El 14 de junio, Donald Trump transformó la Casa Blanca en el decorado de un combate de artes marciales mixtas (MMA) para celebrar su 80 cumpleaños. El título promocional (“Freedom 250”) de este evento televisado hacía referencia al cuarto de milenio de existencia de Estados Unidos, que se conmemorará el 4 de julio. Más allá de las carpas instaladas en el césped de la Casa Blanca, la realidad ha conferido a este espectáculo un aire como de fin del Imperio romano: inflación disparada por la guerra en Oriente Próximo e índices de aprobación históricamente bajos del presidente de Estados Unidos, mientras que, con las elecciones de medio mandato acercándose, la mayoría republicana se ve amenazada en ambas cámaras del Congreso.
Haría falta un Juvenal de nuestros días para comentar la decadencia que supone ese circo: la de una república virtuosa que ha derivado en oligarquía e imperio. Sin embargo, las tensiones y oscilaciones entre esos dos polos existen desde la fundación de Estados Unidos dentro del complejo ideológico que alumbró: por un lado, una Constitución venerada por las excepcionales garantías que brindaba a las libertades en un mundo nuevo muy distinto del antiguo; por el otro, un faro cuya luz podía iluminar todo el continente en su carrera hacia el “destino manifiesto” y más tarde los océanos mediante la “doctrina de puertas abiertas” (1). En otras palabras, el excepcionalismo y el universalismo han competido durante mucho tiempo a la hora de definir las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo.
En 2015, cuando anuncia su primera candidatura presidencial, Trump se alinea con el excepcionalismo estadounidense, versión aislacionista. Denuncia el apoyo de sus rivales republicanos a la invasión de Irak en 2003, promete restablecer relaciones con Rusia y cuestiona la utilidad de una alianza militar occidental como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Al finalizar su primer mandato en 2020, puede presumir de no haber iniciado ninguna guerra durante sus cuatro años en la Casa Blanca. Cinco años después, cuando regresa a la presidencia, esa idea de retirada parece persistir, puesto que uno de los primeros documentos estratégicos de la nueva Administración insiste: “Afortunadamente, los tiempos en que Oriente Próximo dominaba el pensamiento estratégico estadounidense son cosa del pasado” (2).
Sin embargo, solo entre junio de 2025 y junio de 2026, Estados Unidos ha atacado a Yemen, Irán, Siria, Somalia y Nigeria, ha secuestrado al presidente de Venezuela, ha puesto a Cuba bajo embargo y ha hundido numerosas embarcaciones pequeñas junto con sus tripulantes en el Caribe. ¿Cómo explicar ese giro de 180 grados? ¿Y cuáles pueden ser las consecuencias para el imperio estadounidense? A pesar de todos los bandazos que parecen caracterizar la diplomacia de Trump, la política exterior del país sigue presentando una continuidad estructural. Sin las exigencias de diversos grupos de presión —internos y externos— sería difícil explicar cómo un hombre que había prometido no librar ninguna “guerra estúpida” ha terminado desencadenando la que todos sus predecesores, incluidos los neoconservadores, se habían negado a empezar.
En efecto, la República islámica ha estado en el punto de mira de Estados Unidos desde 1979, fecha en la cual el sah Reza Pahlaví, llegado al poder en 1953 mediante un golpe de Estado apoyado por los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos contra el presidente democráticamente electo Mohammad Mossadegh, fue a su vez derrocado, pero por la revolución islámica. Las sanciones impuestas por el presidente demócrata James Carter en 1980 tras la toma de rehenes en la embajada estadounidense en Teherán se han mantenido vigentes con solo breves excepciones. Fueron endurecidas en el cambio de siglo por los presidentes William Clinton y George W. Bush. Barack Obama continuó con esa política, reduciendo a la mitad los ingresos petroleros de Teherán para luego proponer suavizar las restricciones a cambio de una limitación del programa nuclear iraní, que estaría sujeto a una estricta supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
Un acuerdo en ese sentido fue firmado el 14 de julio de 2015 por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), más Alemania y la Unión Europea. Sin embargo, tres años después, Trump lo rompía unilateralmente y desencadenaba una campaña de “máxima presión” contra Irán, que su sucesor, Joseph Biden, iba a mantener. Los europeos se escudaron en el incumplimiento por parte de Irán del acuerdo que Estados Unidos había violado para imponer, a su vez, un restablecimiento de sanciones en 2025.
