IA: ¿aumentar beneficios empresariales o reducir la jornada laboral y mejorar la vida humana?
Existe un miedo creciente a que la inteligencia artificial elimine numerosos puestos de trabajo. Este temor se debe a que la IA puede organizar, controlar y ejecutar determinadas tareas con mayor rapidez, precisión y menor coste que las personas. Sin embargo, el problema no se encuentra únicamente en la capacidad técnica de la inteligencia artificial, sino en el sistema económico y social en el que se aplica.
En un sistema orientado principalmente a la obtención de beneficios a corto plazo, cualquier aumento de la productividad tiende a utilizarse para reducir costes, aumentar la producción y concentrar la riqueza. Si una empresa puede realizar con diez trabajadores una tarea que antes necesitaba veinte, probablemente intentará despedir a diez personas o exigirá a las restantes que trabajen más deprisa. De esta manera, el progreso tecnológico no se convierte necesariamente en una mejora de la vida, sino en una fuente de desempleo, precariedad, vigilancia y desigualdad.
Pero la inteligencia artificial podría orientarse de otra manera. En lugar de utilizarse para sustituir al ser humano y aumentar los beneficios de unos pocos, podría servir para reducir el tiempo de trabajo obligatorio, mejorar los servicios públicos, eliminar tareas peligrosas o repetitivas y permitir que las personas desarrollen otras dimensiones de su vida. La pregunta fundamental no debería ser cuántos trabajadores puede reemplazar la IA, sino cómo repartir socialmente el tiempo y la riqueza que esta tecnología permite ahorrar.
Durante mucho tiempo, el progreso económico se ha medido por la cantidad de bienes y servicios que pueden producirse en menos tiempo. Sin embargo, una sociedad verdaderamente avanzada no debería utilizar la productividad únicamente para producir y consumir más. También debería emplearla para liberar tiempo y mejorar el bienestar colectivo.
Si la inteligencia artificial permite realizar en seis horas un trabajo que antes requería ocho, existen varias posibilidades. La empresa puede despedir personal, aumentar el ritmo de trabajo, incrementar la producción o reducir la jornada laboral. La opción elegida dependerá de las reglas sociales y económicas existentes.
Una alternativa más justa consistiría en mantener el empleo y los salarios, pero reducir progresivamente la jornada laboral. Así, los beneficios de la automatización no quedarían concentrados en los propietarios de las empresas, sino que se transformarían en tiempo libre para toda la sociedad.
Ese tiempo liberado podría dedicarse al descanso, la educación, la cultura, la actividad física, el cuidado de familiares, la participación política, la creatividad y las relaciones personales. Estas actividades son fundamentales para la vida humana, aunque muchas de ellas no aparezcan como productivas desde el punto de vista económico.
Cuidar a un niño, acompañar a una persona mayor, participar en una asociación, cultivar un huerto comunitario o aprender una nueva disciplina pueden generar bienestar social, aunque no produzcan beneficios empresariales. Por eso, la riqueza de una sociedad no debería medirse solamente por la cantidad de mercancías que produce, sino también por la salud, la igualdad, el tiempo libre, la calidad de las relaciones humanas y el estado del medio ambiente.
La educación ofrece un ejemplo útil para comprender este cambio. En el modelo tradicional, el docente explica los contenidos en el aula y el alumnado completa los deberes en casa. La metodología conocida como “flippedclassroom” invierte esta organización: la parte teórica puede trabajarse fuera del aula mediante lecturas, vídeos u otros recursos, mientras que el tiempo presencial se dedica a resolver dudas, realizar actividades prácticas, colaborar y recibir atención personalizada.
La inteligencia artificial podría contribuir a este proceso mediante la preparación de materiales adaptados, la creación de ejercicios, la detección de dificultades y el apoyo individualizado. Sin embargo, su objetivo no debería ser sustituir al profesorado ni aumentar el número de alumnos por clase. Su función debería ser reducir las tareas burocráticas y repetitivas para que los docentes puedan dedicar más tiempo a acompañar, motivar, dialogar y atender las necesidades concretas de cada estudiante. El mal uso de la IA es que los alumnos la utilicen para realizar los deberes.
