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MARIO SILVA. Somos ejemplo o vergüenza

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MARIO SILVA. Somos ejemplo o vergüenza

“Los abrazos que quiero, son cenizas”

En esta semana de forzoso retiro, dediqué tiempo a revisar mis archivos audiovisuales, sobre todo documentales, porque esa dinámica reactiva a la que nos han acostumbrado la mayor parte de estos casi 28 años de Revolución Bolivariana, nos han llevado a responder a la agresión con elementos que, lejos de favorecernos, facilitaron el plan neocolonizador imperialista que vertiginosamente hoy facilita el gobierno encargado desde la agresión criminal norteamericana el pasado 3 de enero.

Es decir -y no es de ahora-, jugamos en su terreno, bajo sus reglas, de acuerdo a su narrativa hegemónica, sin tener posibilidad alguna de romper la lógica del capital. De manera que se nos escapan elementos fundamentales del plan imperialista y las consecuentes repeticiones de errores que nos mantienen girando en un círculo vicioso cuyas consecuencias las están pagando los pueblos.

El primer elemento, quizás el más importante, fue creer que una Revolución se puede hacer desde el marco de la “democracia formal burguesa”. Si hacemos una revisión somera de todos los intentos que se han hecho en los últimos 100 años para construir una revolución al menos nacionalista en América Latina, a excepción de Cuba, han tenido los mismos resultados: Derrocamiento o Traición de los liderazgos que la llevaron a cabo o quienes se erigieron como herederos de esas revoluciones.

Creer que la soberanía y la independencia de un pueblo se decreta sin tomar las armas y defenderla, ha sido el error más grave y repetido por las clases políticas que emergen y se aprovechan de los procesos revolucionarios. Y no es un tema menor, porque el reformismo en el marco de las elecciones burguesas, sustituyó la “lucha de clases” por la “conciliación de clases”, favoreciendo a las burguesías del continente que nunca han dejado de conspirar de la mano de los EEUU y que, a su vez, permitió la creación de una nueva burguesía más depredadora, corrupta, surgida del seno de los gobiernos “revolucionarios”, pero que en realidad son de corta duración, porque al final la oligarquía las terminará fagocitando. Las burguesías tradicionales corrompen, incluso pueden invitarte a su baile de gala, pero no son tan estúpidas como para entregarse a esas burguesías emergentes.

En la primera década del Siglo XXI, el Comandante Chávez, lejos de ser una sorpresa para el imperialismo, se convirtió en objeto de estudio para replanificar “anticuerpos” en contra de las rebeliones populares que insurgieron en contra del Plan Cóndor y el neoliberalismo brutal que no lograron imponer en toda América Latina. Sin embargo, esa agenda quedó en reserva para ser aplicada posteriormente. Venezuela fue la cobaya favorita en los laboratorios de los tanques pensantes.

Chávez proporcionó la posibilidad de replicar procesos sociales en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Uruguay y otros procesos similares que, negando su existencia, se aprovecharon de la “Ola Bolivariana” para crear expectativas en las organizaciones revolucionarias. Pero, el germen de su destrucción iba por dentro. Las burguesías se mantuvieron intactas e impunes, unas conciliando e infiltrándose, otras intocables abiertamente enfrentadas con el apoyo norteamericano, convirtiéndose en “víctimas del comunismo” que resucitaba la vieja prédica macartista. Todos esos procesos sociales, incluyéndonos, uno a uno fueron cayendo, repito, por derrocamiento (asesinato en el caso de Chávez), o por traición a las clases populares.

Ninguno de esos procesos “revolucionarios” dejó de negociar con el poder económico de las burguesías tradicionales y sus interlocutores gringos. Algunos de ellos, como los casos de Brasil, Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y Uruguay ya tenían un plomo en el ala. Aprovechaban a los movimientos sociales para ser apoyados en el juego de las elecciones burguesas y luego, de manera repetida, los apartaban para seguir entregando sus países al capital nacional y extranjero.

