Llego al aeropuerto de Maiquetía y me cruzo, nada más salir, con los autos del Departamento de Estado de los EEUU. No es que soy de la KGB o lo he sabido por mis largas antenas, es que se pasean por Caracas con sus autos oficiales anunciándolo en los Stickers de sus camionetas.
En la Guaira me topo con algunos de los murales con la imagen del Comandante, que ya, a estas alturas no debe ser «Eterno», porque sus lecciones y enseñanzas se han caído por los suelos y no sé si los podemos o no recoger.
Alguien en estos días me preguntaba, porqué ahora me importa tanto Venezuela y su proceso. Sí, hace tiempo, más allá de una leve simpatía y la obligada curiosidad, nunca había implicado esfuerzos en este territorio y rumbo político.
La respuesta para un internacionalista es bien sencilla, nosotros tenemos la tarea de apoyar en los momentos críticos, porque cuando los procesos se construyen, un internacionalista debe interferir lo mínimo e intentar preservar el protagonismo de los sujetos históricos que deben construirlos.
Es la amenaza contra un proceso la que implica la acción de reforzar el proceso.
Mientras Venezuela decidía soberanamente, aún con todos los errores, el camino que debía tomar no era potestad más que de los venezolanos en desarrollo.
Frente a las acciones hostiles del imperialismo y las sanciones, siempre ha existido la necesidad de solidaridad, que se ha expresado de distintas formas. Eso pienso debe ser así, y en la solidaridad no va implícita la obediencia ciega, ni el dogmatismo, ni el proselitismo sobre el proceso, también es aceptable la crítica, pero sin renunciar nunca al derecho a la soberanía del país sobre todas las cosas.
Eso vendría a ser, observemos el proceso, no desde la distancia pero si desde el respeto, sin inmiscuirnos en sus decisiones, pero atentos a defender esa necesidad de autonomía e independencia.
Este escenario es otro, porque ahora si nos encontramos -por los indicios- que sí son de dominio general, inmersos en un escenario de desarticulación del proceso bolivariano.
La culpa, como he dicho cientos de veces, es un concepto judeocristiano que yo no manejo. Como marxista, me acomodo más a señalar responsabilidades y a asumir las consecuencias.
En el esclarecimiento de responsabilidades, es obvio apuntar a un responsable mayor, lo que no invalida la institución de responsabilidades menores, complicidad o dejación.
Por lo anterior, pienso que la revolución debe ser internacional y que queda más que legitimado atender el peligro dado, o riesgo amenazante, sobre un territorio cualquiera en el que haya intereses de clase que defender.
Bajo mi absoluta responsabilidad afirmo, que es para mi un error la omisión de auxilio hacia un proceso revolucionario que está viviendo momentos críticos y es por lo que sería una irresponsabilidad no imprimir los esfuerzos necesarios que permitan corregir el estado de las cosas.
No hablo de esfuerzos individuales y con esto no me estoy tampoco arrogando potestades mesiánicas. Me vengo a referir a que tenemos, todos los revolucionarios frente a nosotros -incluso los no socialistas-, un acontecimiento histórico de transformación, de un avance de las luchas populares emancipatorias del continente americano, que está siendo desarmado y, si no somos conscientes de la urgencia y la necesidad histórica de acompañar su rescate o recuperación, entendiendo, eso sí, que para ello se necesita una profundización en la radicalización de los principios y objetivos, lo anteriormente alcanzado terminará por desaparecer y nos retrotraerá a contextos muy pretéritos y reaccionarios.
Odio tener razón y más odio equivocarme, últimamente estoy cansada de ambas cosas y también de no poder poner la vida un rato en stand-by. Sobre todo porque la vida pasa muy deprisa y solo tenemos un cerebro y las más de las veces un cerebro bastante lento.
Debo confesar que a estas alturas, solo sobrellevo esta claustrofobia emocional, ignorando la razón, la que tengo y la que me falta, para despejar el monte de la majamama mental que tengo hoy en la cabeza. Ya no se qué es verdad o que es deseo, pero me jode aceptar y digerir lo que está pasando acá en Venezuela.
