Breve crónica de una traición política y las consecuencias que todavía sufrimos

Eurocomunismo fue el término utilizado, a partir de la década de 1970, para designar la orientación política adoptada
por algunos de los principales partidos comunistas de Europa occidental, especialmente el italiano, el francés y el español. Sus impulsores lo presentaron como una «vía democrática y nacional al socialismo», independiente de la Unión Soviética y adaptada a las particularidades de las sociedades occidentales. Sin embargo, aquella formulación encubría una transformación mucho más profunda: la culminación del proceso de socialdemocratización que desde hacía años avanzaba en el interior de esos partidos.
La nueva orientación se tradujo en el abandono de cualquier perspectiva de ruptura revolucionaria, en la aceptación del Estado burgués como marco definitivo de actuación política y en la búsqueda de acuerdos estables con sectores de la burguesía. El objetivo dejó de ser la sustitución del poder capitalista por el poder de la clase trabajadora y pasó a consistir en la participación institucional y en la gestión, pretendidamente progresista, del orden existente.
Los dirigentes eurocomunistas, naturalmente, no podían presentar abiertamente ante la sociedad ni ante sus propias militancias una renuncia de semejante alcance. Por ello continuaron hablando de socialismo, «democracia avanzada» y «poder de los trabajadores». Pero, aunque las palabras permanecieron durante algún tiempo, su contenido fue alterándose progresivamente.
Las transformaciones socialistas dejaron de identificarse con la conquista del poder político y económico por la clase trabajadora. En su lugar, comenzaron a presentarse como el resultado de una supuesta acumulación gradual de avances y pactos parlamentarios dentro de las instituciones del propio capitalismo. La ruptura fue sustituida por la reforma; la organización popular, por la representación institucional; y la conquista del poder, por la presencia en los órganos encargados de administrarlo.
En consonancia con estos nuevos objetivos reformistas, la movilización popular que había caracterizado durante décadas la actividad de los partidos comunistas fue subordinándose a la negociación institucional. La lucha de clases cedió su lugar a la búsqueda del «consenso» y la independencia política de la clase trabajadora fue sacrificada en favor de alianzas con fuerzas comprometidas con la preservación del sistema. Según prometían sus dirigentes, esa estrategia permitiría transformar gradualmente el capitalismo desde dentro.
Sin embargo, no fue el capitalismo el que terminó transformándose, sino los propios partidos que habían asumido aquella orientación. Algunos cambiaron hasta resultar políticamente irreconocibles; otros quedaron reducidos a fuerzas testimoniales y alguno, sencillamente, acabó desapareciendo.
El Partido Comunista Italiano, que había llegado a convertirse en la mayor organización comunista de Europa occidental, situó el llamado «compromiso histórico» con la Democracia Cristiana en el centro de su estrategia. El resultado final de aquella trayectoria no fue la aproximación al socialismo, sino su disolución en 1991 y la integración de buena parte de sus cuadros en una nueva formación de orientación socialdemócrata.
El Partido Comunista Francés sufrió, por su parte, un prolongado retroceso electoral, sindical y social. El Partido Comunista de España, que había constituido la principal fuerza organizada de la resistencia antifranquista, perdió en pocos años gran parte de la influencia política y de la capacidad de movilización acumuladas durante décadas de clandestinidad, persecución y lucha.
La orientación eurocomunista contribuyó decisivamente a desarmar política e ideológicamente a estas organizaciones. Al renunciar a constituirse en una alternativa real al orden capitalista y aceptar un papel subordinado en su administración, dejaron vacante el espacio histórico que había justificado su existencia. No fueron debilitadas por mantenerse fieles a un proyecto revolucionario imposible, como afirmarían después sus dirigentes, sino porque abandonaron aquello que las distinguía de las restantes fuerzas encargadas de gestionar el sistema.
EL IMPRESCINDIBLE PAPEL DEL PCE EN LA TRANSICIÓN PACTADA AL RÉGIMEN MONÁRQUICO
En el Estado español, la orientación eurocomunista encontró su expresión más acabada en la participación del PCE en una Transición diseñada para reformar las estructuras políticas del franquismo sin permitir una verdadera ruptura democrática.
La Monarquía había sido instaurada por decisión expresa de Franco; la Ley para la Reforma Política fue elaborada por el Gobierno de Adolfo Suárez y aprobada por las propias Cortes franquistas; y una parte sustancial de los aparatos judiciales, policiales, militares y administrativos de la dictadura permaneció intacta. No se desmanteló el aparato estatal heredado del franquismo, se modificaron sus formas políticas para garantizar su continuidad dentro de un nuevo régimen parlamentario.
La oposición fue incorporada al proceso solo después de que aceptara sus límites fundamentales. A cambio de su legalización y de un espacio previamente acotado en las nuevas instituciones, sus principales organizaciones renunciaron a exigir responsabilidades por los crímenes de la dictadura, abandonaron cualquier perspectiva constituyente surgida de la soberanía popular y aceptaron una monarquía que el pueblo español nunca eligió.
