El pasado miércoles 2 de septiembre, 260 manifestaciones fueron convocadas por la derecha. Bajo el lema oficial “Por Ceuta”, pretendidamente ambiguo y que acompañó al oficioso y mucho más explícito “Ceuta es España, paremos la invasión”, esta movilizó a cientos de miles de personas bajo los mantras de la unidad nacional y la integridad territorial para rentabilizar políticamente la crisis en marcha.
La sucesión en territorio ceutí de manifestaciones cada vez más fascistizadas ─con pogromos contra los migrantes y quema de sus asentamientos, bloqueos de entrega de ayuda humanitaria, agresiones racistas a la propia población ceutí musulmana, etc.─, con la desastrosa gestión del gobierno de Sánchez de fondo y una pésima lectura de cómo avanzaba políticamente el mes de agosto, empujó a la derecha a considerar que existían las condiciones subjetivas para aprovechar la situación y radicalizar la opinión pública española en un sentido reaccionario.
Y así fue. La situación política y la correlación de fuerzas han saltado por los aires en apenas unas semanas. Pues, si bien llevamos años presenciando un claro y progresivo deslizamiento a la derecha de la opinión pública, a partir de la crisis de Ceuta hemos visto como los discursos ultranacionalistas, racistas y fascistas han conseguido llegar a sectores más amplios y verse crecientemente normalizados. Motivo que explica que las manifestaciones del pasado miércoles, presentadas como “ciudadanas”, pero promovidas por PP y Vox y apoyadas explícitamente por grupos fascistas como Falange, Núcleo Nacional o Revuelta, fueran un éxito. De modo que no es solo el evidente desgaste del gobierno de Sánchez, sino el desplazamiento de todo el espectro hacia la extrema derecha lo que presenciamos ─lo que no significa que todos los que se movilizaron fueran fascistas, sino más bien que la extrema derecha ha conseguido articular un sentido común nacionalista, securitista y soberanista en su crítica al gobierno y lectura de la situación, logrando imponer su relato.
No ser conscientes de esta realidad podría situarnos pronto aun en peores condiciones. Porque nos jugamos mucho en que esta dinámica no se extienda entre la mayoría social del país ─es decir, entre la clase trabajadora. Y porque la izquierda parlamentaria parece hoy completamente incapaz de hacerla frente. Así, el gobierno de Sánchez, que respondió a la crisis de manera tardía, desastrosa e insuficiente ─comprando el marco de “la invasión”, pero manteniendo una posición ininteligible respecto a la responsabilidad de Marruecos, lo que acabó facilitando la reacción de la derecha─, está muy debilitado. Y las fuerzas a su izquierda, como Sumar, IU o Podemos, pese a que trataron de mantener un discurso más claro desde el principio, llevan años en bancarrota, están muy deslegitimados y no tienen siquiera capacidad de servir como dique de contención respecto a lo que enfrentamos.
La pregunta que se impone desde posiciones revolucionarias, por tanto, es qué hacer. Porque la pasividad, la apatía o la desorientación solo contribuyen a que la derecha pueda hacerse con el control absoluto de la situación. Y porque lo que tenemos en frente es el monstruo del fascismo creciendo cada vez de manera más evidente, propagado por el germen del nacionalismo.
Por ello, las fuerzas extraparlamentarias y de oposición al sistema debemos hacernos cargo de la situación y dar un paso adelante. Bajo este prisma, decenas de organizaciones políticas, sindicales y sociales convocamos contramanifestaciones ese mismo miércoles en muchas ciudades. Sabíamos que estas serían inferiores en número de asistencia en muchos sitios, que remábamos a la contra, que nos poníamos incluso en riesgo frente a la algarada fascista. Pero hicimos lo que había que hacer. Así, bajo el lema “Paremos los pies al racismo”, nos concentramos para: 1) demostrar que existe un sector relevante que no va a permitir que los mensajes racistas y fascistas campen a sus anchas; 2) transmitir una lectura alternativa de la situación, capaz de hacerse cargo de la solidaridad con el pueblo trabajador ceutí al mismo tiempo que con los miles de migrantes que se encuentran en una situación trágica, sin comprar el relato de la derecha ni del gobierno, de Washington y Tel-Aviv, ni de Rabat; y 3) mandar un mensaje claro: que no podemos equivocarnos de enemigo, que nuestros enemigos no son las personas migrantes, sino los oligarcas y las instituciones capitalistas responsables de la miseria, la violencia y el autoritarismo que asolan nuestro mundo.
