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MARC VANDEPITTE. De Madrid a París y Bruselas: los jóvenes ya no están dispuestos a tolerarlo

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MARC VANDEPITTE. De Madrid a París y Bruselas: los jóvenes ya no están dispuestos a tolerarlo

De Madrid a Bruselas

Un fantasma recorre el mundo, un fantasma que ya ha hecho caer a varios gobiernos y que está impulsado por la llamada Generación Z,i los jóvenes nacidos entre 1997 y 2012.

Los jóvenes ponen a prueba a las élites de todo el mundo. En poco tiempo Bangladesh, Nepal y Madagascar vieron caer a sus gobiernos, mientras que las protestas masivas de jóvenes seguían creciendo en Marruecos, Indonesia, Filipinas, Kenia y Perú.

También en Europa los jóvenes salen masivamente a las calles. Los jóvenes llenan calles, plazas y universidades en España, Alemania, Francia, Bélgica, Países Bajos e Italia. Organizan manifestaciones, ocupaciones, acciones de solidaridad y protestas estudiantiles.

Los motivos varían de un país a otro. A veces se trata de Palestina, otras veces de la educación, el clima, el racismo, los recortes, la vivienda inasequible, el aumento del coste de la vida o los escándalos de corrupción. Pero detrás de esas reivindicaciones separadas aparece cada vez más la misma pregunta: ¿en qué tipo de sociedad queremos vivir?

Jordan Devlin, detenido a raíz de una acción directa contra el fabricante israelí de armas Elbit Systems en Gran Bretaña, declara: “Estoy actuando contra Elbit porque el riesgo de pasar meses en prisión palidece en comparación con la desesperación que se siente al presenciar los horrores que ellos facilitan. En este caso la distinción entre el bien y el mal es clara, sin matices, por lo que me siento honrado de aprovechar esta oportunidad para contribuir a construir un mundo en el que quiero vivir y destruir por completo los males evidentes de la sociedad sobre los que se nos ha adormecido a todos hasta el punto de ignorarlos”.

Durante las protestas de estudiantes de secundaria del 5 de octubre Mohammed Boufous, alumno del último curso de secundaria del Athénée Charles Janssens en Bruselas, expresó la frustración de muchos jóvenes: «Somos jóvenes alumnos y estudiantes. Venimos a manifestarnos pacíficamente para transmitir nuestro mensaje. Lo único que pedimos es que nos escuchen. Queremos que dejen de tomar decisiones sobre nosotros sin contar con nosotros».

En los últimos años la resistencia no fue tan visible en ningún lugar como durante la solidaridad masiva con Palestina. Jóvenes que antes apenas eran activos políticamente salieron a las calles. Organizaron acciones en las universidades, instalaron campamentos de tiendas de campaña y exigieron que las instituciones rompieran sus vínculos con empresas y universidades israelíes.

Lo hicieron a pesar de encontrarse a menudo en un entorno hostil. Se acusó a los estudiantes de extremismo, las autoridades universitarias enviaron a la policía a los campus y los dirigentes políticos intentaron limitar las protestas o desacreditarlas.

También durante las recientes protestas de estudiantes de secundaria en Francia y Bélgica se produjeron enfrentamientos con la policía. Salomé, una de las estudiantes francesas que participaron en el bloqueo de un instituto, cuenta: «El bloqueo transcurría tranquilamente. Entonces llegó la policía antidisturbios a toda velocidad. Empezaron a correr y a rociar a todo el mundo con gases lacrimógenos. Nos perseguían como si disfrutaran haciéndolo».

Lola, de 16 años, también de Francia, no se dejó intimidar por la actuación policial del 2 de octubre. «Eso no hace sino enfurecernos aún más», afirmó. «La policía no tiene derecho a pegarnos ni a utilizar gases lacrimógenos contra nosotros». En Francia un estudiante de secundaria de 15 años perdió una mano al estallar una granada de la policía.

También en Lieja, Bélgica, la situación se descontroló el 8 de octubre. Un estudiante anónimo relató cómo resultó herido durante una manifestación: «Participamos en una manifestación pacífica, plenamente autorizada, contra las reformas. Nos encontrábamos en el bulevar d’Avroy, detrás de la feria, cuando recibí un disparo de una carabina de aire comprimido en el cuello».

