Han pasado dos días del terremoto que sacudió y trajo tragedia a nuestra tierra. La naturaleza no juega a los dados ni improvisa sus respuestas. Valga esto para quienes la interpretan desde lo esotérico, lo religioso, las cábalas catastróficas, castigos divinos, nigrománticos o, simplemente, para conseguir más seguidores que engrosen las filas de la estupidez humana que se ha hecho cotidiana en las redes. Y también para aquellos que trafican con el oportunismo, se frotan las manos y creen que ha llegado la hora de llevar al paredón a los que han anotado en sus listas personales.
No son nuevas estas tendencias mezquinas. Ya las hemos visto antes y se seguirán repitiendo sin importar cuántas muertes acumulen este desprecio por la vida. No son capaces de hacer una pausa y seguirán disparando sobre el cadáver, porque les asusta más al que creen muerto que a los vivos que lo recuerdan. No se han dado cuenta que nos hemos acostumbrado a pender de un hilo y que las desgracias las enfrentamos con fortaleza, dolor, dignidad y orgullo.
Por allí he escuchado, por ejemplo, que los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela que cayeron y enterraron bajo los escombros a hombres, mujeres y niños -esto lo pasan por alto impunemente-, no resistieron porque “estaban mal construidos”. Eso si, han borrado todos los complejos residenciales privados y hoteles que tampoco resistieron un “inofensivo terremotico” de 7.5. También se les “olvidó” que el municipio más afectado del Distrito Capital, es Chacao. Son incapaces, eunucos afectivos, de -repito-, hacer una pausa y permitirnos vernos como seres humanos ante la tragedia. Borraron de su naturaleza la frase “¡Cállate la boca! Porque la estás cagando”.
En 27 años -incluso desde 1989. ¡Sí! Desde el Caracazo!-, no han dejado de aprovechar cualquier grieta política, social, económica y natural, para aprovecharla, manipularla y atacar, sin tener paz con la miseria, cualquier situación o adversidad o catástrofe que enfrentemos. Desde las tribunas políticas, desde los medios de comunicación, desde los programas sean de farándula, astrología, opinión, noticieros y comerciales. Desde los púlpitos, desde la religión, desde la superchería, tabacos, velas, altares, desde cualquier escenario y redes sociales ¡No paran! “Sangre llama sangre”, parece ser su eslogan.
Siempre estamos pendiendo de un hilo y es difícil explicárselo a propios y extraños, porque estamos bajo juicio permanente. Estar aquí, cavando trincheras -equivocadas o no-, nunca es suficiente para nadie. No nos permiten sentarnos un día a llorar, reír, pensar, quizás entender por qué carajo seguimos llevando palo, qué debemos hacer para dejar de llevar palo o qué carajo hacer para dejar de seguir buscando que nos jodan, porque nos hemos acostumbrado a pender de un hilo y son muchas las ocasiones en que ponemos innecesariamente el pecho a las balas sin entender que los muertos no luchan y sólo sirven para propaganda.
Pender de un hilo permanentemente, no nos permite ver qué está pasando alrededor, qué cálculos se hacen, qué efectos tiene nuestro comportamiento y cuánto deterioro existe que ha provocado otras situaciones que jamás esperabas. Y eso te debilita más que estar observando siempre al frente y respondiendo de manera reactiva.
Este terremoto llegó, nos golpeó, nos duelen muchísimo las muertes y tratamos de apartar, por ahora, si las decisiones tomadas son las correctas o no. La solidaridad es producto de la sensatez y las emociones compartidas por todos. Es el factor humano que emerge de cualquier persona que, estando a salvo, sienta en el alma cada vida perdida en esta tragedia. Aprovecharse de una situación como esta, es convertirse o ratificar que eres un ser despreciable, miserable, un despojo que se hace llamar ser humano.
Yo siempre he estado pendiendo de un hilo y me acostumbré a convivir con las situaciones de riesgo. Los que me rodean, los que dicen conocerme y los que me odian, lo saben.
Es así, es lo que hay.
(La Hojilla, 26/06/2026)
