“Pero aprenderás seguro,
soldadito boliviano,
que a un hermano no se mata,
que no se mata a un hermano…”
Nicolás Guillen
La victoria electoral de Lula, qué duda cabe, ha sido una buena noticia para nosotros. El desastre que supondría el irrefrenable ascenso de otro Bolsonaro, no solo para Brasil sino para toda América Latina, ha sido conminado. Más allá de eso, esto ha supuesto un ejemplo de movilización de las clases populares para superar una obvia tergiversación inducida a nivel de masas por las redes sociales y por el imperialismo yanqui. La “guerra del último contra el penúltimo” no ha calado, lo cual es buena noticia.
Una vez superado el riesgo más inmediato, ya podemos centrarnos en decirle unas cuantas cosas justas a Lula da Silva. El cual no solo ha defraudado, una y otra vez, las esperanzas puestas en él, sin tomar medidas antioligárquicas concretas como las tomadas por sus denostadas Cuba, Venezuela y Nicaragua. Sino que ha pasado a la ofensiva contra quienes sí las tomaban. Y eso ya sí es imperdonable políticamente.
En verano de 2024, Maduro ganó las elecciones presidenciales en Venezuela. Como era costumbre desde la época de Chávez, la oposición ultraderechista acusó al gobierno de “fraude electoral”. Con una diferencia: esta vez, parte de la izquierda latinoamericana le dio la razón a los escuálidos. A Lula, como a su homólogo colombiano Petro, no le bastó que Maduro entregara las actas al TSJ y que el propio alto tribunal venezolano, tras examinarlas, determinara la victoria del candidato socialista. Tampoco le bastó el testimonio de multitud de observadores que garantizaron y subrayaron el normal desarrollo de las votaciones. Ni que el candidato de la oligarquía, Edmundo González, afirmara haber ganado… con el 80% de los votos, mientras la calle proclamaba una y otra vez y en masa su chavismo.
Hubo un momento, en la década anterior, en el que los gobiernos progresistas moderados se unieron a otros más revolucionarios en un llamado proceso de integración latinoamericana que le rompía los esquemas al imperialismo norteamericano. Lula rompió eso oponiéndose a la entrada de Venezuela en los BRICS, apostando por la preponderancia económica y comercial de Brasil frente a un país rico en petróleo que podía hacerle sombra. Cayó, en materia internacional, en la “guerra del último contra el penúltimo”. Durante años contribuyó a un aislamiento político de Venezuela que luego fue clave para la caída de Maduro y para facilitar los planes expansionistas de Trump.
Pues bien, tras la victoria de Lula el pasado domingo, lo primero que Flávio Bolsonaro proclamó fue que había sido… un fraude electoral. Inmediatamente, Trump le dio la razón y declaró que las elecciones brasileñas habían sido “manipuladas” y que el proceso se había “corrompido”. Bolsonaro ha huido del país para no acabar encarcelado como su padre por la “represión” del “régimen de Lula”. ¿Y ahora qué, Lula? ¿Acaso somos nuevos? ¿No nos hemos dado cuenta ya de que los reaccionarios solo consideran unas elecciones limpias si las ganan ellos? ¿Y si ahora, en vez de unirse, todos los gobiernos alternativos al monroísmo le hicieran el juego a los genocidas norteamericanos, se negaran a reconocer los resultados y preguntaran: dónde están las actas, Lula?
