Hay una conquista del capitalismo de la que casi nunca hablamos.
Sabemos que organiza la economía. Sabemos que condiciona el empleo, los salarios o el acceso a la vivienda. Incluso aceptamos que influye en nuestra forma de consumir. Pero hay un territorio mucho más íntimo sobre el que también ha ido extendiendo su lógica sin que apenas nos diéramos cuenta: nuestra relación con el tiempo.
No me refiero únicamente a las horas que pasamos trabajando.
Me refiero a algo más profundo.
A la extraña sensación de que cualquier minuto que no dedicamos a hacer algo útil parece un minuto desperdiciado.
No siempre fue así.
Esperar era simplemente esperar. Se caminaba para ir de un sitio a otro. Se podía pasar una tarde sin hacer nada extraordinario. Había conversaciones que no perseguían ningún objetivo. El aburrimiento no era un problema que hubiera que resolver inmediatamente.
Hoy cuesta encontrar esos espacios.
Esperamos el autobús mirando el teléfono. Aprovechamos un trayecto para responder mensajes. Escuchamos un podcast mientras cocinamos porque sentimos que cocinar, por sí solo, no basta. Incluso el descanso parece necesitar una justificación. Descansamos para rendir mejor. Leemos para mejorar. Hacemos ejercicio para optimizar nuestro cuerpo. Hasta el ocio parece haber firmado un contrato con la productividad.
Lo inquietante es que nadie nos obliga.
O, al menos, nadie nos obliga de manera visible.
Simplemente hemos aprendido a mirar nuestro tiempo con los ojos del mercado.
Cuando una empresa tiene una máquina parada, pierde dinero. Poco a poco hemos acabado aplicando esa misma lógica a nuestra propia vida. Si no estamos haciendo algo que produzca un resultado, aparece una incomodidad difícil de explicar. Como si existiera una voz que preguntara constantemente: ¿de verdad este es el mejor uso que puedes hacer de tu tiempo?
Y terminamos creyendo que esa voz es nuestra.
Sin embargo, pocas cosas hay más humanas que perder el tiempo.
No porque el tiempo se pierda realmente, sino porque hay experiencias que solo ocurren cuando dejamos de exigirle una utilidad a cada minuto. Una conversación que se alarga sin motivo. Un paseo sin destino. Mirar por la ventana. Leer una novela. Aburrirse. Pensar.
La psicología lleva décadas mostrando que la mente necesita esos espacios. No solo para descansar, sino para elaborar lo vivido, para crear, para imaginar, para hacer conexiones que no aparecen cuando vivimos sometidos a la urgencia permanente.
Quizá por eso cada vez hay más personas que sienten que los días pasan demasiado deprisa.
No necesariamente porque tengan más trabajo que antes.
Sino porque casi nunca consiguen habitar el momento en el que están. Siempre hay algo que responder, algo que aprender, algo que adelantar, algo que optimizar.
La lógica del mercado ya no termina cuando salimos del trabajo.
Nos acompaña.
Se ha instalado en la forma en que organizamos un domingo, unas vacaciones o una conversación con un amigo.
Y eso tiene consecuencias políticas.
Porque un sistema no necesita ocupar todas las horas de nuestra vida si consigue algo mucho más eficaz: que seamos nosotros quienes sintamos la obligación de ocuparlas.
Quizá una de las formas más discretas de resistencia consista en recuperar el derecho a hacer cosas que no produzcan absolutamente nada.
No para convertirlas en una nueva técnica de bienestar.
Ni para ser más eficientes el lunes.
Simplemente porque una vida no puede reducirse a la lógica del rendimiento.
Hay tiempos que no sirven para nada.
Y precisamente por eso son imprescindibles.
KAOSENLARRED
