“Los pueblos consiguen derechos cuando van por más, no cuando se adaptan a lo «posible»”.
Sergio Zeta
En la segunda mitad del siglo XIX, Marx y Engels, y junto a ellos una pléyade de luchadores sociales, veían el socialismo como el paso a una futura sociedad de equidades, de superación de las injusticias. “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, decía Marx en 1850, pensando en la futura sociedad comunista global, la “Patria de la Humanidad”, como reza la Marcha Internacional Comunista.
Entrado el siglo XX, y en sus primeras décadas más aún, una enorme cantidad de activistas, militantes revolucionarios, luchadores populares, sindicalistas, líderes comunitarios y políticos de izquierda, abrazaron los ideales sociales y, de hecho, algunos de ellos trabajaron por, o directamente comandaron profundos procesos de transformación económico-político-social que marcaron la historia. Ahí están los legados de Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, Mao Tsé-Tung, Castro, Gramsci, Guevara, Ho Chi Ming, Lumumba, Thomas Sankara, Carlos Fonseca, Santucho, Mariátegui, solo por mencionar algunos. Todas y todos ellos hablaban claramente de “socialismo”, pensando -y actuando consecuentemente- en pos de una sociedad superadora del capitalismo, teniendo como insignia aquella cita de Marx.
Pero el mundo ha cambiado muchísimo en estas últimas décadas. Tanto que, en este momento, tercera década del siglo XXI, hablar de socialismo pareciera que va pasando a la historia. Por supuesto que no pasa, pero la nada oculta pretensión de la derecha mundial es condenarlo al baúl de los recuerdos, declararlo muerto y sepultado. El actual líder de la Rusia post soviética, Vladimir Putin -importante cuadro del Kremlin en su momento-, no deja lugar a dudas: “Desde el punto de vista del destino histórico de Rusia y sus pueblos, los principios leninistas de construcción del Estado resultaron ser no solo un error. Fue (…) mucho peor que un error. Después del colapso de la Unión Soviética en 1991, esto se volvió absolutamente obvio. (…) Olvidarse de la Unión Soviética es no tener corazón; pero querer regresar a ella es no tener cabeza”.
El mundo actual es tremendamente complejo. Es evidente que hoy, ya entrado el siglo XXI, estamos ante un nuevo orden internacional que abre preguntas sobre dónde va -con la posibilidad de una guerra mundial nuclear devastadora, que nadie desea pero que ahí está como posibilidad-, con circunstancias muy distintas a la Europa, o incluso la Inglaterra, decimonónicas, aquellas que sirvieron a los fundadores del socialismo científico como fuente inspiradora. La lucha de clases, definitivamente, sigue siendo el motor último de la historia, lo que impulsa todas las dinámicas sociales. De todos modos, la configuración de la actual sociedad planetaria presenta muy complejas nuevas aristas que casi dos siglos atrás no se permitían ver.
La actualidad global, dados los cambios ocurridos, fuerza a formular hipótesis novedosas, que deberán ser analizadas en detalle, con conceptos que no han perdido su valor (lucha de clases, plusvalía, acumulación capitalista, imperialismo, capital ficticio, vanguardia revolucionaria, tendencia histórica decreciente de la tasa de ganancia), pero que deben ser resituados. Estamos en la actualidad ante una globalización total, una perspectiva imperialista que dividió el globo en Norte próspero y Sur empobrecido, nuevos actores en juego: luchas contra el patriarcado, contra el racismo, contra la depredación del medio ambiente, contra la homofobia, procesos inimaginables de crecimiento de las fuerzas productivas (robotización, inteligencia artificial) que prescinden de los seres humanos abriendo interrogantes complejas, nuevas formas de control social apelando a las más modernas tecnologías (algoritmos que saben todo sobre nosotros, espiándonos hasta nuestra más profunda intimidad), todo lo cual evidencia que hoy el campo popular está manipulado y conducido como nunca antes con tácticas cibernéticas de una fuerza apabullante, contra las que es muy difícil defenderse. Todo esto plantea la obligatoriedad de considerar nuevos caminos para pensar el cambio hacia una sociedad socialista.
¿Cómo es el mundo actual?
Hoy ya no hay Unión Soviética ni campo socialista europeo. Rusia es un país capitalista, incluso con pretensiones imperialistas. Estados Unidos sigue siendo la gran potencia, pero habiendo comenzado un lento pero, todo indica que, indetenible declive (como les ha pasado a todos los imperios en la historia: hoy la civilización que inventó la hamburguesa y el Ratón Mickey pelea contra la civilización que inventó el álgebra: en definitiva, todas las civilizaciones pasan). La actual guerra de Irán, que no pudo ganar, lo deja ver fehacientemente; esa decadencia y la aparición de otros polos de poder, hacen que ponga todo su esfuerzo por el control completo de Latinoamérica, su histórico patio trasero (con invasión a Venezuela y, quizá, próximo ataque militar a Cuba. ¡¡Debemos impedir eso!!). Para los habitantes de esa región al sur del Río Bravo, no se ve, al menos en principio, un futuro promisorio. Por el contrario: más intromisión de Washington, más rapiña y más militarización, con presidentes puestos a la medida de la Casa Blanca, tratando de hacer del subcontinente un feudo del imperio, un virtual coto de caza.