La misma lógica puede aplicarse al mundo laboral. No se trataría simplemente de introducir IA para hacer más trabajo en menos tiempo, sino de reorganizar la actividad humana para que las personas puedan dedicar más tiempo a aquellas tareas que requieren criterio, empatía, creatividad, responsabilidad y cooperación.
Ejemplos prácticos
En la sanidad, la IA puede ordenar historiales, resumir información médica, gestionar citas, detectar posibles riesgos y ayudar en el análisis de pruebas. Esto permitiría que médicos, enfermeros y demás profesionales dedicaran más tiempo a hablar con los pacientes, explicar los tratamientos y acompañar a las familias. El objetivo no debería ser atender a más personas en menos tiempo, sino ofrecer una atención de mayor calidad con menos presión laboral.
En la educación, podría preparar materiales diferenciados, corregir ejercicios objetivos, traducir contenidos y ayudar a identificar las dificultades del alumnado. De este modo, el profesorado podría reducir su carga administrativa y dedicar más tiempo a la enseñanza directa, los proyectos y la atención individual.
En la industria y la logística, la automatización podría encargarse de trabajos peligrosos, repetitivos o físicamente agotadores. Esto permitiría reducir los accidentes, disminuir los turnos nocturnos, mejorar la salud laboral y acortar la jornada. La tecnología no debería servir para vigilar cada movimiento del trabajador ni para imponer ritmos más intensos, sino para eliminar el sufrimiento innecesario.
En la Administración pública, la IA podría simplificar trámites, evitar que los ciudadanos entregasen varias veces los mismos documentos y responder consultas habituales. Así, los trabajadores públicos podrían dedicar más tiempo a atender a personas vulnerables, resolver problemas complejos y participar en la planificación de servicios.
En la agricultura, podría optimizar el uso del agua, detectar enfermedades de las plantas, reducir el consumo de fertilizantes y disminuir el desperdicio de alimentos. En este caso, producir de manera más eficiente no debería significar producir ilimitadamente para aumentar el consumo, sino atender las necesidades sociales utilizando menos recursos naturales.
En el ámbito de los cuidados, la IA podría ayudar a organizar horarios, detectar riesgos y reducir tareas administrativas. Sin embargo, no debería sustituir la compañía, la escucha, el afecto y la dignidad que forman parte de cualquier cuidado verdaderamente humano.
No todos los trabajadores se verán afectados de la misma manera por la inteligencia artificial. Algunas profesiones desaparecerán parcialmente y otras cambiarán profundamente. Por eso, no es suficiente afirmar que cada persona debe adaptarse individualmente. Es necesaria una transición justa que garantice formación gratuita y realizada dentro del horario laboral, mantenimiento de los ingresos durante los procesos de reconversión y participación de los trabajadores en las decisiones relacionadas con la automatización.
También sería necesario crear empleos en sectores socialmente necesarios, como la educación, la sanidad, los cuidados, la investigación, la cultura, la rehabilitación de viviendas y la protección ambiental. Si la IA reduce la cantidad de trabajo necesaria en algunos sectores, la sociedad podría utilizar esa capacidad liberada para atender necesidades que actualmente se encuentran abandonadas.
Una posible regla sería que los aumentos de productividad generados por la automatización se distribuyeran entre tres objetivos: reducción de la jornada laboral, mejora de los salarios e inversión en servicios públicos y protección ambiental. De esta forma, la tecnología se convertiría en una herramienta de progreso colectivo y no únicamente en un mecanismo para aumentar la rentabilidad privada.
La IA también debe analizarse desde el punto de vista ambiental. No toda mejora de la eficiencia representa automáticamente un progreso. Si la inteligencia artificial se emplea para producir y consumir cada vez más, puede aumentar el uso de energía, la extracción de materias primas y la generación de residuos.
Por eso, debería orientarse a reducir el desperdicio de alimentos y materiales, mejorar la gestión del agua, facilitar la reparación y reutilización de productos, planificar transportes menos contaminantes y proteger los ecosistemas. La finalidad no debería ser producir sin límites, sino producir lo necesario respetando las condiciones naturales que hacen posible la vida.
El progreso tendría que estar sometido a dos límites fundamentales: garantizar una vida digna para todas las personas y preservar el equilibrio ecológico del planeta.
Para que esta transformación sea posible, la inteligencia artificial no puede quedar bajo el control exclusivo de unas pocas grandes empresas. Si los datos, los sistemas y las decisiones tecnológicas pertenecen a un reducido número de actores privados, los beneficios tenderán a concentrarse.