La «Reingeniería de la Revolución Bolivariana» que lo llaman algunos a los que les gusta mucho hablar de «GEOPOLÍTICA» y la «Realpolitik», no lo siento más que como una burla eufemística. Pero, como antes decía, he tratado o trato de de abstraerme de la emocionalidad subjetiva y buscar la verdad, en lugar de la razón (la razón mía).
Aquí llego a un punto en el que me gustaría tener confianza en que este gobierno encargado, está haciendo todo lo necesario para salvar la revolución, pero es que todo apunta en el sentido contrario. Las señales o las consecuencias, algunas irreversibles quizás.
Es que confiar en que los retrocesos y concesiones son solo sacrificios que van a salvar a la revolución destruyendo sus estandartes mayores, es un ejercicio demasiado complejo. Máxime, cuando estamos viendo una gestión desastrosa de los acontecimientos, cómo confiar en que los que no son capaces de organizar un escenario concreto con una diligencia prístina, son grandes estrategas que nos van a llevar a la victoria. Cómo un ministro que no se anticipa a una deportación, teniendo un expediente impecable antes de producirse, tiene que improvisar respuestas inverosímiles, nos puede convencer de que hay una estrategia de resistencia superior y que todo está calculado. Como si además, no han dado respuesta alguna, ni pista, ni indicio de nada que nos haga pensar que existe capacidad o suficiencia estratégica, por parte de los que hoy nos piden fe ciega en sus acciones.
A mí, a estas alturas, me gustaría dejarme seducir, pero es que ni ese esfuerzo se ha hecho por parte de la cúpula de este Gobierno Encargado. Déjennos a nosotros que sabemos lo que hacemos y quédense quietos. Eso es lo que se nos ha pedido.
Y claro que, no solo a mí. A muchos como yo, nos gustaría encomendarnos a una «redención» ajena, pero qué pasará, qué derrota no sentiremos, si al final de todo, quienes dicen estar sabiendo como hacer ellos solitos las cosas, no saben, no pueden o no quieren hacer lo que se debe para salvar la revolución.
Pregunto, ¿No es tarea de todo revolucionario tomar parte por hacer lo necesario?
¿Es que acaso ser revolucionario tener fe ciega en lo que se nos dice cuando lo que se hace apunta en el sentido contrario?
¿Es que se nos puede acusar de contrarrevolucionarios sin ni siquiera una explicación creíble?
Ninguna escuela revolucionaria contempla la fe ciega, eso es una ficción idealista del campo de la teología, que por cierto esta por demás decir hoy día, acá en Venezuela, está sustituyendo peligrosamente a los principios materialista del socialismo.
Las encomendaciones al altísimo y las invocaciones en abstracto, confunden intencionalmente la búsqueda de responsabilidades, difuminan y pervierten la prevención sobre las capacidades y obligaciones de un liderazgo que se pone detrás de la buena voluntad y la intervención divina para excusar todo rastro de injerencia humana en los acontecimientos.
Todo es producto fortuito y lo abstracto debe ocupar las explicaciones, no hay responsables, ni materialidad corpórea, por tanto todo pasa y nos oponemos, pero no lo impedimos.
¿Hasta dónde lo dejaremos pasar y hasta dónde alcanzará el daño de lo que se está transformando y porqué hay que cambiar tanto de lo que se hizo durante veintisiete años?
¿De verdad era necesario este acomodo para el país?
¿Es que sin la imposición gringa no nos habíamos dado cuenta de que la economía estaba fallando y estas medidas son de verdad positivas para la economía y el crecimiento del país?
Estamos desdiciéndonos de todo lo hecho, estamos descubriendo la corrupción ahora, los traidores, e incluso reconociendo que los criminales de Puente Llaguno y otros tantos similares no lo eran. Pero, seguimos diciendo que esta revolución «azulita», es la misma que la roja del comandante Chávez, solo que se está reacomodando.
Para mi, que estas dos revoluciones, se contradicen mucho, si es que no se contraponen, ya no son la misma.
Aún con todos sus defectos, prefiero la roja y prefiero que no se pierda mucho más de lo que no se pueda recuperar, porque si antes era difícil construir lo correcto, hoy con los autos del departamento de estado, circulando impunemente por Venezuela, es harto más complejo que se pueda ni poner un nombre a una calle.
(La Hojilla)