En el caso nuestro fue peor, porque teniendo el pulmón popular suficiente como para responderle al imperialismo en el terreno cívico militar, aquellos que se pronunciaban abiertamente antiimperialistas, antifascistas y socialistas, desaparecieron del escenario en menos de seis meses. La claudicación fue vergonzosa y total. Han tratado de imponer la censura, ya no con descalificaciones que cada vez son más rechazadas por el pueblo, sino con el borrado sistemático de cualquier opinión que contraríe la entrega vertiginosa de nuestra soberanía e independencia a los EEUU y al sionismo genocida que fue invitado a venir a tomar control de nuestros aparatos de inteligencia.

Este plan necolonizador de los EEUU arrecia con la llegada al poder de Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, la entrega de Arce y Evo en Bolivia, la traición consuetudinaria de Boric y la “izquierda” que introdujo la posibilidad de un Plan Cóndor 2.0 teniendo como vocero al fascista Kast en Chile. No había que ser un experto en geopolítica como para saber lo que ocurriría recientemente en Colombia. Los gobiernos reformistas de Brasil y México tienen sus propias urgencias con el poder económico y no pueden hacer gran cosa más allá de opinar para favorecerlo.

Lo cierto es que se nos viene encima un retroceso hacia esa agenda neoliberal de los años 80. La entrega de Venezuela a los intereses gringos no sólo es de recursos minerales y energéticos, también se tienen previstas las privatizaciones de los servicios públicos y esta vez EEUU va a atacar la médula de las organizaciones revolucionarias que se opongan a la violación de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. El fenómeno Chávez no puede repetirse en el continente y, mucho me temo, que Cuba será la próxima víctima de esa agenda. Cuba no tiene riquezas que puedan ser de interés para EEUU, a excepción de ser el “mal ejemplo” a extirpar.

No podemos seguir achacándole a las medidas coercitivas criminales todos aquello que no hemos podido solucionar. La ineficacia en el tema de los servicios públicos, evidencian que existe una corriente interna -no es la primera vez que ocurre-, que está interesada en demostrar que el Estado es incapaz de resolverlo. En consecuencia la posibilidad de privatizar los servicios por eso que denominan “fracaso del sistema socialista” (socialismo inexistente, publicitado y ralentizado por el Estado Burgués que se instaló desde que la Revolución llegó al poder), está a la vuelta de la esquina. Igual ocurre con el tema de la gasolina, que se ha convertido en una caja chica reproductora del mercado negro y la corrupción a sectores que les conviene mantener en crisis a millones de usuarios en ese sistema dual de precios. Incluso que podría ser un mecanismo de control de masas y favorecer a quienes detentan el poder. Ni Giusti podría haber sido tan eficaz en la promoción de la privatización de los años 80. Lo cierto es que, aún entregándose a los intereses norteamericanos, cada una de esas medidas coercitivas siguen en vigencia.

El reformismo ha hecho estragos en América Latina y no entendimos que para romper con la lógica del capital, la lucha de clases es la única manera de erradicar cualquier mecanismo del capitalismo que se alimente de las negociaciones con el poder económico y las armas se convierten en la herramienta de disuasión o confrontación con el imperialismo. Pero, la lucha de clases fue siempre un tema tabú en aquellos sectores que lo escuchaban de boca de Chávez, pero que en la práctica atentaba contra los grupos que convirtieron el partido en terreno fértil para sus intereses.

Debemos empezar reconociendo que por comodidad le hicimos el juego a quienes traicionaron no sólo a Chávez, sino a todo un pueblo.

El chavismo no es una consigna, se hace cuerpo en las masas, en las comunas, en las organizaciones revolucionarias, en los colectivos, en el antiimperialismo, en cada uno de los barrios que hoy ven con estupor que están entregando nuestra soberanía e independencia.

Si nos quieren llamar subversivos, háganlo, pero para entender que sólo el pueblo tiene la posibilidad de desplazarlos del poder para construir una revolución, debemos precisar un hecho concreto: No hay ninguna estrategia que pueda justificar la entrega ominosa al imperialismo norteamericano.

Somos ejemplo o terminaremos siendo vergüenza.

(La Hojilla)

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