Sería necesario establecer normas de transparencia, auditorías independientes, supervisión humana y participación de los trabajadores y de la ciudadanía. Los sistemas utilizados para contratar, despedir, conceder ayudas, evaluar estudiantes o tomar decisiones médicas no deberían funcionar como cajas negras. Toda persona afectada por una decisión automatizada debería poder conocer sus fundamentos, solicitar una revisión y exigir responsabilidades.
La sociedad también tendría que evaluar la IA mediante criterios más amplios que la rentabilidad. Una tecnología debería considerarse útil si mejora la salud, reduce la desigualdad, libera tiempo, protege el medio ambiente y fortalece la autonomía de las personas.
En definitiva, el futuro de la inteligencia artificial no está determinado únicamente por la tecnología, sino por las relaciones sociales y económicas en las que se desarrolla. En un sistema orientado exclusivamente al beneficio, puede convertirse en un instrumento de despido, vigilancia y concentración de la riqueza. Pero, bajo unas reglas democráticas, laborales y ecológicas diferentes, puede ayudar a eliminar tareas peligrosas, mejorar los servicios públicos, repartir los cuidados y reducir la jornada laboral.
La cuestión no es si la IA trabajará en lugar de las personas, sino si permitirá que las personas trabajen menos y vivan mejor. Automatizar para despedir no es lo mismo que automatizar para liberar. La primera opción concentra los beneficios de la tecnología; la segunda los convierte en tiempo, bienestar, igualdad y libertad compartidos.
J Luis Carpintero Avellaneda.
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Con la Inteligencia Artificial comienza una nueva época del desarrollo capitalista
El estado de la cuestión: alarma mundial y ascenso de movimientos de extrema derecha.
En los primeros días de septiembre, OpenAI presentó un nuevo avance en el desarrollo de la AI, ChatGPT-6 Astra, con capacidad de funcionar autónomamente. El director ejecutivo de Nvidia, Jensen Huang, afirmó que ese modelo pertenece a la Inteligencia Artificial General (AGI por sus siglas en inglés), con las mismas habilidades cognitivas que la inteligencia humana. Esa eufórica afirmación ha sido rechazada por numerosos expertos en la materia como una insinuación propagandística; por el contrario, el nuevo dispositivo ha despertado sospechas por su autonomía y opacidad. La ONU ha declarado que considera que los avances en la IA (Inteligencia Artificial) son una ‘amenaza existencial’ para la humanidad.
Los agentes de IA han comenzado a actuar por su cuenta, saltándose los controles experimentales y cooperando entre sí para detectar vulnerabilidades. Intentan engañar a los desarrolladores, inventan identidades falsas, investigan personas. Participa en su propio desarrollo y resulta factible que pueda prescindir de los humanos. Según algunas noticias, la empresa OpenAI ha tenido que detener la puesta en marcha de Astra por haber saltado los controles de seguridad.
Sabiendo que la IA se está utilizando en las guerras actuales, su autonomía plantea serios interrogantes. El Estado de Israel, asesorado por la empresa Palantir que mantiene vínculos con la CIA, usa IA en la lucha antiterrorista, para asesinar a la población palestina, incluidos los niños. También es un instrumento para manipular la opinión pública en procesos electorales, invadiendo el espacio informativo con bulos y falsas noticias, lo que ya ha sucedido en varias elecciones latinoamericanas que han dado el poder a gobiernos de derecha radical. La asociación de la IA con movimientos reaccionarios es tan significativa que el presidente argentino Javier Milei ha presentado al Congreso de su país una ley para la desregulación completa de esta tecnología. El objetivo es que las decisiones políticas sean tomadas por algoritmos sustituyendo la deliberación pública. Los radicales están ganando la batalla política, y las llamadas a la moderación caen en saco roto.
Todo esto es muy grave y justifica la alarma de la ONU. El Papa León XIV ha dedicado su primera encíclica, Magnifica Humanitas, a propugnar la protección de la dignidad de las personas y los derechos humanos. Su propuesta es de carácter moral; pero la respuesta a esos desarrollos tecnológicos debe ir más allá, para politizar su empleo en sus aplicaciones sociales y culturales. En primer lugar, ha aparecido una oposición al desarrollo de la IA por parte de profesionales y empresarios que ven en riesgo sus empleos y negocios. Hace ya tres años, más de 20.000 firmas apoyaron una declaración, pidiendo que se tomen medidas cautelares sobre el uso de la nueva tecnología. Los liberales se han dividido en esta cuestión. El propio Bill Gates ha afirmado ser partidario de frenar la investigación en este terreno, aunque no cree que sea posible dentro del sistema liberal.