Las técnicas estadounidenses de guerra económica, que recurren a sanciones primarias y secundarias, afinadas a lo largo de los años en la búsqueda de un cambio de régimen en Irán, han sido defendidas no solo por los dos principales partidos estadounidenses, sino también por sus aliados europeos. Semejante convergencia podría incluso calificarse de multilateralismo, con la ONU legitimando e implementando esas sanciones a escala global (3). Tanto es así que el Consejo de Seguridad, a veces acusado de ineficiencia, el pasado 11 de marzo encontró tiempo para adoptar la resolución 2817, que condenó los ataques de misiles iraníes contra los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y Jordania obviando la presencia de bases estadounidenses en siete de ellos.
Venezuela: “un escenario perfecto”
Si bien Trump cometió un error político atacando a Irán, su Administración persigue objetivos que desde hace tiempo comparten la clase dirigente occidental y sus aliados regionales. Es el motivo por el cual, a pesar de la flagrante ilegalidad del ataque israelí-estadounidense contra Irán, este provocó tan pocas protestas por su parte. Europa incluso sirvió discretamente de plataforma para la agresión: de Fairford en Inglaterra a Ramstein en Alemania, pasando por bases en Portugal, Nápoles y Creta.
Trump había prometido poner fin a las guerras “estúpidas” o “eternas”, no a las inteligentes y rápidas emprendidas por él. La operación de las fuerzas especiales diseñada para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela —“un escenario perfecto”, según declaró a The New York Times (2 de marzo de 2026)— reforzó su convicción de que, una vez asesinado el ayatolá Ali Jamenei y aprovechando la implosión del régimen y un levantamiento popular, podría elegir a los siguientes líderes de Irán. “Debo participar en esta decisión, como con Delcy [Rodríguez] en Venezuela”, precisó (Axios, 5 de marzo de 2026). Su secretario de Guerra, Peter Hegseth, se vanaglorió en los siguientes términos: “Nunca se concibió como una lucha justa, y no es una lucha justa. Les estamos golpeando mientras están caídos, exactamente como debe ser. El poder estadounidense no para de crecer, cada vez más formidable, cada vez más aplastante” (4).
Ahora bien, esa fantasía de alcanzar una dominación total sobre un enemigo postrado y prosternado también es antigua; Hegseth es solo el último de una larga tradición. El general Curtis LeMay, artífice de la teoría del “bombardeo estratégico”, ordenó el bombardeo incendiario de Tokio que el 10 de marzo de 1945 mató a 100.000 personas, “quemadas, hervidas y cocidas hasta la muerte”. Más tarde, se jactó de haber “quemado todas las ciudades de Corea del Norte y de Corea del Sur también” durante una campaña que, según sus propias estimaciones, causó la muerte del 20% de la población entre 1950 y 1953 (5).
Uso de información privilegiada
Antes de ser relevado de sus funciones por el presidente Harry Truman, el general Douglas MacArthur había contemplado “soltar unas treinta bombas atómicas sobre Manchuria” para crear un cordón sanitario frente a los comunistas chinos. En Vietnam, el poder de la aviación alcanzó nuevas cotas de perversidad, ya que la ausencia de objetivos claros —un problema recurrente de las guerras aéreas desde sus inicios— condujo a una ampliación constante de los objetivos aceptables, de tal forma que la zona de combate se extendió para incluir a nuevos enemigos (cada vez más, civiles) atacados con armas cada vez más destructivas. En Irán, la misma vieja obsesión por la “selección de objetivos” ha adquirido un barniz de modernidad gracias a la inteligencia artificial, pero el impulso fundamental sigue siendo el mismo: los primeros diez días de guerra aérea provocaron la destrucción de más de 21.000 edificios no militares, incluidas 17.353 viviendas (6).
Pese a ello, la operación Epic Fury se estancó casi de inmediato, tan pronto como el “ataque de decapitación” (contra Jamenei) no logró forzar a lo que quedaba del liderazgo iraní a sentarse en la mesa de negociaciones. Hasta el mismo excomandante británico de la OTAN, Richard Shirreff, admitió que ese asesinato durante el ramadán era “tan sutil como asesinar al Papa en las escaleras de la basílica de San Pedro durante la Semana Santa” (LBC, 4 de marzo de 2026).
