La rauda aprobación en Cuba de 176 medidas que transforman radicalmente el modelo económico del país ha sido recibida con beneplácito por muchos que hace años abogaban por una reforma (a veces así, en abstracto) pero también ha causado en otros polémica, incomprensión, estupor y —¿cómo negarlo?— decepción.
El iter de aprobación, de insólita celeridad, transcurrió de la siguiente forma: el viernes 12 de junio amanecimos con una comparecencia inesperada ante la prensa nacional del presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, donde anunciaba medidas, cambios, que todos (tirios y troyanos por igual) intuimos serían de mayor liberalización pero nadie —salvo los muy involucrados en el proceso— imaginaría su extensión y profundidad; menos de una semana después se reunía el Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), el miércoles 17 de junio, y se le daba el espaldarazo político-partidista a las “transformaciones”, se televisaban algunas alocuciones de miembros del Comité Central (incluido un discurso de Díaz-Canel, también Primer Secretario del PCC) pero no se publicaría textualmente ninguna medida.
El último golpe de legitimidad formal sería una sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), el máximo órgano del Estado según la Constitución vigente en tanto representa al pueblo en su conjunto. Manuel Marrero, primer ministro y jefe del gobierno cubano, leyó y explicó a los diputados congregados, una tras otra, las 176 medidas, con participación de buena parte por videoconferencia y la transmisión en vivo por la televisión, la radio y las redes digitales.
Y en una tarde de trabajo —con la lectura y muestra, previa al debate, de una carta de apoyo a las medidas, firmada por el General de Ejército Raúl Castro— se votó a favor (y por unanimidad) del “giro copernicano” de la política económica de Cuba.
El discurso oficial ha sido el de afirmar que estas medidas no se toman por presión de Estados Unidos (o a causa del cerco asfixiante que ha recrudecido la administración del emperador de turno, Mr. Donald Trump) sino que son fruto de una decisión a la que teníamos que llegar de cualquier manera. Se citó —a modo de consigna, sin la debida contextualización o el necesario análisis crítico— la frase de Fidel: “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado”; y también se esgrimió al Martí que dijera: “En lo común de la naturaleza humana se necesita ser próspero para ser bueno”.
También se ha desempolvado al Lenin de la NEP, quien condujera un proceso reformista, de apertura al mercado, en la Rusia bolchevique.
La frase literal de Martí es la siguiente: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.” Personas más sabias que yo ya se han referido a la descontextualización de ese fragmento del ideario martiano.
Marlene Vázquez, por ejemplo, habla de un “(…) reduccionismo pragmático que poco o nada tiene que ver con el altruismo martiano”. Y agrega: “A Martí no le interesaba ser próspero en primera instancia. Entendía que el ser humano tenía necesidades materiales que debía satisfacer, como es natural, pero sus fines y objetivos no eran los de un hombre común, estaba por encima de lo material y de su austeridad y honradez han dado fe muchos de sus contemporáneos”.
Luis Toledo Sande, por su parte, aclara que Martí: “(…) no confundía estrechamente prosperidad con riqueza material. (…) Pudo haberse hecho millonario, y echó de veras su suerte con los pobres de la tierra: fue uno de ellos, y así vivió, incluso —porque fue ejemplo de honradez— cuando manejaba los fondos recaudados para organizar la guerra con que emancipar a su patria.”
En cuanto a la frase de Fidel, hace muchos años Iroel Sánchez nos alertó que se citaba “(…) para abogar por la generalización del «libre mercado», la retirada del Estado de la mayor parte de la economía y la eliminación de cualquier regulación a la concentración de la propiedad”.
Iroel nos llamaba a situar el “momento histórico” en que se dijo tal expresión: Fidel expuso su Concepto de Revolución el 1ro de mayo del año 2000, en los inicios de lo que él mismo denominó “Batalla de ideas”, un proceso que, en palabras de Fernando Martínez Heredia, constituyó una “ofensiva” que “pretendió frenar desigualdades y reforzar al socialismo”.