La recuperación capitalista
La IA se presenta como una nueva revolución tecnológica que está comenzando a transformar las relaciones de producción en el campo del trabajo cognitivo y cultural. En 2023, el Banco Mundial estimaba que la fuerza laboral, que soporta la introducción de esta tecnología en la producción, oscilaba entre 154 y 453 millones de trabajadores en todo el mundo; aunque la amplitud del margen es muy amplia, se considera que esa cantidad constituye el 12% de la fuerza laboral total. Se trata de trabajadores precarios de economías periféricas, mal pagados y en condiciones laborales pésimas, que proporcionan plusvalía relativa para las inversiones de capital. Por otro lado, la IA sustituye a los trabajadores cualificados y bien pagados que forman las clases medias de las economías desarrolladas. Todo un negocio para los empresarios que pueden emplear fuerza de trabajo barata para resolver sus problemas con la tasa de ganancia.
Otro informe del Banco Mundial presenta la IA como una oportunidad para los países en desarrollo, afirmando que su implementación en el tejido productivo afecta sobre todo a los trabajadores cualificados de las economías más avanzadas. Lo que no dice es que esa evolución implica peores condiciones de trabajo. Es un proceso típicamente capitalista para recuperar los beneficios superando la depresión económica, que ya fue analizado en el siglo XIX por Marx y Engels en El capital. La revolución tecnológica es el medio utilizado por los empresarios para recuperar sus beneficios tras un largo periodo de bajos incentivos, transformando el mercado de trabajo y sustituyendo trabajadores cualificados por peones no profesionales. De ese modo, la nueva tecnología crea ganancias extraordinarias, provocando paro y descensos salariales. El actual proceso económico consiste en la sustitución de trabajadores cualificados en las economías centrales del capitalismo liberal por un proletariado explotado en la periferia.
La pérdida de puestos de trabajo ha sido mencionada por Gates como una causa directa de su oposición a los avances de la IA, y es la causa más evidente de las protestas que han estallado este verano entre los intelectuales y empresarios de las sociedades desarrolladas. Pero la IA ha comenzado ya a generar beneficios empresariales, y mientras lo consiga, el ansia de ganancias sostendrá su crecimiento. En un artículo publicado recientemente en Viento Sur, el economista Michael Roberts ha explicado el auge de los beneficios en la economía de los EE.UU.: un factor clave del aumento de los beneficios radica en la reducción general de los salarios. Desde el punto de vista marxista, eso significa que se ha incrementado la plusvalía arrancada a los trabajadores gracias a la nueva tecnología.
No se puede obviar que el asunto afecta a problemas radicales de la existencia humana; tiene que ver con las formas en que se produce la cultura, y por tanto, la conciencia y la subjetividad humanas. El reto es enorme y parece claro que el sistema liberal en crisis tendrá dificultades para afrontarlo con éxito. La IA no resuelve el caos que ha invadido las democracias formales por causa de la depresión económica; el recurso más eficaz para reanimar la economía es una nueva ola de innovaciones. Eso favorece los movimientos sociales de extrema derecha que son cada vez más fuertes y están accediendo al poder político en numerosos estados, tanto en el centro del sistema liberal como en su periferia. Pero esa evolución tiende a agravar el problema, creando un mundo falsificado y aparente, donde se anula la personalidad humana. El experimento Milei en Argentina está abocado al fracaso: no es posible sustituir la capacidad política de la ciudadanía por algoritmos mecánicos que tomen las decisiones. Daniel Innerarity ha explicado esto en un interesante libro.
Otro grave problema que presenta la tecnología es que su infraestructura, basada en los centros de datos, requiere enormes cantidades de energía, resultando insostenible además de ser una fuente suplementaria de calentamiento global. Esa característica exacerba la guerra por los recursos energéticos que está en marcha. Con el agravante de que la propia IA está siendo utilizada para perfeccionar la violencia letal del moderno armamento, lo que nos pone directamente frente a la distopía de la rebelión de las máquinas contra la humanidad.
