Algunos sectores liberales vienen denunciando la huelga del 11 de noviembre por su “carácter político”, como si fuera posible hacer una huelga que no fuera política. Como si la política no fuera más que economía concentrada. Como si la lucha de clases debiera quedarse al margen de la política y esta debiera consistir en la mera “gestión” de un sistema ya definitivo, incuestionable y eterno.
Sin embargo, el intento de manipular a la población con fines electoralistas sí es real. Así pues, queremos dar tres ideas clave sobre la huelga que viene. Ideas que no defenderán los sindicatos mayoritarios y, en realidad, quizá tampoco la mayoría de los minoritarios. Pero ideas que, junto a otras, serán defendidas en las asambleas populares de huelga en las que participemos.
En primer lugar, pese a lo que se está diciendo, esta huelga es también contra el gobierno. Sánchez ha tenido ocho años y no ha hecho nada para paliar la lacra del “rentismo” y del resto de consecuencias del parasitismo financiero. Obviamente, la derecha no es la alternativa y, seguramente, patrocine ataques todavía más desacomplejados contra derechos conquistados que todavía siguen en pie. Por eso, esta huelga no debe ser solo contra el gobierno, pero también será contra él. Debemos usar los marcos de la huelga para denunciar a la oligarquía del IBEX 35, el verdadero gobierno, ante la que agachan el lomo tanto los “gobiernos” de derechas como esos que dicen ser de izquierdas.
En segundo lugar, esta huelga debe ser también contra el rearme europeo y sus planes de guerra imperialista. Aunque esto sea algo absolutamente clave, los sindicatos mayoritarios no lo van a decir, por lo que nos toca a nosotros introducirlo. Europa no es “una pobre víctima” en Ucrania, sino una instigadora golpista que luego ha desaprovechado todas las oportunidades para ponerle fin a las hostilidades. La paz pudo firmarse en Estambul y la guerra se habría quedado en semanas, pero Europa tenía pavor a mostrar debilidad ante Rusia y ante el conjunto de los incipientes BRICS, que amenazan con poner coto a su depredación decadente.
Por último, y esto es aún más importante, la huelga debe poner en primer lugar la necesidad de incorporar al proletariado inmigrante. Y decimos proletariado inmigrante porque hablamos de una inmigración fundamentalmente laboral y que huye de la pobreza generada por el imperialismo, para trabajar en las escalas salariales más bajas de la metrópolis. Por eso, la de los inmigrantes no es una cuestión de “derechos humanos” ni de oenegés. Es una cuestión sindical. Los inmigrantes deben estar sindicados, en el sindicato que sea, puesto que sufren una explotación redoblada y, en consecuencia, están llamados a ser no solo parte de la clase obrera, sino vanguardia de la misma. El sistema capitalista intenta, por todos los medios, dividir a los trabajadores: ya dijo Marx que ese era “el secreto de su dominación”, al examinar la situación de los inmigrantes irlandeses en Inglaterra. La manera de superar esa trampa es, y ha sido siempre, promover la unidad de clase, por encima de la nacionalidad, la cultura, la etnia o la religión. Unir a los proletarios de todos los países.
En suma, no debemos dejar que esta huelga sea constreñida a la cuestión de la vivienda, aunque haya sido un importante acicate a la hora de aglutinar el descontento de la población. Si la vivienda ha puesto a las masas en movimiento, debemos recorrer el camino con ellas y explicarles pacientemente que la misma oligarquía que secuestra su derecho a la vivienda secuestra también el resto de sus condiciones de vida. Y que lo hace con los trabajadores del mundo entero, de manera redoblada en los países que primero fueron colonizados y ahora constituyen la periferia de su saqueo. No es cierto que la gente “no lo entienda”. Más bien son otros los que “entienden” muy rápido cómo apoltronarse en la institución con un discurso no incorrecto pero sí incompleto y, en consecuencia, paralizador. Pongámonos en marcha, con una visión de conjunto, internacionalista y de clase. Como toda huelga digna de tal nombre.