Sin embargo, los jóvenes siguen saliendo a las calles. Esta generación descubre que la política es mucho más que marcar una casilla en una papeleta electoral una vez cada varios años. La política también significa reunirse, organizarse, ejercer presión y negarse a aceptar lo que se presenta como inevitable.

¿Generación apática?

Se suele describir a los jóvenes como individualistas, adictos a las redes sociales o políticamente apáticos. Esa imagen se sostiene cada vez menos. A través de las protestas juveniles se ve, por el contrario, a una generación muy preocupada por el mundo que la rodea. Esta generación habla de guerra y clima, pero también de los precios de los alquileres, los contratos precarios, la presión psicológica, la discriminación y la mercantilización de la educación.

Muchos jóvenes crecen en una incertidumbre permanente. Tener una vivienda propia se vuelve inalcanzable para muchos. Estudiar es cada vez más caro. Los empleos estables son cada vez menos habituales. Los servicios públicos están bajo presión. Al mismo tiempo ven cómo se destinan miles de millones al armamento, mientras los gobiernos afirman que no hay suficiente dinero para la protección social, la cultura o la educación.

La magnitud de esa incertidumbre queda reflejada en las recientes protestas por la vivienda en España. Victoria Nájera, de 27 años y residente en Madrid, vive de forma independiente desde hace unos meses, pero destina más del 40 % de su salario al alquiler. La falta de perspectivas ante la crisis de la vivienda hace que llore a menudo en casa. «No veo un futuro en el que pueda tener una casa propia», declaró el 3 de octubre.

Y no son solo los jóvenes quienes sufren esta situación. En Las Palmas Aisha, de 36 años, se manifestó junto a su hija de cuatro años. Tanto ella como su pareja trabajan, pero incluso con dos ingresos apenas consiguen llegar a fin de mes. «Pagamos 1000 euros de alquiler y muchas veces no llegamos a fin de mes», cuenta.

A los jóvenes se les dice que tendrán que hacer sacrificios. Pero cada vez más de ellos plantean una pregunta sencilla: ¿sacrificios para qué y para quién?

A esto se suma la crisis climática. Los jóvenes ven que las olas de calor se vuelven cada vez más extremas, las inundaciones destruyen pueblos enteros y los incendios forestales reducen a cenizas grandes extensiones. Para ellos ya no son amenazas lejanas, sino advertencias sobre su propio futuro, que se vuelve cada vez más incierto. Mientras crece la necesidad de adoptar medidas drásticas, ven en los dirigentes políticos sobre todo dilaciones y falta de ambición.

También la guerra se acerca. Los gobiernos europeos aumentan drásticamente sus presupuestos militares y cada vez son más las voces que abogan por un servicio militar obligatorio. En Francia el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas dijo que el país «debe estar preparado para perder a sus hijos». Pero para esta generación eso no es una opción: como demuestran las huelgas de estudiantes alemanas, los jóvenes se niegan a servir de carne de cañón para decisiones que ellos nunca han tomado.

Concienciación política

Lo que hace interesantes estas protestas es que las distintas reivindicaciones están cada vez más interconectadas. Quienes protestan contra la guerra en Gaza también hablan de colonialismo y racismo. Quienes salen a las calles por la justicia climática hablan de empresas que obtienen beneficios mientras los costes sociales se trasladan a la población.

Los estudiantes que protestan contra el aumento de las tasas de matrícula establecen una relación con los recortes en los servicios públicos. Los trabajadores jóvenes que se movilizan por mejores salarios chocan con la misma lógica económica que también ejerce presión sobre la vivienda, la sanidad y la movilidad.

Eso no significa que todos los jóvenes compartan el mismo análisis. Tampoco que exista un único gran movimiento cohesionado. Pero sí está creciendo la conciencia de que los problemas a los que se enfrenta la gente no están completamente separados unos de otros.

La discriminación no es un problema individual cuando grupos enteros tienen sistemáticamente menos oportunidades. La pobreza no es un fracaso personal cuando los salarios no siguen el ritmo de los costes de la vivienda y de la vida. La crisis climática no puede resolverse diciéndole a la gente que debe utilizar otras pajitas o bolsas de la compra, mientras las grandes empresas siguen aumentando su producción y sus emisiones.