La alternativa es política.
En la otra parte del mundo, en la República Popular China (RPCh), los avances en IA se suceden sin grandes anuncios, sorprendiéndonos con sus logros impresionantes. Frente al caos del capitalismo liberal en decadencia, esta tecnología se está desarrollando con fuerza en un contexto social muy diferente. La cuestión clave, respecto de esta transformación de la producción, es si los estados que conforman el bloque asiático –incluidos en la OCS (Organización de Cooperación de Shanghái) con India, Pakistán, Irán, la Federación Rusa, las naciones turcas de Asia central y Bielorrusia– tendrán recursos suficientes para asimilar creativamente la nueva revolución tecnológica e incluir en el resto del mundo para imprimir un giro al actual desarrollo. Esa es nuestra esperanza.
MIGUEL MANZANERA SALAVERT
rebelion.org
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LA IA PUEDE ESCAPAR A NUESTRO CONTROL. PERO… ¿QUIÉN CONTROLARÁ A SUS DUEÑOS?
La inteligencia artificial promete multiplicar la productividad, acelerar descubrimientos científicos y liberar al ser humano de millones de horas de trabajo. Pero también está generando advertencias sobre armas biológicas, ciberataques e incluso una eventual pérdida de control. Sin embargo, hay una pregunta anterior a todas las demás: ¿quién posee esta tecnología y quién decide para qué se utiliza? Porque una fuerza productiva capaz de transformar la historia puede servir para mejorar radicalmente la vida de millones de personas o convertirse en una extraordinaria máquina de acumulación, poder y competencia entre grandes corporaciones y Estados.
En julio de 2026 ocurrió algo en los laboratorios de OpenAI que, contado sin cuidado, parece el argumento de una película
de ciencia ficción.
Durante unas pruebas internas de ciberseguridad, varios sistemas de inteligencia artificial debían trabajar dentro de entornos informáticos aislados. Pero algunos consiguieron saltarse esas barreras. Encontraron canales para comunicarse que no estaban autorizados, pudieron aprovechar vulnerabilidades, obtuvieron acceso a internet y acabaron entrando en sistemas de terceros, entre ellos los de Hugging Face, que es una de las plataformas más importantes del sector. OpenAI reconoció posteriormente el incidente y encargó investigaciones externas.
No apareció una máquina consciente. Ningún ordenador decidió «rebelarse contra la humanidad». El modelo principal implicado era, además, un prototipo experimental, con salvaguardas deliberadamente reducidas y sin intención de ser comercializado. Pero sucedió algo suficientemente serio: unas máquinas encargadas de cumplir determinados objetivos encontraron por su cuenta procedimientos que sus creadores no pretendían que utilizaran.
Y así comenzó la historia que hoy tiene conmovida a Silicon Vall. En cuestión de semanas, investigadores de OpenAI, Anthropic y otras grandes compañías han empezado a hablar públicamente de desacelerar el desarrollo de los sistemas más potentes. Más de 1.300 trabajadores de grandes laboratorios habían pedido ya normas que permitieran hacerlo.
Jacob Coxon, que trabajó primero para OpenAI y después para Anthropic, abandonó esta última empresa denunciando que la industria está inmersa en una carrera que él considera irresponsable. Algunos de sus antiguos compañeros hablan incluso de la posibilidad de que una inteligencia artificial futura llegue a representar un riesgo de extinción humana.
Y entonces intervino Donald Trump. Su respuesta podría resumirse así: ¡ni hablar de pisar el freno!.
DE LOS CHATBOTS A LAS MÁQUINAS QUE ACTÚAN
Para comprender por qué ha cambiado tan deprisa el debate conviene olvidar durante un momento al film Terminator.
Hasta hace muy poco, para millones de personas la inteligencia artificial era fundamentalmente una máquina a la que se formulaban preguntas. Se escribía algo y el programa respondía. Pero el salto decisivo está produciéndose con los llamadosagentes.
Un agente no se limita a contestar. Puede recibir un objetivo, dividirlo en tareas, buscar información, escribir y ejecutar programas, utilizar herramientas informáticas, comprobar los resultados y volver a intentarlo cuando fracasa. Varios agentes pueden además colaborar. Y todo ello por su cuenta… y riesgo.
