucionario en Cuba se juega íntegramente en esta capacidad para domar las contradicciones que genera la acumulación de capital y para que eso se cumpla el poder político y la soberanía estatal deben permanecer bajo control estricto del gobierno revolucionario y del Partido Comunista de Cuba. A su vez, los cubanos deben prevenirse de la degeneración interna del propio aparato gobernante para que los mecanismos de mercado no engendren una burocracia corrupta y una burguesía compradora-cipaya que eche por tierra el nuevo rumbo adoptado. Las reformas en curso no son un fin en sí mismas: son la condición para la supervivencia del Estado cubano. Si el PCC logra gestionar la apertura económica sin perder el monopolio del poder político —si logra capturar las divisas que genera el sector privado emergente, si logra mantener el control sobre los sectores estratégicos, si logra convertir la inversión extranjera en transferencia tecnológica y no en dependencia estructural— entonces habrá conseguido renovar sus bases materiales sin sacrificar la soberanía política.
La pregunta que quedará abierta durante años, y que solo la historia podrá responder, es si el PCC tendrá la capacidad política e institucional para gestionar ese proceso como los chinos y los vietnamitas o si reproducirá los errores y el harakiri gorbachoviano. El comunista performativo y purista que se “preocupa” genuinamente por Cuba debería concentrar su energía en esa pregunta, en lugar de malgastarla denunciando reformas que hoy son la única alternativa material al colapso porque una Cuba llevada al colapso no sería una victoria del socialismo puro sobre el pragmatismo oportunista: sería, sencillamente, otra victoria del imperialismo estadounidense sobre un pueblo que lleva más de sesenta años resistiendo. Eso sí, esa derrota, el hambre y la miseria, no la sufrirían estos comunistas tan puros que idolatran el fracaso romántico. La sufrirían los cubanos, a los que poco les importa los debates falaces y vacíos que se producen en las redes sociales.