Ni es prudente utilizar a Martí para apuntalar una retórica pragmática, ni es atinado escudarse en Fidel para maquillar de victoria un retroceso, máxime cuando él fue el primer crítico de los “repliegues tácticos” que, como Lenin, tienen que asumir los revolucionarios para la supervivencia del proceso histórico que defienden como causa vital.
Ahí están los discursos de ambos líderes y su honesta confesión de que las medidas eran “males necesarios” ante determinadas coyunturas, tanto la NEP como la reforma de los 90 en Cuba. No obstante, Lenin revisaría una y otra vez la aplicación de esa reforma, llegando a atacar duramente a los nuevos ricos, los nepmen; y Fidel comenzaría el siglo XXI diciendo que solo nosotros podríamos destruir la Revolución, el socialismo.
En el famoso discurso del Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005, Fidel también diría: “Soñó el imperio que en Cuba se establecieran muchas más paladares, pues puede ser que no quede ninguna; o qué creen, ¿que nos hemos vuelto neoliberales? Ninguno de nosotros se ha vuelto neoliberal; pero les vamos a demostrar irrefutablemente las crisis de sus teorías, como les hemos demostrado el fracaso de su bloqueo, de sus agresiones, de sus desestabilizaciones”.
Entre las 176 medidas destacan algunas que, por su contenido, difícilmente puedan fortalecer la transición socialista en Cuba. Hablamos, por ejemplo, de la banca privada, una puerta abierta a que los capitalistas instrumentalicen su poder en Cuba con una de sus más eficaces herramientas. ¿Es que elegimos olvidar al Lenin del imperialismo como fusión del capital industrial y bancario? O ese derecho de superficie que se puede extender hasta los ¡99 años!, lo cual implicaría, de facto, entregar una parte de la tierra cubana más allá de la vida de toda una generación.
¿Dónde han servido los bancos privados al bienestar popular o al desarrollo de una nación? ¿Puede el Banco Central de Cuba controlar y regular el nacimiento y desarrollo de ese peculiar sector? ¿Qué barreras jurídicas podrán implementarse para impedir que el capital financiero internacional dicte el pulso de la Isla o para que la tierra de este país no se enajene del todo?
La medida que se anunció referida a la conversión de todas las empresas estatales socialistas en sociedades por acciones también resulta preocupante. ¿Quién decidirá qué acciones se venden? ¿Qué empresas, en definitiva, continuarán siendo públicas? Porque no estamos hablando de una abstracción: si el Estado no es dueño del tejido empresarial que, por letra de la Constitución, es el principal sujeto de la economía cubana… ¿no estamos aceptando al “Estado mínimo” al que tanto adversamos durante décadas? ¿Qué poder real tendrá el Estado sobre los destinos de la nación?
Hay decisiones que, ciertamente, había que tomar. La descentralización y la erosión del burocratismo eran imprescindibles, pero… ¿estamos borrando el poder de la burocracia centralizada en favor de una socialización de las potestades políticas, en favor de la acción comunitaria? ¿O simplemente estamos entregando estructuras reales del poder sobre la vida de la sociedad cubana a aquellos que más recursos financieros tengan?
Estas interrogantes y dudas no son resultado de la suspicacia mezquina que pudiésemos atribuirle en épocas anteriores a los enemigos de la Revolución. En un país donde se discutió en cada barrio y centro laboral el proyecto de Constitución de 2019, donde se sometió a consulta y a referendo el Código de las Familias, estas 176 medidas se han aprobado sin debate popular y sin posibilidad de que los ciudadanos (ni siquiera los militantes del Partido) pudieran señalar inconveniencias o recomendar cambios.
Se habla de la variante tiempo y de la urgencia de esta época pero es cuando menos ingenuo pensar que será legítimo un proceso de transformación en Cuba que no cuente con el pueblo… y para eso sí se podría citar en extenso, en primer lugar, a Fidel.