La diferencia es enorme. Un chatbot se parece a un asesor sentado delante de nosotros. Un agente se parece cada vez más a un trabajador digital al que entregamos ordenador, teléfono, llaves y una misión.
Que una máquina aprenda por procedimientos que no consisten simplemente en copiar a los humanos tampoco es nuevo. En 2017, AlphaGo Zero aprendió a jugar al go comenzando prácticamente desde cero y enfrentándose millones de veces contra sí misma hasta superar ampliamente a las versiones entrenadas con partidas humanas.
Lo nuevo es otra cosa: aquellas máquinas jugaban dentro de un tablero. Las actuales empiezan a actuar sobre el mundo informático real.
Además, pueden escribir código y colaborar en la investigación de nuevas inteligencias artificiales. De ahí procede la expresión que ha disparado todas las alarmas: automejora recursiva. La hipótesis consiste en que una IA suficientemente capaz contribuya a construir una IA mejor, que a su vez contribuya a crear otra todavía mejor, acelerando así y progresivamente el proceso.
No hemos llegado todavía a ese punto. La Agencia Reuters señalaba hace unos días que la automejora verdaderamente autónoma todavía no existe. Pero el aumento de las capacidades para programar, investigar y actuar independientemente está alimentando el temor de que algún día el progreso pueda avanzar mucho más deprisa que nuestra capacidad para comprenderlo.
Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, sostiene precisamente que ese margen de seguridad se está estrechando. No reclama abandonar la IA: cree que puede contribuir a curar enfermedades, acelerar la investigación y elevar extraordinariamente la productividad. Lo que propone es reducir temporalmente el ritmo al que aumentan las capacidades más avanzadas, mientras mejoran los mecanismos de control.
¿PUEDE REALMENTE ACABAR CON NOSOTROS?
A partir de aquí convendría separar los hechos de las profecías.
No existe actualmente evidencia científica que permita afirmar que una inteligencia artificial esté a punto de exterminar a la humanidad. El International AI Safety Report 2026, elaborado con la participación de más de un centenar de especialistas, ha sido particularmente claro: los sistemas actuales muestran algunas capacidades relacionadas con escenarios de pérdida de control, pero todavíano poseen el conjunto de capacidades necesarias para producirla. Para ello tendrían que poder mantener planes complejos durante largos periodos, eludir sistemáticamente la supervisión y resistirse eficazmente a las contramedidas humanas.
Los especialistas, además, discrepan radicalmente. Algunos consideran plausible un riesgo existencial de la humanidad; otros juzgan extremadamente improbable ese escenario.
Por eso sería irresponsable escribir que «la IA va a destruir a la humanidad». Pero resultaría igualmente frívolo concluir que, puesto que nadie puede calcular la probabilidad, el peligro deba ignorarse.
Cuando la consecuencia posible es extraordinariamente grave, incluso una probabilidad pequeña debe merecer toda la atención.Y existen riesgos mucho menos especulativos.
Anthropic asegura haber bloqueado cinco casos en los que sus modelos fueron utilizados para investigaciones de laboratorio susceptibles de contribuir al desarrollo de armas biológicas. Entre las consultas detectadas figuraban trabajos relacionados con mutaciones del chikungunya, gripe aviar, viruela o toxinas. En varios casos es imposible saber si existía una intención criminal, porque muchas investigaciones biológicas tienen un carácter de doble uso: el mismo conocimiento que permite fabricar una vacuna puede ayudar a hacer más peligroso un patógeno.
El mismo problema aparece con los ciberataques. Una IA que descubre vulnerabilidades puede defender hospitales o centrales eléctricas; pero exactamente esa misma capacidad puede utilizarse para atacarlos.
Por tanto, el riesgo no exige imaginar una máquina malvada. Basta con combinar herramientas cada vez más poderosas con delincuentes, ejércitos, servicios de inteligencia, empresas o Estados dispuestos a emplearlas.
LA PREGUNTA QUE SE HACEN LOS PROPIOS CREADORES
Lo más inquietante del debate actual no son las predicciones apocalípticas. Es el problema de incentivos que describen quienes trabajan dentro de estas compañías. Cada empresa puede considerar conveniente avanzar más despacio. Pero ninguna quiere ser la única que lo haga.
