Yo soy como el espinito,
que en la sabana florea;
le doy aroma al que pasa,
y espino al que me menea.
Alberto Arvelo Torrealba, poeta y folclorista venezolano (1905-1971)
Del Maine en La Habana a las armas de destrucción masiva en Irak, del golfo de Tonkin al Cártel de los Soles, y el largo etcétera que incluye una nueva forma de imaginación cada vez más truculenta; el régimen de Washington, sea cual sea su jefe, ha echado mano a pretextos cada vez más inverosímiles para justificar invasiones de todo tipo.
A Cuba no sorprenden estos cuentos y, en consecuencia, no los toma a la ligera. Sabe, por experiencia propia, que la maquinaria mediática y militar —que es una sola— realiza su preparación artillera con estos pretextos, como preámbulo de una agresión a gran escala.
Cuba no tiene que darle explicaciones a nadie sobre las armas o el tipo de armas que usa o pueda usar para defenderse. En un mundo donde se ha roto hace rato el derecho y el orden internacional para darle paso a la ley del más fuerte, el pueblo cubano no tiene que atenerse al mismo orden que permite el genocidio en Gaza; las masacres en Libia, Irak, Siria; la agresión artera contra Irán.
Sabemos bien, y el reciente ejemplo de la rendición en Venezuela lo viene a validar, que una revolución solo vale lo que sabe defenderse. ¡Y nosotros sabemos defendernos!
Desde 1962, los enemigos de la nación cubana saben que tenemos el derecho de dotarnos de las armas que consideremos necesarias para nuestra defensa. En esa decisión, no hay concesión ninguna que hacer.
Alertamos que quienes hoy se suman al coro mediático que intenta hacer pasar a Cuba como una amenaza militar o de otro tipo se convierten en cómplices de la agresión imperialista en ciernes.
Advertimos, con toda serenidad y responsabilidad, que cualquiera que desde su territorio sirva de base logística, operativa, mediática, comunicacional o de cualquier otro tipo contra el pueblo cubano se convierte en un objetivo legítimo, desde Miami hasta Key West y cualquier otro territorio vecino.
Si osara equivocarse, el enemigo no debe esperar más que la decisión de los cubanos de hacerle pagar un precio tan elevado que no tendrían suficiencia política ni moral para acreer y en el cual no deben esperar tregua ni piedad algunas.
En cualquier caso, y dado que todavía están a tiempo de evitarse un baño de sangre inaudito y probablemente estéril, les recordamos que nos acompaña la convicción martiana de que
«no nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero, y la amistad a la amistad. En el pecho antillano no hay odio; y el cubano saluda en la muerte al enemigo a quien la crueldad del ejercicio forzoso arrancó de su casa y su terruño para venir a asesinar en pechos de hombre la libertad que él mismo ansía. Más que saludarlo en la muerte, quisiera la revolución acogerlo en vida»
