La llegada de Vox a las instituciones provocó en su día la protesta organizada en muchas lugares del país, pero pasado el tiempo y con un trabajo (fino y grueso a la vez) del régimen para blanquear a la extrema derecha, el llamado «cordón sanitario», esto es, el aislamiento de Vox, ha pasado -lamentablemente- a peor vida.
Los pactos realizados por el PP con Vox en Aragón, Castilla y León, Extremadura y, desde hace unas horas en Andalucía, confirman una nueva realidad: Vox y el fascismo son ya parte del asunto institucional con participación en gobiernos y, por si fuera poco, apuntando a hacer lo propio tras las próximas elecciones generales. En efecto, de confirmarse cada una de las encuestas donde se refleja que la derecha de Feijóo necesitara de los de Abascal para imponer su ideario medieval al servicio del poder, (ese mismo que no cambia desde hace décadas), no habrá problema. La maquinaria mediática hace que Vox parezca un partido más, y que el fascismo actúe con todas las armas que quiera ante la indiferencia generalizada.
Al fascismo nunca se le derrotó desde un parlamento o con una rueda de prensa, o con una juntada de firmas indignadas o con un manifiesto de personas conocidas. Por eso, que asuman sus cargos en los parlamentos con total impunidad, sin respuesta alguna del antifascismo, es una realidad que forma parte de un nuevo y peligroso cambio de ciclo, y que exigirá mirar en la Historia para seguir aprendiendo.