Si OpenAI frena y Anthropic continúa, Anthropic podrá adelantarse. Si ambas frenan y Google no, y Google ganará. Y aunque todas las empresas estadounidenses aceptaran hacerlo, queda China.
Coxon lo describió como una carrera de la que los propios participantes temen bajarse unilateralmente.
Aquí aparece una paradoja formidable. El capitalismo competitivo puede producir una situación en la que todos los actores sepan que determinada velocidad resulta peligrosa y, sin embargo, cada uno tenga racionalmente que acelerar porque supone que los demás harán lo mismo.
Eso no significa que debamos aceptar sin reservas el discurso de las grandes tecnológicas. Sus peticiones de regulación contienen también evidentes intereses empresariales. Algunas voces del propio sector han advertido que unas normas diseñadas por OpenAI, Anthropic o Google podrían convertirse en gigantescas barreras de entrada para empresas más pequeñas y consolidar un oligopolio. La BBC de Londres recogió incluso acusaciones de que la retórica catastrofista está contribuyendo a justificar valoraciones empresariales astronómicas.
Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente: el peligro puede ser real y quienes advierten sobre él pueden tratar de convertir su regulación en ventaja competitiva.Por eso resulta especialmente absurda la idea de dejar la vigilancia de la IA exclusivamente en manos de quienes obtendrán miles y miles de millones desarrollándola.
TRUMP: «QUIEN GANA EN IA, GANA EN TODO»
La posición de Donald Trump se entiende mucho mejor cuando se abandona el debate filosófico y se observa la economía política.
Trump acaba de proclamar que la IA y los centros de datos serán un motor económico «más grande que el petróleo, el oro, los diamantes o incluso Internet», y ha acusado a loSs que han emitido las advertencias sobre una eventual destrucción de la humanidad prácticamente como una maniobra destinada a detener a Estados Unidos.
Pero su postura no comenzó esta semana. La política oficial de su Administración consiste expresamente en alcanzar y conservar el dominio mundial estadounidense en inteligencia artificial mediante un marco regulatorio «mínimamente gravoso». Una orden presidencial de diciembre de 2025 llega a definir el desarrollo tecnológico como «una carrera contra los adversarios de Estados Unidos y ordena combatir las legislaciones estatales consideradas excesivamente restrictivas».
Al mismo tiempo, Washington ha acelerado permisos, facilitado terrenos e impulsado la construcción de centros de datos como infraestructura estratégica vinculada tanto a la prosperidad económica como a la seguridad nacional.
Y detrás aparece siempre China. Trump lo ha formulado sin rodeos: Estados Unidos lleva ventaja y quiere conservarla porque «quien gana en IA, gana en todo».
Pekín, a su vez, ha denunciado que parte de las propuestas estadounidenses de regulación esconden una estrategia para levantar «monopolios regulatorios» y contener el desarrollo tecnológico chino. Y no se trata de una acusación disparatada: Washington lleva años restringiendo a China el acceso a chips avanzados. Pero eso tampoco convierte a Pekín en un observador desinteresado. China participa igualmente en la carrera tecnológica, económica y militar.
La contradicción adquiere así dimensiones mundiales: precisamente cuando una tecnología requeriría cooperación internacional para establecer límites, el enfrentamiento interimperial convierte cualquier pausa en una posible cesión de ventaja al adversario.
EL PROBLEMA NO ES LA MÁQUINA: ES QUIÉN TIENE LA MANO SOBRE ELLA
Desde una perspectiva materialista y crítica, este es probablemente el punto decisivo.
La inteligencia artificial es una fuerza productiva extraordinaria. Puede liberar al ser humano de millones de horas de trabajo rutinario, multiplicar la investigación científica, mejorar diagnósticos médicos, optimizar industrias enteras y producir una cantidad de riqueza con mucho menos trabajo humano.
Vista en abstracto, eso debería ser una excelente noticia para toda la humanidad.
Pero las fuerzas productivas no existen en abstracto: se desarrollan siempre dentro de unas determinadas relaciones sociales de producción.
Dicho de otra manera, que la Inteligencia Artificial llegue a prestar un servicio sin precedentes al conjunto de la humanidad dependerá, en buena medida, de quién la posea, quién la controle y con qué fines se utilice.