El cerramiento del Estrecho de Ormuz realizado por el gobierno de Teherán es un golpe que toca a Estados Unidos, pero que afecta toda la economía mundial. También cada una de las personas que está leyendo esto ahora ya se ve, o se verá afectada prontamente, por esa medida. Esto es importante en la geopolítica porque marca el comienzo del fin del hiper imperialismo de Estados Unidos, pero no es la vía socialista que estamos esperando. Como tampoco lo es la guerra de Ucrania, por aquello de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Estamos ante disputas de poder en términos geopolíticos, pero nada de socialismo a la vista con eso.
La Unión Europea ha perdido su empuje económico, su dinamismo en la inventiva científico-técnica; ya dejó de ser la avanzada colonialista que se repartía el mundo. Ahora se ve relegada a un discreto puesto de acompañamiento de quien le fija el ritmo: Estados Unidos. De todos modos, si bien con sindicatos medianamente organizados, las posibilidades de explosiones revolucionarias que marchen hacia el socialismo no se las ve cercanas.
China presenta hoy un perfil complejo: con un ideario pretendidamente socialista, se mueve con criterios capitalistas. Su papel en el mundo pasa por un “imperialismo” con características propias: no invade militarmente sino en forma económica. Si ese “socialismo” le da resultados positivos a la numerosa población china (y sin dudas los da), a la gran masa trabajadora mundial no le aporta nada. Por su parte los BRICS+ constituyen una ecléctica alianza económica cuyo objetivo central es promover una economía global desdolarizada, contribuyendo con ello a la caída de Estados Unidos. De todos modos, más allá de la declaración china de Nueva Ruta de la Seda con su consigna de “todos ganan”, la masa trabajadora planetaria no encuentra allí ningún beneficio.
Las guerras, quizá como nunca antes, siguen estando presentes en forma cruel, con un poder destructivo cada vez mayor. Hay más de 50 frentes de combate activos en todo el orbe, con algunos puntos especialmente candentes, como todo el Medio Oriente. La cantidad de muertos ocasionados por estos enfrentamientos bélicos desde 1945 a la fecha ya supera el total de fallecidos durante la Segunda Guerra Mundial. Sin dudas, tal como están las cosas, esos conflictos no van a detenerse, pues representan enormes, multimillonarios negocios para quienes medran con la fabricación de armas y equipos militares.
Que hoy el mundo marche en forma creciente hacia planteos de ultra derecha no significa que la historia haya terminado; indica que los capitales se han impuesto de momento con una fuerza arrolladora sobre la gran masa trabajadora. Pero si somos consecuentes con el materialismo dialéctico, sabemos que los cambios sociales son procesos muy lentos, complejos, con avances y retrocesos. El capitalismo lleva unos siete siglos de existencia; y en su seno aún perduran elementos de modos de producción históricos ya superados, como el esclavismo (hoy hay 50 millones de personas esclavizadas en el mundo). Está más que probado que este sistema no quiere (¡ni puede!) solucionar los grandes problemas de la humanidad. Su ADN constitutivo es ganar dinero, obtener lucro económico; lo demás no cuenta. Y ante la protesta popular: castiga. “Las bombas podrán terminar con los hambrientos, con los enfermos y con los ignorantes, pero no con el hambre, con las enfermedades y con la ignorancia”, afirmó categórico Fidel Castro. El socialismo es la esperanza de otra cosa.
Es cierto que después de la caída del primer Estado obrero y campesino en 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, al campo popular y a las izquierdas nos envolvió la incertidumbre. ¿Por dónde seguir? ¿Cuál es la senda? Que nos aliente la proclama juvenil que durante los acontecimientos de Praga en 1968 -protestas espontáneas y reales contra la burocratización estalinista, surgidas de la población y no impulsadas por la CIA- se difundiera en forma clandestina,
“El capitalismo es una porquería deleznable y de él nada puede esperar la clase trabajadora. Por el contrario, el socialismo es la esperanza de un futuro mejor, y ya lo evidencian los países que lo están transitando. ¡Pero hay mucho por mejorar aún en este socialismo inicial! La actual protesta no es para renegar del socialismo sino para tener más y mejor socialismo”.
Hoy la derecha parece entronizada eternamente, pero la sola caída que está mostrando el imperio muestra que la historia no está terminada. Como dijera Galileo Galilei: “Eppur si muove”. Sigamos accionando “para tener más y mejor socialismo”. ¡Por supuesto que hay lugar para el socialismo! ¿Quién dijo que la lucha terminó?
Marcelo Colussi
CdF/EM
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