Era Francia, era el año 1212. Era la voz de un niño llamando a otros niños a partir hacia Tierra Santa a convertir a los musulmanes con su piedad y su amor. Jesucristo le había dicho que el mar se abriría a su paso: no había nada que temer. Treinta mil niños partieron para no llegar nunca a Tierra Santa. Unos regresaron, otros no fueron muy lejos. Muchos murieron de hambre. Los pocos que consiguieron subir a un barco fueron engañados y vendidos como esclavos por un mercader.
Era Hamelin, nunca supe la fecha. Todos los niños de un pueblo de gentes codiciosas desaparecen tras un flautista engañado por los aldeanos. Primero las ratas, luego los niños, en oleadas de hecatombe animal. Los niños de Hamelin no dejaron rastro. Volvieron, vivieron dentro de una montaña, fueron conducidos a un lugar necesitado de jóvenes para crecer con ellos, atravesaron el mar, construyeron un pueblo nuevo. No se sabe. Ellos no se convirtieron en un mito, sino en un cuento, la Edad Media estaba llena de cuentos, en la Edad Media la vida no se vivía, se contaba mezclada con la vida sin reflejo de palabras surgidas sobre la marcha dejando un vacío de nombres, fechas, una neblina sobre los sentidos perdidos en la escucha de una narración en tránsito entre la verdad y la mentira.
Yo escuchaba fascinada. Pocos cuentos me han fascinado más que el Flautista de Hamelin.
Hecatombes de ratas o de hormigas, estampidas de niños. ¿Alguien no ha soñado de niño escapar de ser niño y crecer en un mundo comenzado por niños desde el principio? O en un mundo donde comprendan el hambre de los niños y les den pan.
Es Ceuta, dos, tres días atrás. Cincuenta mil niños intentan cruzar la frontera entre Marruecos y España, les disparan, se ahogan, les devuelven, han sido engañados, siempre son engañados, otro engaño más desgarrando el desengaño de haber nacido en el lugar equivocado. Un rey malvado aprovecha el hambre de sus súbditos para enviarlos en estampida a una cruzada de destierro, el destierro de la pobreza pidiendo gracia a las puertas de un país extranjero, donde, les han dicho, hay un sitio para ellos, exiliados de la vida en busca de la vida.
Cincuenta mil niños. Cincuenta mil hombres y mujeres. Qué poco ocupan. Ocupan tan poco, son tan pobres que son siempre niños, porque los pobres, los pueri que intentaron dar un sentido religioso al deambular de su pobreza a principios del siglo XIII, son como niños.
¿Qué ha movido al rey malvado a hacer o consentir algo así? No se sabe con certeza, pero sabemos que es una historia entre mercaderes sin escrúpulos comerciantes de la vida de las personas. Han sido vendidos a los intereses del fascismo de donde se sustentan los mercaderes para no perder ni cambiar las condiciones de esclavitud de sus negocios. Han sido vendidos a avariciosos que desertizan el mundo en su avidez.
Cuando escuché la noticia me quedé fascinada ante la boca de un túnel donde un fuerte viento te atrae hacia su interior, a la respuesta, quizá, de ese por qué de paroxidio, qué os dijeron, qué os hizo comenzar a andar en una misma dirección sumando individuos a una riada colectiva precipitándose en el abismo. Qué falta de qué, por qué en dirección al vacío, ¿qué esperanza llenó la nada de la caída incesante de pobreza en pobreza? De la pobreza no se sale.
¿Fue la venganza del poderoso o fue el chantaje? ¿Fue la inmanencia de un hambre sin hambre que no acaba en un mundo siempre igual, sin posibilidad de ruptura? La esperanza visita muy a menudo el palacio de la traición. La esperanza de una vida mejor traiciona a quien dejamos atrás condenados a una vida peor. A los pueri del Sáhara, a los presos en las cárceles marroquíes por rebeldes, por disidentes. ¿Cuántas veces la esperanza nos conduce a un vacío? ¿Vale más morir esperanzado que morir luchando?
Hubo otra cruzada de niños, Polonia 1939, cantada por Bertol Brecht. Fueron realmente niños y no pudieron luchar en un mundo incomprensible y devastado por la guerra. Al leerlo, la fascinación va perdiendo terreno a favor de una honda tristeza. La tristeza más profunda, la que nos muestra al mundo como es a través de una ternura innombrable, sin esperanza, como solo lo sabe mostrar un marxista.
Nos quedan los cuentos. Nos duermen con cuentos. Cierro los ojos agotada de imaginar niños huyendo hacia delante por millares. La causa, ¿acaso no la sabemos? Cómo sea utilizada, para la venganza o el chantaje, son detalles. Los pobres del mundo iremos un día a socorrer a los pobres del mundo en estampida y, sin darnos cuenta, habremos pisoteado a esos fascistas que no han dejado en siglos de robar el Capital que se jactan de poseer.
Termino de cerrar los ojos pensando en los niños de Hamelin. ¿Consiguieron salir ellos de la pobreza? ¿Dónde estarán los descendientes de los descendientes de sus descendientes? ¿Son indistinguibles de los descendientes del resto de las personas? ¿Llegaron a un lugar sin fosos, sin puertas fronterizas cerradas, sin militares esperándoles? ¿Comieron, crecieron, formaron familias? ¿Recordaron su dolor mientras vivieron o se convirtieron en los asesinos de los niños de otras tierras?