La “inferioridad” del pasado miércoles y lo oscuro de la situación no puede, sin embargo, hacernos bajar la cabeza. Esta disputa política no ha hecho más que empezar, de modo que debemos prepararnos para una batalla que durante los próximos meses se intensificará. Y frente a la confusión e incapacidad generalizada de la izquierda parlamentaria, debemos ordenar conceptual y políticamente cómo vamos a responder a la derecha en todos los ámbitos. A este debate trataré de contribuir con las siguientes líneas.
Empezando por lo más básico, tras la llamada “crisis de Ceuta” se esconden causas y dimensiones políticas muy distintas. De este modo, si queremos no seguir perdiendo posiciones en cada uno de los debates al respecto, debemos ser capaces de diferenciarlas claramente y orientarlas de forma precisa, ponderando los diversos valores políticos, culturales y morales que hay en juego en cada una de ellas, explotando fortalezas y minimizando debilidades. Mi propuesta es que diferenciemos analíticamente cuatro.
En primer lugar, lo que ha ocurrido en Ceuta es una crisis humanitaria sin precedentes. Creo que es importante empezar señalando esta cuestión, porque 82 personas murieron en aguas españolas tratando de llegar a las costas ceutís, con más de 150 personas fallecidas a ambos lados de la frontera. Cualquier tragedia humana de esta magnitud sucedida en otras circunstancias ─incendios, terremotos, accidentes, atentados…─ y con otras víctimas ─nativas, blancas, europeas…─ habría hecho que este factor constituyera el centro de la atención pública desde el primer minuto. No obstante, dentro de la dinámica racista y de deshumanización a la que asistimos, parece que las vidas de las personas migrantes pobres no importan, por lo que esta cuestión apenas ha generado conmoción.
Este es uno de los primeros caballos de Troya de la derecha que hay que confrontar. Y para ello debemos afirmar que a nosotros sí nos importan las 150 personas que perdieron sus vidas en esta crisis. Al igual que nos importan las entre 5.000 y 7.000 personas ─pues aún no se cuenta con cifras fehacientes, lo que muestra el alcance del desastre─, unas 1.500 de ellas menores de edad, que se estima permanecen en Ceuta en situación de extrema vulnerabilidad y pobreza, violentadas por fascistas y racistas de distinta índole, algunos de ellos policías. No partir de aquí supone empezar la pelea ya derrotados, asumiendo el marco deshumanizador que quiere instalar la derecha en el plano ético, fundamento del político. Una pelea en la que quizás aún somos mayoría, con un humanitarismo muy lejos de lo necesario a nivel político, pero que permite mantener unas mínimas líneas defensivas y de repliegue. Así lo demuestra el hecho de que, incluso en una situación de suma presión mediática como la que sufren los trabajadores ceutís, asociaciones vecinales de barrios como El Príncipe o La Reina, de los más humildes de la ciudad, se organizaran para atender a los migrantes que malviven en la calle o desplegar campamentos para acoger a cientos de niñas y mujeres, frente a la incapacidad del gobierno ceutí y español. Porque, pese a lo que querrían los fascistas, tanto en Ceuta como en la península todavía somos muchos los trabajadores que pensamos que chavales marroquíes o sudaneses que se han jugado la vida cruzando la frontera a nado, que apenas tienen algo que echarse a la boca y que duermen en chabolas en la playa no pueden ser tildados de «invasores» ni de «enemigos», ni deben ser «cazados», como desean los fascistas de Vox.