La racionalidad crítica y revolucionaria, verdaderamente democrática, ha colisionado con el logos tecnocrático: unos pocos “especialistas” han decidido qué es mejor para el pueblo sin contar con él. Falsas premisas que antes eran patrimonio exclusivo de la contrarrevolución, como la tesis cretina del “bloqueo interno”, hoy se validan públicamente con la retórica que convierte la preocupación por la desigualdad y la injusticia en valladares para el progreso. Sí, el bloqueo estadounidense existe, pero ha sido decisión del sistema político cubano no reformarse para avanzar: eso se ha dicho por representantes del gobierno y del Estado. Eso se ha aplaudido.
Y es precisamente el bloqueo una variable que, con motivo de la triunfante reforma, pareciera soslayarse. ¿El gobierno estadounidense liberará de su persecución financiera a los bancos privados que negocien con Cuba o se domicilien en ella? ¿Lo ha hecho antes? En una situación de crisis internacional —como señala la economista uruguaya Gabriela Cultelli—, ¿serán eficaces las medidas para dar facilidades y mayor flexibilidad a todo tipo de inversión extranjera? ¿Valdrá la pena todo lo sacrificado en la práctica?
No hablamos aquí de un problema de fundamentalismo contra el mercado, lo cual es un lugar común en el discurso reformista. Nadie niega que, en un mundo donde priman las relaciones monetario-mercantiles, es imposible que Cuba se convierta en un “oasis comunista”.
El mercado existe y es una poderosa fuerza dentro y fuera del ámbito social y nacional, pero es una fuerza que la Revolución —alargando la paráfrasis a Fidel— debe desafiar; el mercado, como afirmara un teórico que difícilmente pueda considerarse estalinista, llamado León Trotsky, debe ser “disciplinado”.
De la letra de las medidas aprobadas pudiera colegirse que esa voluntad de ejercicio del poder existe pero la historia de los últimos quince años ha sido la de un Estado que ha contemplado impotente la depauperación paulatina de sus propias instituciones y de su capacidad de incidir sobre la economía, con el impacto en el bienestar popular que eso conlleva (y ha conllevado).
El socialismo no es un modo de producción, es un estadio histórico de transición, una etapa en la que todavía no ha muerto el antiguo régimen capitalista (hoy bien lejos del cementerio, por cierto) pero tampoco acaba de nacer un modo de producción o una formación económico-social cuya naturaleza sea radicalmente distinta; implica la voluntad de dejar atrás el capitalismo y avanzar hacia un horizonte donde desaparezcan la explotación del hombre por el hombre, el fetichismo del dinero, las autoridades políticas y toda forma de jerarquía que no proceda del consenso social. En una palabra: comunismo. No se construye el socialismo: transitamos por él hacia su negación.
En ese devenir, son lógicos los retrocesos, los errores, las incoherencias. Pero ni se puede vender como avance un retroceso, ni disfrazar de fatalidad un error; ni se puede enarbolar como bandera la incoherencia y ponderar como victoria lo que ayer se consideraba derrota. Y sí, los comunistas hemos sufrido una derrota en Cuba: han ganado los reformistas este asalto, han infiltrado el espacio físico del Estado y, lo que es mucho peor, la mente de los que en él ejercen su autoridad como representantes del pueblo o como funcionarios.
Pero eso también es consustancial al socialismo, siempre que sepamos llamar a las cosas por su nombre y siempre que el Partido, esa vanguardia ideológica que no se limita a sus máximos dirigentes, sepa conducirnos más allá de las concesiones que, como sociedad, hemos hecho.
En reciente entrevista con el periodista Roberto Cavada, Miguel Díaz-Canel expresó que el país asumía cambios pero siempre en aras de preservar el socialismo, o lo que comúnmente se entiende por Revolución, dígase sus conquistas. Habló de la salud y la educación como “cosas sagradas”, que permanecerían “universales y gratuitas”; así como de seguir apoyando el acceso masivo a la cultura y el deporte. Afirmó que la reducción del aparato estatal redundaría en la disminución del gasto público y en la posibilidad de financiar otras prioridades.