Y difícilmente se puede defender la paz de manera creíble cuando los gobiernos invierten al mismo tiempo cantidades récord en armamento. A través de este tipo de conexiones crece la conciencia política.

Preguntas fundamentales

También resulta llamativa la manera en que hablan muchos jóvenes activistas. Su mensaje suele estar menos basado en eslóganes de lo que sus adversarios hacen parecer. Quien escucha entrevistas a estudiantes, activistas climáticos o jóvenes militantes sindicales, normalmente no oye consignas vacías. Explican tranquilamente por qué protestan.

Hablan de familiares en Gaza, de compañeros de estudios que ya no pueden permitirse pagar su formación, de amigos que no encuentran vivienda, del miedo al cambio climático, del racismo que sufren personalmente o del que son testigos. El tono es sobrio, pero sus reivindicaciones no son por ello menos fundamentales, sino todo lo contrario.

No se conforman con unas pequeñas correcciones de las políticas existentes, sino que plantean preguntas sobre la manera en que se distribuyen el poder y la riqueza. ¿Por qué tienen los accionistas más influencia que los trabajadores? ¿Por qué pueden las multinacionales obtener beneficios cada vez mayores mientras los gobiernos aplican recortes? ¿Por qué las personas sin vivienda apenas pueden contar con protección, mientras los bienes inmuebles se han convertido en un producto de inversión?

¿Por qué se presenta tan rápidamente la violencia militar como una solución, mientras que la diplomacia y las inversiones sociales son constantemente descartadas por considerarse ingenuas o demasiado caras? ¿Por qué Occidente habla tanto de democracia y derechos humanos mientras sigue apoyando incondicionalmente a Israel? ¿Por qué los gobiernos siguen concediendo miles de millones en subvenciones a las energías fósiles mientras la crisis climática se agrava cada vez más?

Estas preguntas no se refieren a fenómenos marginales, sino que afectan a los fundamentos de cómo está organizada nuestra sociedad.

Juntos somos fuertes

El progreso social nunca surgió por sí solo en el pasado. Los derechos laborales, los derechos de las mujeres, el derecho al voto, la legislación antirracista y la seguridad social se consiguieron porque la gente se organizó. Simplemente se negaron a creer que el orden existente fuera inmutable y exigieron sus derechos.

También hoy el cambio suele comenzar a pequeña escala. Los estudiantes se rebelan contra las autoridades de sus universidades, los alumnos de secundaria organizan huelgas por el clima o los jóvenes se afilian a un sindicato. También los comités de solidaridad con Palestina o los vecinos que protestan contra la vivienda inasequible muestran ese mismo deseo de cambio.

Estas iniciativas por separado a veces parecen vulnerables, pero cuando distintos movimientos se encuentran, su significado cambia. Así, una protesta estudiantil pasa a formar parte de una lucha más amplia por los servicios públicos. La acción climática se vincula con la justicia social, mientras que las organizaciones antirracistas, los sindicatos, los movimientos feministas y los activistas por la paz se refuerzan mutuamente.

Ahí reside la verdadera fuerza de esta generación y esto puede servir de ejemplo para las generaciones mayores. Una pregunta importante al respecto es cuánto espacio se les concede para dar forma a su propio futuro y hasta qué punto pueden contar para ello con el apoyo de profesores, trabajadores y otros sectores de la población.

Quien se niega a guardar silencio puede cambiar muchas cosas, lo cual es especialmente cierto cuando los jóvenes se dan cuenta de que no están solos.

Nota:

i El término «Generación Z» procede de una tradición en la que los especialistas en marketing dividen a la población en grupos objetivo (consumidores) con supuestas características comunes. Pero los jóvenes en sí mismos no forman un grupo homogéneo. Lo que hoy los lleva a salir a las calles no puede explicarse simplemente por su año de nacimiento. Sus protestas son, sobre todo, una reacción a las condiciones sociales en las que crecen y a la incertidumbre sobre su futuro.

Texto original: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2026/10/12/van-brussel-tot-parijs-de-jeugd-pikt-het-niet-langer

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