En segundo lugar, lo consolidado en Ceuta es una crisis migratoria que toma la forma de una crisis de servicios públicos y de capacidad de ayuda humanitaria. La entrada en una ciudad de apenas 85.000 habitantes de 70.000 migrantes supuso un auténtico shock en este sentido. Y si bien más del 90% retornó a Marruecos los primeros días, las personas que permanecieron en Ceuta hicieron que la población aumentara súbitamente entre un 6% y un 8%. Bajo estas condiciones, el pueblo trabajador ceutí ha visto sus ya mermados servicios públicos e infraestructuras saturadas, con apenas capacidad de servir de ayuda humanitaria mientras cubren servicios básicos con cierta normalidad. Lo que, sumado a la estrategia de tensión de la derecha, la respuesta desastrosa del gobierno y la militarización del territorio ha generado un combo explosivo para la propia población trabajadora ceutí.
Si bien resulta claro que el nacionalismo ha explotado esta cuestión para reforzar su estrategia de criminalización de los migrantes, debemos hacernos cargo de esta. La solidaridad con el pueblo trabajador ceutí no puede ser una consigna regalada a la derecha, sino que debe ser movilizada desde posiciones propias. Para ello, por un lado, tal y como señala mi compañera Liber, hay que comenzar recordando que “los responsables de que los servicios sanitarios [al igual que tantos otros] estén colapsados no son los migrantes que han llegado a Ceuta, sino de quienes han generado un modelo de salud basado en contratos de mierda, ratios de personal por paciente inasumibles, descansos insuficientes y centros sanitarios cayéndose a cachos”. Y, por otro, hay que reivindicar el traslado inmediato de todas las personas migrantes a territorio peninsular, asegurándoles unas condiciones dignas a la espera de que se resuelvan sus procedimientos de asilo o regularización, reivindicando las mínimas devoluciones posibles y asegurando que la normalidad vuelve progresivamente a Ceuta. El tema del traslado es clave: se trata de la única forma de empezar a solucionar realmente esta crisis y evitar que día tras día la reacción pueda utilizar las imágenes para propagar sus discursos fascistas. El Estado español cuenta con capacidad de sobra para hacerlo, pues ya acogió a más de 350.000 ucranianos sin ninguna dificultad. Y además resitúa el campo político: la derecha se opondrá y tratará de bloquearlo, capturando parte del sentido común más reaccionario ya instalado, pero permitiendo clarificar la situación y demostrar que su “solidaridad con Ceuta” era totalmente falsa, una mera excusa para tratar de expandir su racismo y fascismo, lo que puede contribuir a alejar a ciertos sectores de estos falsos discursos.
En tercer lugar, debemos señalar que la causa estructural de esta crisis migratoria es la dinámica colonial e imperialista que rige las relaciones internacionales y entre Estados bajo el sistema capitalista. Es decir, debemos insistir en que es la situación de pobreza estructural de los países africanos generada por el capitalismo la que hace que cada año entre 50.000 y 200.000 personas intenten atravesar las fronteras del sur de Europa. Porque hay que recordar que, a un lado de la frontera de Ceuta, el PIB per cápita es de 23.000€, mientras que, al otro, la cifra baja hasta los 4.500€. Esta abrupta brecha socioeconómica responde a la naturaleza de Ceuta como enclave europeo dentro del territorio africano, y por ello como uno de los puestos decisivos en el régimen de frontera que separa a las masas empobrecidas africanas de la Europa-fortaleza. Punto útil para recordar el vínculo histórico imperialista entre España y Marruecos ─desarrollado por relaciones empresariales, comerciales y políticas de muy distinto tipo─, del que el nacionalismo no dice nada. Y un factor colonial sin el cual es imposible entender cómo durante las últimas semanas de julio hubo casi 100.000 personas dispuestas a jugarse la vida cruzando la frontera.