Todo ello se desarrolló, además, bajo la atenta tutela de Estados Unidos. Washington no redactó cada una de las disposiciones de la Transición, pero orientó, respaldó y acompañó aquella salida controlada de la dictadura, como muestran numerosos documentos desclasificados y como expuso Joan Garcés en su obra Soberanos e intervenidos.
La prioridad estadounidense consistía en preservar el uso de las bases militares, asegurar el anclaje de España en el bloque occidental y evitar que la crisis final del franquismo desembocara en una ruptura política y social de consecuencias imprevisibles. Estados Unidos había establecido relaciones con Juan Carlos antes de la muerte de Franco y siguió con especial atención tanto la evolución de la oposición como la incorporación del PCE al nuevo marco institucional.
El Partido Comunista era la organización que poseía una mayor legitimidad antifranquista ante amplios sectores de la sociedad española. Precisamente por ello, su integración resultaba indispensable para dotar de credibilidad popular a una operación política dirigida desde las estructuras del régimen anterior. Sin la colaboración del PCE habría resultado mucho más difícil presentar como una conquista democrática lo que, en realidad, constituía una reforma pactada para impedir la ruptura.
El precio político de su legalización fue la aceptación de los pilares fundamentales del nuevo régimen: la Monarquía, la bandera rojigualda, la continuidad de los principales aparatos del Estado y la concepción centralista de la «unidad de España». La dirección encabezada por Santiago Carrillo asumió esas condiciones y puso el prestigio acumulado por el sacrificio e incluso la vida de miles de comunistas durante la lucha antifranquista al servicio de una operación genuinamente lampedusiana: cambiar las formas necesarias para que nada esencial cambiase.
Posteriormente, el PCE respaldó los Pactos de la Moncloa, que hicieron recaer sobre la clase trabajadora buena parte del coste de la crisis capitalista de los años setenta. La contención salarial y la desmovilización fueron presentadas como «contribuciones responsables a la estabilidad democrática», mientras se subordinaban las reivindicaciones obreras a las necesidades de recuperación de la economía capitalista.
El Partido pidió asimismo el voto favorable a una Constitución que consagraba la Monarquía, protegía la propiedad privada de los medios de producción, preservaba la continuidad del aparato estatal y atribuía a las Fuerzas Armadas la misión de garantizar la «unidad de España». Cada una de estas concesiones fue justificada por su dirección como un «sacrificio necesario para consolidar la democracia».
Pero aquella supuesta prudencia táctica no tardó en revelar su auténtica naturaleza. No se trataba de retroceder momentáneamente para acumular fuerzas, sino de abandonar toda estrategia de ruptura y aceptar definitivamente los límites impuestos por el nuevo régimen. Las renuncias dejaron de ser tácticas cuando fueron convertidas en el contenido mismo de la política del Partido.
La dirección del PCE contribuyó así a transformar la fuerza política más importante de la resistencia antifranquista en uno de los principales avales de la continuidad institucional del Estado. En nombre del realismo, renunció a modificar las relaciones de poder; en nombre de la democracia, aceptó una Monarquía heredada de la dictadura; y en nombre de la responsabilidad, ayudó a contener la movilización social que podía haber desbordado los límites cuidadosamente establecidos por las élites franquistas.
El resultado histórico fue inequívoco: el régimen obtuvo la legitimidad que necesitaba y el PCE perdió, en apenas unos pocos años, buena parte de la fuerza política y social que había conquistado durante décadas de lucha. Lo que su dirección presentó como la entrada del comunismo en las instituciones terminó siendo, en realidad, la integración del partido en un orden construido precisamente para impedir cualquier transformación socialista.
LA INTEGRACIÓN DEL PCE EN EL RÉGIMEN DEL 78 JUSTIFICADA DESDE LAS PÁGINAS DE MUNDO OBRERO
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Referencias y fuentes bibliográficas
Mundo Obrero. Órgano del Comité Central del Partido Comunista de España, Madrid:
- Año XLVII, núm. 21, 30 de mayo de 1977.
- Año XLVII, núm. 22, 1 de junio de 1977.
- Año XLVII, núm. 24, 16 de junio de 1977.
- Año XLVII, núm. 26, 29 de junio de 1977.
- Año XLVII, núm. 38, 22 de septiembre de 1977.
- Núm. 5, febrero de 1978.
- Núm. 6, 15 de febrero de 1978.
- Núm. 1, 21 de noviembre de 1978.
- Azcárate, Manuel: «El eurocomunismo: una realidad, una esperanza», Mundo Obrero, año XLVII, núm. 10, 10 de marzo de 1977, pp. 6-7.
- Sacristán Luzón, Manuel: «A propósito del “eurocomunismo”», Materiales. Crítica de la cultura, núm. 6, 1977, pp. 5-14.
- Mandel, Ernest: Crítica del eurocomunismo. Traducción de Emilio Olcina Aya. Barcelona, Editorial Fontamara, 1978, 1.ª edición castellana.
- Garcés, Joan E.: Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles. Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1996.
- Powell, Charles: «Henry Kissinger y España, de la dictadura a la democracia, 1969-1977», Historia y Política, núm. 17, enero-junio de 2007, pp. 223-251. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

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