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M. CARACOL. Federico versus el «Lorca» de Los Javis

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M. CARACOL. Federico versus el «Lorca» de Los Javis

«Y a Federico García Lorca lo asesinaron por maricón», declaró Javier Ambrossi en Cannes durante la presentación de La bola negra. Después del estreno repitió la idea con una causalidad todavía más cerrada: «Hace noventa años, Federico García Lorca fue asesinado por el fascismo porque era gay». Javier Calvo declaró al día siguiente que el poeta había sido asesinado, «entre otras cosas, por ser homosexual», sin concretar cuáles fueron esas «otras cosas». En las últimas semanas, los Javis están enmendando parcialmente esa actitud y han declarado el carácter «antifascista y antibelicista» de La bola negra. Sin embargo, su actitud en Cannes debería hacer saltar las alarmas de cualquier persona con un mínimo de rigor y conocimiento histórico.

La homofobia pesó, qué duda cabe, en la persecución, en las injurias que acompañaron al poeta durante años y en el odio de quienes ordenaron y ejecutaron su muerte. Pero convertirla en la principal explicación de los hechos implica, sencillamente, tergiversar la realidad histórica.

El franquismo, efectivamente, persiguió las relaciones homosexuales, institucionalizando esa inquisición en 1954 mediante la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes. Sin embargo, Jacinto Benavente, cuya homosexualidad era un secreto a voces, consiguió conservar su condición de «gloria nacional» después de acomodarse al vencedor. Vicente Aleixandre, que mantuvo relaciones amorosas con hombres, publicó durante el franquismo y entró en la Real Academia Española en 1950. Otros casos serían Luis Escobar (que llegó a dirigir el Teatro Nacional María Guerrero y había ocupado responsabilidades teatrales en la propia Jefatura de Propaganda franquista), Juan de Orduña o Rafael de León. La homosexualidad, por sí sola, no conducía necesariamente al pelotón de fusilamiento. En Lorca la condición de homosexual concurrió con una adscripción a la izquierda republicana conocida por amigos, adversarios y policías.

La trayectoria pública de Federico no dejó, desde luego, lugar a dudas. Basta leer sus discursos, entrevistas, cartas y adhesiones para conocer sus ideas políticas. En septiembre de 1931, durante la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, Lorca defendió la cultura como condición de la emancipación colectiva, recordó la deuda contraída por los movimientos de izquierda con la obra cumbre de Marx, El capital, declarando que «la humanidad tiende a que desaparezcan las clases sociales». Estábamos al comienzo de la Segunda República y en esa intervención ligaba, ante sus paisanos, el acceso a la cultura con una transformación social que el poeta ya ansiaba. Pocos meses después aceptó dirigir La Barraca, el teatro universitario promovido por la Federación Universitaria Escolar y sostenido por el Ministerio de Instrucción Pública republicano. Al explicar el proyecto en El Sol el 2 de diciembre de 1931, fijó su propósito con palabras claras: «educar al pueblo con el instrumento hecho para el pueblo, que es el teatro y que se le ha hurtado vergonzosamente». La compañía, vinculada al impulso de Fernando de los Ríos y a las Misiones Pedagógicas, llevó gratuitamente a Cervantes, Lope y Calderón a pueblos apartados. La idea era devolver ese patrimonio a quienes habían sido excluidos de él, desde una política cultural republicana de raíz igualitaria. Para Lorca, la cultura debía pertenecer al pueblo y la injusticia de clase respondía a un orden que la beneficencia no podía corregir y que estaba llamado a desaparecer.

Durante 1933, cuando el fascismo empezó a gobernar en Alemania, su compromiso adquirió una forma pública más explícita. A comienzos de abril Federico se incorporó a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética y firmó su manifiesto fundacional, junto con un centenar de escritores, profesores, artistas y políticos. La asociación reunía sensibilidades diversas. Lorca no era comunista, pero observaba la experiencia soviética con interés y rechazaba la propaganda de la derecha europea contra ella. El Primero de Mayo encabezó además las firmas de un manifiesto contra la «barbarie fascista» de Hitler. Lorca entendió pronto la naturaleza criminal del fascismo que lo acabaría asesinando. Las adhesiones reunidas por Rafael Inglada y examinadas por Ian Gibson, junto con la documentación analizada por Jairo García Jaramillo, demuestran que su nombre circuló impreso en manifiestos antifascistas y en iniciativas ligadas a la cultura política de la izquierda desde años antes del Frente Popular.

Tras la insurrección obrera de Asturias y la represión de octubre de 1934, Federico concedió a Alardo Prats una entrevista publicada en El Sol el 15 de diciembre. Allí afirmó: «Yo siempre soy y seré partidario de los pobres». A renglón seguido planteó el deber de los intelectuales nacidos en familias acomodadas y escogió, frente a su propio bienestar, «la justicia para todos». Entre pobres y ricos, su ética le exigía tomar partido por los primeros. En octubre de 1935, mientras el campo político de la derecha atacaba a Margarita Xirgu y a él por Yerma, escribió a sus padres que aquellas campañas podían resultar casi convenientes para «que sepan de una vez los campos que pisamos. Desde luego, en España no se puede ser neutral». Unas semanas después firmó, con Antonio Machado, Fernando de los Ríos y otros intelectuales y juristas, el manifiesto del 6 de noviembre contra la invasión de Abisinia por parte de la Italia de Mussolini. La censura del Gobierno radical-cedista y el temor a las represalias hicieron que el texto apareciese únicamente en el Diario de Madrid. Lorca conocía el precio de su firma y no la retiró. Nunca flotó, equidistante, entre los dos campos enfrentados, y la derecha granadina llevaba años tomando nota.