El régimen fronterizo europeo en el que se integra este factor colonial juega, por tanto, un papel central en toda esta cuestión. Un régimen que se extiende desde la propia Ceuta hasta el Mediterráneo Oriental, con Libia como uno de los pasos fronterizos más extremos, con episodios habituales de esclavitud, tortura y violencia extrema, que han hecho crecer la ruta occidental frente a la central y la oriental. Y un régimen que es mantenido por la UE a través de un complejo sistema de vallas, concertinas, cuerpos policiales especializados (Frontex), campos para migrantes, fuerzas militares nacionales y generosas subvenciones a los países fronterizos ─desde Marruecos a Turquía. Estos últimos componen la pieza principal de la política (anti)migratoria europea, pues los países occidentales les subcontratan el control migratorio, mirando para otro lado mientras les encargan reprimir con medios brutales ─en gran parte financiados con dinero de los trabajadores europeos en forma de ayudas gubernamentales─ a sus propias poblaciones y a los grupos de migrantes que llegan a sus países desde el África subsahariana, Siria, etc.
Así, tal y como señaló Fàtima Aatar en su análisis del Pacto de Migración y Asilo, «el régimen de retorno europeo no tiene que entenderse solo como una política migratoria, sino también como una tecnología de gobierno de la fuerza de trabajo. La posibilidad permanente de expulsión actúa como un mecanismo disciplinario sobre sectores enteros de la clase trabajadora migrante, facilitando condiciones de precarización, subordinación y fragmentación». Algo que Sánchez confirmó el pasado lunes en su entrevista en la cadena SER al señalar que la política migratoria de su gobierno pretende armonizar: a) “reforzar las fronteras, por complejas que sean”; y b) incorporar nuevos migrantes, “mano de obra barata para una economía que está creciendo”. Una tensión que todos los gobiernos occidentales afrontan del mismo modo, en un contexto marcado por fuertes convulsiones económicas, explosión del orden internacional proveniente del final de la II Guerra Mundial ─el mal llamado “orden basado en reglas”─ y la conversión de la migración en una de las cuestiones que más está radicalizando a sus clases medias en descomposición.
Y en cuarto y último lugar, se trata de una profunda crisis geopolítica. Porque resulta evidente que el Estado marroquí utiliza a su población como carne de cañón en su estrategia de confrontación con el Estado español y su reivindicación de integrar Ceuta y Melilla ─al igual que ya hizo con el Sáhara Occidental, y pretende hacer con ciertas zonas de Mauritania, Mali, Argelia y las Islas Canarias, dentro de su plan colonial del «Gran Marruecos». Una estrategia que no puede entenderse sin la protección de la administración Trump, que desde la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020 entre Israel y Marruecos fijó a este último como su socio principal en la región. Una normalización de las relaciones con el Estado genocida que, de hecho, fue lo que EEUU le recompensó reconociéndole su soberanía sobre el Sáhara Occidental y desbaratando el equilibrio internacional mantenido hasta entonces ─que el gobierno de Sánchez no hizo nada por tratar de preservar, creyendo que esa cesión calmaría las aguas, en un abandono histórico de sus obligaciones como antigua administración colonial que pasará a la historia de las infamias de nuestro país, mientras las fuerzas democráticas saharauis continúan resistiendo; con ellas y con la oposición comunista de Marruecos es con quien los revolucionarios debemos estar.
Ahora, cinco años después y con el imperialismo yanqui decidido a responder con una clara ofensiva su declive respecto a China, Trump y su proxy Netanyahu han decidido que era el momento de tensar las cuerdas en esta parte del mundo. No hacían más que cumplir los planes trazados por la Estrategia Nacional de Seguridad de los EEUU, aprobada a finales del año pasado. Por lo que el plan para Marruecos era el siguiente: 1) Debilitar al gobierno español, considerado como “díscolo” por sus posicionamientos respecto a Gaza e Irán, facilitando su rápida sustitución por un gobierno de corte reaccionario; 2) Debilitar a la UE, valiéndose de sus aliados internos –las famosas “fuerzas patrióticas” como Vox y Meloni, mencionadas en la Estrategia– para fragmentarla; y 3) Ofrecer un potente terreno a explotar para las fuerzas reaccionarias de todo el mundo, utilizando las imágenes de Ceuta para justificar la necesidad de gobiernos neofascistas, leyes migratorias más duras, etc., extendiendo el nacionalismo, el odio racial y la psicosis antimigratoria. Las reacciones inmediatas de Musk, Trump, Meloni, Netanyahu, Le Pen y compañía a los sucesos mostró claro que todos ellos estaban al acecho de una situación como esta.