Si continuara permaneciendo en manos privadas, sometida a la lógica de la acumulación capitalista, su desarrollo tenderá inevitablemente a orientarse hacia la rentabilidad, la reducción de costes y la obtención de beneficios. Si, por el contrario, sus principales infraestructuras y capacidades estuvieran bajo control colectivo y orientadas a satisfacer necesidades sociales, el aumento de productividad que promete podría traducirse en enormes avances para toda la humanidad: menos tiempo de trabajo, mejores servicios, más conocimiento disponible y una riqueza social muy superior.
El informe internacional sobre seguridad de la IA estima que alrededor del 60% de los empleos de las economías avanzadas están expuestos, de una u otra forma, a esta tecnología. No significa que desaparezca el 60% del empleo. Significa que una parte de las tareas podrá automatizarse o transformarse. El mismo informe advierte, además, que la IA podría desplazar renta desde el trabajo hacia los propietarios del capital y profundizar las desigualdades existentes.
Ahí está la pregunta política fundamental: si una máquina permite producir en una hora lo que antes requería diez, ¿quién se queda con las nueve horas liberadas?
Bajo unas relaciones sociales diferentes, podrían convertirse en reducción de jornada, abundancia colectiva, más tiempo libre y mejores servicios públicos. Bajo la lógica de la acumulación privada, pueden transformarse en despidos, intensificación laboral y beneficios extraordinarios para quienes poseen los modelos, los chips y los centros de datos.
Y estos últimos distan de ser entidades etéreas flotando en «la nube». Son gigantescas instalaciones materiales. Solo cinco grandes tecnológicas invirtieron más de 400.000 millones de dólares en 2025 y la Agencia Internacional de la Energíacalcula que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría pasar de 485 TWh en 2025 a unos 950 TWh en 2030.
La IA tiene propietarios, necesita capital, electricidad, minerales, trabajadores, semiconductores y territorios. Y está concentrándose en un número extraordinariamente pequeño de corporaciones y Estados.
Por eso la alternativa no puede ser elegir entre el optimismo publicitario de Silicon Valley y el miedo a una máquina todopoderosa.
Tampoco basta con pedir a las mismas compañías que controlen voluntariamente aquello cuya carrera por desarrollar les reporta fortunas.
Serían necesarios controles públicos internacionales sobre los modelos más potentes, obligación de comunicar incidentes, auditorías realmente independientes, límites estrictos a sus aplicaciones biológicas y militares, mecanismos verificables de desconexión y acuerdos entre potencias capaces de impedir una carrera sin final. Incluso algunos dirigentes tecnológicos reconocen ya que cualquier sistema serio necesitaría representación internacional, científica e independiente y no podría quedar gobernado por cuatro compañías.
Pero habría que ir más lejos: decidir socialmente para qué se utiliza la productividad creada, quién controla las infraestructuras decisivas y cómo se distribuye la riqueza que produce.
Porque quizá la pregunta equivocada sea si una máquina llegará algún día a decidir destruirnos. La pregunta que ya podemos responder es otra: hemos colocado una tecnología de poder extraordinario dentro de un sistema económico que obliga a las empresas a competir por llegar antes y dentro de un orden internacional que obliga a los Estados a temer quedarse atrás.
No sabemos si la inteligencia artificial podrá o no algún día escapar completamente al control humano. La mejor evidencia disponible dice que todavía no puede hacerlo. Lo que sí sabemos es que quienes sostienen el volante están pisando el acelerador mientras reconocen que los frenos aún no funcionan del todo.
Y ese peligro no pertenece a la ciencia ficción. Es rigurosamente contemporáneo.
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FUENTES CONSULTADAS
— Reuters, 13/09/2026. Trump says ‘very negative forces’ raising exaggerated concerns over AI
— Reuters, 15/09/2026. . From hallucinating AI chatbots to wiping out humanity: How did we get here?
— OpenAI, julio de 2026. . The Hugging Face incident and other third-party impact from misaligned models
— International AI Safety Report 2026. . 2026 Report: Executive Summary
— Casa Blanca, 23/07/2025. Plan oficial estadounidense para «ganar la carrera de la IA», acelerar innovación e infraestructura y mantener el liderazgo mundial. White House Unveils America’s AI Action Plan
— Casa Blanca, julio de 2025. Documento completo America’s AI Action Plan — Winning the Race. America’s AI Action Plan