Díaz-Canel se refirió también a la creación de un solo sistema empresarial, un ecosistema donde todos los actores económicos actúen en “similares condiciones”, como indica la Constitución. Y repitió algo sobre lo que se ha hecho hincapié en la esfera pública cubana, tanto por autoridades gubernamentales como por entusiastas “civiles” de la reforma: la riqueza que se cree se redistribuirá.
El espíritu que traslucen estas declaraciones no levanta sospechas. Al contrario, tranquiliza y reconforta. Pero la experiencia histórica, la práctica como criterio de la verdad, orbitan alrededor y alebrestan a aquellos que nos debatimos entre la disciplina militante y la rebeldía.
¿Puede el Estado cubano romper con la tendencia de los últimos años y proteger a los “vulnerables” en medio de la espiral inflacionaria que no frenará y en todo caso pudiera acelerar incluso la implementación de la reforma? ¿Puede el gobierno revertir los enormes índices de evasión fiscal que se han producido en los últimos años para que esa “riqueza de pocos” pueda socializarse? ¿Puede operar en Cuba el milagro, a contrapelo de la realidad internacional, de que los nuevos ricos no busquen (y logren) corromper a los funcionarios que deben fiscalizarlos? ¿No buscarán, ahora que se logró la reforma económica, una reforma política que los beneficie todavía más?
De cualquier manera, el camino que ha comenzado en este caluroso verano parece irreversible. El consenso político, incluso a niveles populares, no respaldaría una “contrarreforma”.
No obstante, estas transformaciones no aliviarán a corto plazo las difíciles condiciones en las que hoy sobrevive la mayoría del pueblo cubano, con prolongadísimos apagones y escasez de alimentos, y eso implica que la Revolución y el socialismo enfrentan un peligro mayor que la reforma misma: un estallido social que justifique una intervención militar estadounidense. El peligro de invasión, aun con una mejora que comience a operar a mediano o largo plazo, no disminuye.
Esa triste tranquilidad nos acompaña, por otra parte: no ha habido “pacto de élites”, no ha habido traición. La respuesta del gobierno imperialista ha sido tildar de “señales de humo” a las 176 medidas y continuar aprobando sanciones contra empresas e individuos que asocian con la “dictadura”. Ellos (los Rubio y los Trump) tampoco se conforman con reformas económicas, quieren cambios políticos; quieren humillar a sus adversarios, demostrar sin lugar a dudas su supremacía, nuestro vasallaje.
En tanto no lo logren, seguirá el bloqueo y seguirá latente la amenaza de agresión militar y, por curiosa dialéctica de la política, seguirá vivo el “fantasma del comunismo” en Cuba, la posibilidad del socialismo, la posibilidad de un modelo alternativo distinto a “lo normal”, a lo que “todo el mundo hace”. Por eso, y a pesar de las muy difíciles circunstancias, esta historia no ha terminado.
¿Se acabó el socialismo en Cuba? Pues no. Quedan muchos comunistas, en la institucionalidad o en sus márgenes, dispuestos a superar esta desafiante coyuntura en la que nos enfrentamos, de conjunto, a la agresividad de nuestros enemigos y a ese “sentido común”, según Gramsci, que niega utopías y sueños de justicia.
Y si en definitiva el rumbo está y estará signado por las 176 polémicas medidas, lo desandaremos con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón —como también dijera el teórico italiano— para ir ganando espacios de discusión, para hacer de la descentralización un proceso de participación y control popular, para limitar los flagelos del auge liberal, para hacer del ejercicio del poder un hecho democrático que refuerce la soberanía del pueblo y la justicia social por la que tanto hemos sacrificado, a lo largo de décadas, varias generaciones.
El socialismo es conflicto y disputa de sentidos. Lo ha sido siempre y en especial para nosotros desde el triunfo revolucionario. ¿Quién puede negar que hoy está más vivo que nunca? Fácil no será… pero será.
(Alma Plus TV)