El grado de monitoreo y control de Marruecos ─y, por ende, de EEUU e Israel─ sobre los sucesos del 30 y 31 de julio no afecta en absoluto a esta tesis. Por un lado, resulta chocante que casi 100.000 personas pudieran moverse a pocos kilómetros del lugar en el que el sátrapa Mohamed VI celebraba la Fiesta del Trono sin que hubiera una alerta relevante sobre lo sucedido ─lo que se está convirtiendo en un punto flaco para Sánchez, con las siempre tensas relaciones entre el Ministerio de Interior y la policía en el centro─ o incluso cierta colaboración de la gendarmería marroquí ─de la que existen pruebas relevantes, pero aun no definitivas, y se ha convertido en el principal soporte de la derecha para triturar el vacilante relato del gobierno, que quiere a toda costa evitar la confrontación con Marruecos. Por otro lado, existen razones de peso para incidir en el contexto objetivo de miseria y desesperanza en que vive buena parte de la juventud marroquí y en sus formas de autoorganización ─punto en el cual entra en juego la famosa sentencia del Tribunal Supremo y el posible “efecto llamada” que esta jugó a través de diversos nodos de coordinación en redes sociales, en las que incide el gobierno─ como elementos decisivos que contribuyeron a que la cifra de personas que acabó cruzando la frontera superara por mucho lo que el propio Estado marroquí sopesó en un principio.
En suma, no existe un único factor capaz de explicar los sucesos. Por ello, aunque la investigación sobre las causas sea de interés, aún lo es más la intervención política sobre sus efectos. Y entre ellos hay que tener bien situado el nacionalismo español, pilar fundamental del proyecto reaccionario de la derecha ─que, como recuerda Enric Juliana, tiene pulsiones anti marroquís que vienen de antiguo─ y que sirvió como cebo para gran parte de la izquierda, que se lo comió de lleno. Un cebo consistente en situar el marco del debate bajo los parámetros de la “invasión”, cuyo corolario lógico es ver al migrante como miembro de un ejército enemigo, así como los de “guerra híbrida” y confrontación nacional con Marruecos, lo que estaba dejando a Sánchez fuera de juego. Y un cebo que lograba sepultar el verdadero fondo del asunto: que EEUU trata hoy de remodelar el orden mundial para revertir su decadencia imperial, luchando por reconfigurar el mapa político global en un sentido favorable a sus intereses. De tal modo que los sucesos de Ceuta forman parte de la misma estrategia geopolítica que la invasión de Venezuela, los ataques de Israel a Gaza y Líbano, la guerra imperialista contra Irán, la descarada actualización de la Doctrina Monroe para América Latina o las amenazas sobre Groenlandia. Todas ellas vienen dictadas por la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, que en este frente de batalla contaba con el apoyo de la dictadura marroquí, siempre dispuesta a utilizar a su población como arma arrojadiza, la cual sale reforzada de esta crisis ─pues fortalece su posición de presión al constatar que este tipo de sucesos hacen saltar las costuras del régimen de gobernanza español─ y espera obtener a cambio apoyo en el futuro en sus reivindicaciones explícitas de integrar Ceuta y Melilla ─lo que a EEUU ve con buenos ojos para debilitar a la UE y controlar comercialmente un nuevo estrecho, al igual que en Panamá, Ormuz o Suez.