El 9 de febrero de 1936, durante el homenaje ofrecido a Rafael Alberti y María Teresa León, Federico leyó a los asistentes el borrador de Los intelectuales con el Bloque Popular, que pedía el voto para las candidaturas del Frente Popular como vía para recuperar el impulso reformador de la República. Mundo Obrero publicó el manifiesto el 15 de febrero, víspera de las elecciones, con la firma de García Lorca al frente de una lista que se prolongaba hasta unos trescientos nombres. La intervención, de carácter público y electoral, quedó así impresa en el órgano del Partido Comunista. Tras la victoria del Frente Popular, Lorca mantuvo esa presencia. A comienzos de abril recitó en la Casa del Pueblo de Madrid durante una concentración en favor del dirigente comunista brasileño Luís Carlos Prestes, amenazado de muerte por la tiranía de Getúlio Vargas; eligió, entre otros poemas, el «Romance de la Guardia Civil española». Se incorporó después a la Asociación de Amigos de América del Sur, opuesta a las dictaduras latinoamericanas, y al Comité de Amigos de Portugal, creado para denunciar el régimen de Salazar. El 7 de abril, en una entrevista con Felipe Morales para La Voz, describió a un rico disfrutando del paisaje frente a un pobre que estaba cegado por el hambre, anunció la alegría que estallaría el día de la «Gran Revolución» y preguntó a su interlocutor: «¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?». El Primero de Mayo de 1936, la revista ¡Ayuda!, órgano del Socorro Rojo Internacional, publicó en su primera página un mensaje de Lorca: «Saludo con gran cariño y entusiasmo a todos los trabajadores de España, unidos el Primero de Mayo por el ansia de una sociedad más justa y más unida».

Delia del Carril lo resumió con precisión: «Federico no era político, pero era un hombre de izquierda». María Teresa León fue aún más directa: «Políticamente era socialista». Su hermano Francisco, rechazando la tergiversación del «apoliticismo», escribió que su posición siempre fue clara y visible en sus actos públicos. El Lorca realmente existente, nuestro Federico, era pública y notoriamente de izquierdas. Lo sabían también sus perseguidores. El expediente de Responsabilidades Políticas abierto en 1940 consignó que se ignoraba su filiación concreta, pero que su ideología era «francamente izquierdista», recordó su amistad con Fernando de los Ríos y otros políticos de izquierda y añadió, bajo la rúbrica de su vida privada, que «parece ser que era un invertido». El informe elaborado en 1965 por la Jefatura Superior de Policía de Granada volvió a calificarlo de «socialista» por sus manifestaciones y relaciones políticas y, en el mismo documento, le atribuyó «prácticas de homosexualismo». También la detención respondía a esa lógica. Ramón Ruiz Alonso, antiguo diputado de la CEDA, acudió a la casa de los Rosales con milicianos y guardias; según el testimonio recogido por Gibson, lo presentó como «espía de los rusos» y sostuvo que había hecho «más daño con la pluma que otros con la pistola».

A nuestro Federico lo sacaron en una saca junto al maestro republicano Dióscoro Galindo y a los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. La ausencia de una sentencia y la pérdida de la denuncia escrita no impiden reconocer el obvio carácter político del crimen. Fue una ejecución inscrita en la política de terror de los sublevados contra autoridades republicanas, sindicalistas, maestros, periodistas e intelectuales de Granada. La homosexualidad, indudablemente, agravó el desprecio y facilitó la deshumanización de Lorca por parte del fascismo; pero fue su notoriedad republicana y su adhesión a la izquierda lo que hizo de él un enemigo. Y por eso lo fusilaron.

Restituir al Lorca homosexual, ocultado durante décadas por la censura, fue en su contexto un acto de justicia. Pero borrar al Lorca republicano, socialista en sus propias palabras y antifascista en sus manifiestos firmados repetiría la operación franquista y posfranquista de despolitizar su asesinato. Venga esa despolitización del fascismo, como antaño, o venga ahora de un “desviacionismo” progre y sociata cortoplacista y ramplón. Esperemos que, en las próximas presentaciones de su película, los cineastas no amputen la realidad histórica ni falten más a los principios de verdad, justicia y reparación. Porque el poeta no yace todavía en un lugar conocido y miles de asesinados por el fascismo continúan en fosas comunes con él, sin que hayamos recuperado una auténtica democracia en el Estado español. Y, desde luego, no será con la frivolidad exhibida por Los Javis en Cannes como la conquistaremos.

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