En 2018, durante la huelga feminista del 8 M, un grupo de sindicalistas fue expulsado de un piquete en Sevilla, bajo el argumento de que no pintaban nada allí y debían irse «a limpiar la casa o cuidar de los niños». Ellos solo querían, sin asumir ningún protagonismo, ponerse al servicio de la lucha y participar en ese piquete para apoyar las justas reivindicaciones de sus compañeras de sindicato. Llegaron a ser acusados de machistas y hasta de malos padres por acudir al piquete.
En el ensayo de 2013 «Salir del castillo del vampiro», el teórico marxista Mark Fisher denuncia cómo ciertos sectores de la izquierda sustituyen la política de clase por el moralismo individual. En esos ambientes, la culpabilidad se convierte en un instrumento de poder: por ejemplo, una afirmación sexista termina definiendo por completo a quien la pronuncia. Fisher considera legítimo exigir responsabilidades si existen motivos reales para ello, pero defiende hacerlo desde la camaradería y sin emplear la superioridad moral. La imagen del vampiro expresa esa relación parasitaria: el castillo se alimenta de la energía y las vulnerabilidades de los militantes y, a la vez, se alimenta del sufrimiento de los grupos oprimidos para convertirlo en prestigio académico.
Trasladado a los espacios de lucha, este análisis cuestiona la exigencia de pureza previa como condición para participar. Si alguien llega a una asamblea sin haber superado aún sus prejuicios machistas y recibe una humillación pública, difícilmente encontrará allí un lugar donde aprender. Algo semejante ocurriría en un sindicato que respondiese a cualquier prejuicio que un obrero haya adquirido en la sociedad en la que vive con amenazas de expulsión o en un colectivo que cerrase la posibilidad de aprender mediante el debate paciente. Bajo esa lógica inquisitorial, cada error se convierte en una sentencia y hasta escuchar la defensa del señalado resulta sospechoso. El miedo a ser el siguiente condiciona entonces las intervenciones: importa cada vez más demostrar la propia inocencia, aunque para ello haya que sumarse a la condena de otro compañero.
Fisher propone superar este infantilismo y reconstruir la solidaridad de clase, creando las condiciones para discrepar sin temor a la excomunión. Desde esa perspectiva, exigir que alguien llegue políticamente depurado a una organización encierra una contradicción: da por concluida la transformación que la propia participación debería favorecer. Los prejuicios (machistas, racistas o del tipo que sean) aprendidos durante años necesitan tiempo, discusión y experiencias compartidas para ser superados. La organización está para eso. Cuando cualquier contradicción personal amenaza con romper el colectivo, ese aprendizaje queda imposibilitado y se impone la obligación puritana (y políticamente estéril) de aparecer impecable ante los demás.
El moralismo individualizador y las políticas identitarias (ya sean de género, nacional, cultural o del tipo que sean) cercenan el principio más valioso con que contamos para superar el capitalismo: la unidad de la clase obrera, más allá de género, raza, cultura o religión. Será la clase obrera, a nivel interno, la que vaya aprendiendo en el camino y, así, supere sus propias contradicciones, sin inquisiciones moralistas por medio. O lo entendemos a la segunda, o no habrá una tercera oportunidad porque seremos barridos por la reacción.