¿Cómo señalar la responsabilidad del Estado marroquí sin caer en la defensa de la soberanía española imperialista y hacerle el juego al nacionalismo? ¿Cómo conciliar la parte de decisión geopolítica con las causas estructurales, la dinámica colonial e imperialista y la responsabilidad de la Europa-fortaleza que subcontrata ese control y permite llevar a cabo dicha presión? ¿Cómo equilibrar la crítica a la gestión desastrosa del gobierno de Sánchez con la oposición a una derecha fascistizada que claramente quiere aprovechar la situación para imponer cuanto antes un gobierno y programa reaccionario? Esta resulta hoy la gran cuestión que afrontamos desde posiciones revolucionarias.
Una vez situados las cuatro dimensiones de esta crisis, conviene analizar las distintas respuestas de las fuerzas políticas. La primera fue la de la “base social” del gobierno progresista, que se entregó de inmediato a una retórica nacionalista de la “defensa” frente al “enemigo marroquí”, hablando de “guerra híbrida” y tratando las fronteras ─las mismas en las que habían muertos cientos de personas─ como si de un hecho natural se tratasen. La segunda fue la de la izquierda extraparlamentaria, desde la que abordamos la cuestión en términos estrictamente humanitaristas y antirracistas a modo defensivo, lo que era éticamente correcto, pero políticamente insuficiente, mostrando que aún no tenemos las claves para una posición política con visos de ser hegemónica. Y la tercera fue la del propio gobierno progresista que, temeroso de entrar en confrontación directa con las principales fuerzas en juego, optó por una retórica moderada y un perfil de gestión técnico-militar, evitando cuidadosamente culpar lo más mínimo a Marruecos ─y no digamos ya mencionar a EEUU─, cargando las culpas sobre las mafias y militarizando rápidamente la frontera para tratar de forzar repatriaciones inmediatas y masivas. El hecho de que la mayoría de los migrantes acabara retornando pronto a Marruecos, sumado al fracaso de las algaradas fascistas en Ceuta durante las primeras semanas, permitió al gobierno generar una falsa sensación de control que fue agudizada por el “pico vacacional” de agosto, con su habitual efecto de despolitización. Un Sánchez “victorioso” se confió así con una pronta resolución de conflicto, la cual mandaría un mensaje de fortaleza a Marruecos sin despertar mucha polvareda, lo que le permitió incluso afear su conducta a los numerosos socios europeos que se habían desmarcado de España y proseguir sus vacaciones, lo que no se le perdona.
Bajo esta engañosa superficie, sin embargo, la crisis continuó a lo largo del mes y el gobierno se mostró cada vez más errático e incapaz de lidiar con aquellos a los que la respuesta de presión militar más repatriación ─esto es, la receta represiva en su versión “moderada”─ no convencía. Lo que generó las condiciones ideales para que las fuerzas reaccionarias explotaran progresivamente la situación. Algo que no se habría dado sin la algarada chovinista y nacionalista de la que participó gran parte de la izquierda, la cual contribuyó a allanar el camino. Y tampoco sin la imposibilidad del PSOE ─que es quién realmente marca hoy el estado de ánimo de la izquierda─ de señalar la responsabilidad de Marruecos, ya que desde su lógica interna como partido de Estado y de orden, además de por sus intereses de supervivencia en el gobierno, estimaba que ello le habría llevado a una escalada en el conflicto de la que no podría salir vivo ─por la lógica de oposición total del otro gran partido de Estado, el PP, que iba a aprovechar el mínimo traspiés en esa tensa situación para hacerle caer; porque ciertos aparatos estatales como el judicial y el policial operan claramente contra él; porque Trump y Netanyahu están decididos a quitárselos de encima; porque la UE es muy débil y su apoyo poco fiable; por su impopularidad social creciente; y por un agotamiento de Sánchez sin el cual ahora mismo el PSOE no es nada, pues sus “perfiles técnicos” no pueden hacer frente a una situación como esta.
