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M. CARACOL. Ni un tantito así

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M. CARACOL. Ni un tantito así

Cuando un imperio empieza a hablar demasiado de las grietas de los demás, quizá sea para ocultar las suyas. Trump asegura que Irán está dividido, que hay sectores dispuestos a negociar, que la dirección persa no habla con una sola voz. Guerra psicológica de manual: si no puedes ofrecer una victoria, fabrica dudas. Sin embargo, la realidad histórica es que la guerra contra Irán no ha producido la rendición fulminante que Washington prometía, sino todo lo contrario. Teherán aguanta sin signos de escasez y, en cambio, se está encareciendo la vida de los estadounidenses y, cuando los propios poderes económicos empiezan a temer que Irán rime con Vietnam, se abre incluso un debate legal: más de cien juristas internacionales consideran que la ofensiva vulnera la Carta de Naciones Unidas y constituye un crimen de guerra.

La Casa Blanca, naturalmente, intenta vender esta guerra como una exhibición de fuerza y, así, ya no se sabe cuántas veces ha anunciado Trump que el ejército iraní estaba derrotado, para al día siguiente verlo renacer de sus (supuestas) cenizas y poner al invasor en jaque. Puede bombardear, bloquear y amenazar; puede incluso amenazar infraestructuras civiles, saltándose todas las leyes de la guerra, como siempre hizo el fascismo. Pero se encuentra con todo un pueblo formando cadenas humanas para defender a su país de la agresión. Para los yanquis, y con el barril de petróleo por encima de los 100 dólares, la factura empieza a llegar a los surtidores, a la bolsa de la compra y al propio clima político. La mayoría del pueblo estadounidense rechaza esta guerra y a Trump. Así que el magnate intenta que no se hable del coste de su aventura, sino de las supuestas peleas en Teherán, buscando titulares en la prensa lacaya.

Pero incluso Al Jazeera, medio que no tiene la menor simpatía por la revolución iraní, ha reconocido que, tras semanas de guerra, no existe una fragmentación real del gobierno persa. Pero la propaganda no necesita pruebas: necesita repetición. “Hay moderados”, “hay sectores que quieren negociar”, “hay militares enfrentados a civiles”, “hay gente razonable dentro”, insiste Trump. La vieja fórmula del colonialismo: dividir entre buenos y malos a quienes resisten, inventar interlocutores dóciles si no los encuentran, criminalizar a quienes no se arrodillan y esperar que la sospecha que siembran en nosotros haga el trabajo que no pudieron hacer los misiles.

Trump dice que espera una “propuesta unificada” de Irán, mientras mantiene el bloqueo y conserva la amenaza militar sobre la mesa. En ese contexto, la mentira sobre las divisiones internas tiene un doble objetivo. Al interior del gobierno agredido, intentan presentar la soberanía como “radicalismo” y la capitulación como “realismo”. Al exterior, intentan desilusionar a las masas populares, para que crean que están siendo traicionadas y empiecen a pelear contra sombras.

Lo mismo intenta hacer Trump con Venezuela y, recientemente, también con Cuba. Cuando el magnate elogia a Delcy Rodríguez, habla de que “se trabaja muy bien con ella” porque “es una persona fantástica” o insinúa que existen otros interlocutores privilegiados en Caracas, está lanzando veneno político con envoltorio de cortesía. Intenta que los sectores más revolucionarios, dentro y fuera de Venezuela, empiecen a sospechar del propio proceso, rompan con él y abandonen al pueblo venezolano justo cuando más arrecia el chantaje imperialista. De pronto, muchos le exigen a Delcy no vender petróleo a EE UU, romper con el FMI o nacionalizar la banca, cosas que nunca hizo Chávez. Ni tampoco Maduro, aunque, tras las guarimbas de 2017, las sanciones interrumpieran el comercio y obligaran a la revolución a una cuasi-autarquía. Recientemente, intentan sembrar las mismas dudas para acomplejarnos y que dudemos de Cuba: dicen que “están hablando con gente”, que “hay personas dentro con las que dialogar”, que La Habana le está suplicando negociar, mientras Trump mantiene a la isla bajo amenaza. Es pura guerra psicológica: fabricar “moderados”, señalar “traidores”, inventar rendijas y susurrarnos al oído que perdamos la ilusión.

No perdamos la brújula. No confundamos la propaganda del agresor con información, ni la (comprensible) diplomacia bajo asedio con claudicación. Ante esa sospecha inducida que intentan inculcarnos, recordemos las palabras del Che: “no se puede confiar en el imperialismo ni un tantito así”.

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