En esta situación, la derecha española en su conjunto ha luchado sin descanso por extender el relato de la “invasión”, convertir al migrante en el enemigo y demandar “cacerías”, dentro de una división del trabajo –parcialmente espontánea y parcialmente planificada– entre grandes partidos, medios de comunicación, agitadores fascistas, grupos neonazis, etc. Lo que estas fuerzas deseaban era que la entrada masiva de finales de julio se hubiera respondida con una masacre de migrantes por parte de las fuerzas policiales y militares españolas, mostrando que su querida guerra racial ya estaba en marcha. Afortunadamente, eso no pasó, pero la posterior crisis humanitaria generó las condiciones idóneas para activar su plan b. Así, valiéndose del clima reaccionario general, donde la deshumanización extrema de los migrantes era cada vez más aceptada, lograron dominar el relato hasta el punto de que solo los pogromos consiguieron abrir ligeras brechas en su estrategia. Sin embargo, consiguieron avanzar grandes posiciones políticas y culturales y acercarse a su objetivo de hacer caer a Sánchez, aspirando a judicializar su responsabilidad.
A modo de conclusión, en el plano del debate resulta esencial que desde posiciones revolucionarias y de oposición al sistema desarrollemos un discurso alternativo al racista y chovinista de la extrema derecha y al de la impotencia de un “progresismo” atado de pies y manos por su fidelidad al capitalismo que genera toda esta miseria. Un discurso basado en la unidad de clase y la solidaridad internacionalista, que sea capaz de rebasar el merco marco defensivo humanitarista y plantear puntos alternativos sobre los distintos elementos en juego. Porque no podemos permitir que el odio al migrante monopolice las calles, que toda protesta sea canalizada por la extrema derecha y que el sentido común nacionalista, germen del fascismo, avance. Porque es nuestra responsabilidad hacer lo posible por señalar al auténtico enemigo, la oligarquía y las instituciones capitalistas.
Pero, para lograrlo, dos tareas más allá del ámbito discursivo resultan cruciales: 1) desarrollar y hacer efectiva la unidad defensiva de todas las organizaciones de la clase trabajadora ─sindicatos laborales combativos, sindicatos de vivienda, organizaciones políticas revolucionarias, movimientos sociales, redes de apoyo mutuo, etc.─ en una dinámica de lucha que haga recobrar cierto ánimo de combate y rompa con la apatía instalada; y 2) tomarnos muy en serio la tarea de desarrollar una política hegemónica propia, lo que implica construir un gran altavoz público capaz de desarrollar posiciones independientes. En suma, activar una dinámica defensiva en clave unitaria, la cual vaya acumulando fuerzas, avanzando poco a poco sus líneas defensivas y desbloqueando progresivamente horizontes estratégicos más ambiciosos, asegurando nuestra independencia política y capacidad de intervención.
Importantes sectores de la oligarquía sueñan con un escenario en que gobiernen, por medio de un Estado autoritario, militarizado y provisto de insólitas capacidades de vigilancia y control sobre poblaciones nativas empobrecidas y movilizadas por el odio contra poblaciones migrantes racializadas y aún más empobrecidas. El futuro se juega en si la rabia, la frustración y el resentimiento producidos por un capitalismo cada vez más catastrófico se dirigirán contra esa misma oligarquía o si, por el contrario, esta logrará canalizarlo hacia el pobre, migrante y racializado.
Nos lo jugamos todo en conseguir que la clase trabajadora no se equivoque de enemigo. Durante las próximas semanas y meses debemos por ello trabajar sin descanso para que eso no pase, demostrando en nuestros centros de trabajo y estudio, en nuestras reuniones familiares y de amigos, en nuestros barrios y pueblos, que existe un sector que no ha mordido el anzuelo del racismo y el fascismo y que sabe que nuestros enemigos no son los migrantes, sino el orden político capitalista ─su sistema de partidos, Estados, fronteras instituciones…─ y los gestores de este sistema construido sobre la miseria y la explotación.
(Contracultura.cc / gonzzalogb)