La guerra continuó luego al ritmo de los mercados, sincopada por publicaciones en las redes sociales. Trump predijo el fin del conflicto o rápidos progresos en las negociaciones antes de la apertura de las bolsas. Luego impuso ultimátums acompañados de amenazas de aniquilación cuando estas estaban cerradas. Todo ello se desarrolló sobre un trasfondo de operaciones de enriquecimiento personal. El pasado 23 de marzo, por ejemplo, se realizaron transacciones de contratos de futuros sobre el petróleo por valor de 580 millones de dólares apenas unos minutos antes de que Trump publicara en su red Truth Social un mensaje en el que afirmaba que las conversaciones con Irán estaban siendo “productivas”. Ser “comandante en jefe” permite disponer de información privilegiada para especular con mayor provecho.
¿Y todo esto, con qué resultados? La presencia de bases estadounidenses que debían proteger a los Estados del Golfo los ha convertido en el blanco de las represalias iraníes. La destrucción de radares avanzados y baterías de misiles requerirá de miles de millones de dólares y años de reparaciones, durante los cuales estos Estados permanecerán expuestos a ataques contra sus yacimientos petrolíferos, redes eléctricas y plantas desalinizadoras, de las que depende la población para obtener agua potable.
No estamos, pues, ante un simple conflicto local. De hecho, la guerra podría poner en entredicho el acuerdo leonino en que se basa el dominio global del dólar desde la década de 1970. Ya que, después de que el presidente Richard Nixon pusiera fin al patrón oro el 15 de agosto de 1971, su secretario del Tesoro negoció un acuerdo con los saudíes: garantías de seguridad a cambio de la compra, con sus superávits financieros ligados al petróleo, de obligaciones estadounidenses, así como el compromiso de los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de fijar su precio en dólares. Este arreglo también enriqueció a las industrias armamentísticas británica, francesa y, sobre todo, estadounidense, puesto que los Estados del CCG son los mayores compradores de equipamiento militar del mundo. Pero, ¿qué queda cuando los países árabes ya no pueden exportar su petróleo y la protección estadounidense parece una estafa? Al permitir el paso seguro del petróleo por el estrecho de Ormuz a cambio de pagos en renminbi, Irán ya ha esbozado un principio de respuesta.
Las vulnerabilidades del imperio
El papel desproporcionado que Israel ha desempeñado en cada fase —desde la determinación del calendario de la guerra hasta la elección de las tácticas empleadas para librarla— no solo evidencia la potencia de fuego del lobby israelí en el Congreso, los medios de comunicación y la educación superior estadounidenses (7). También es un síntoma de la disminuida capacidad imperial de Estados Unidos. Ya no hay ningún experto sobre Irán en el departamento de Estado (8). A menudo se ironiza sobre Steven Wit- koff y Jared Kushner, emisarios del presidente Trump, por su desconocimiento de la ciencia nuclear, cuando en realidad su vocación es precisamente asegurarse de que se sigue el guion israelí.
No obstante, el coste de la operación para Israel está siendo elevado: una impopularidad creciente en Estados Unidos y el fracaso de la apuesta con la que había engatusado a Trump. El régimen clerical no ha sucumbido, su poder militar no ha sido eliminado y la integridad territorial del país ha resistido los embates de fragmentación étnica o religiosa. Con todo, Irán ha sufrido enormes daños en su industria e innumerables destrucciones de escuelas, hospitales y edificios comerciales y residenciales. La inflación se ha disparado y el cierre de Internet ha llevado al paro a dos millones de iraníes más (9).
Pero aunque Irán no haya infligido una clara derrota estratégica a Estados Unidos, sí ha expuesto, pese a estar rodeado de sus bases militares, las vulnerabilidades del imperio más poderoso de la historia. Pocos conflictos modernos han tenido ese efecto. En Vietnam, fueron necesarios al menos cuatro años para que resultase obvia la futilidad de las pretensiones estadounidenses de alzarse con la victoria; con Irán, cuatro semanas han bastado.
(1) Ideología mesiánica, el “destino manifiesto” justificó la absorción de Texas en 1845 y la expansión hacia el oeste. La “doctrina de puertas abiertas” designa la política extranjera de Estados Unidos respecto de China en el paso del siglo XIX al XX.
(2) “National security strategy of the United States of America”, Casa Blanca, Washington, D. C., noviembre de 2025.
(3) Véase Perry Anderson, “El derecho internacional del más fuerte”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2024.
(4) Conferencia de prensa del secretario de Guerra y del jefe del Estado Mayor de los Ejércitos John Daniel Caine, 4 de marzo de 2026
(5) Richard H. Kohn, USAF Strategic Air Warfare. An interview with generals Curtis E. Lemay, Leon W. Johnson, David A. Burchinal and Jack J. Catton, Office of Air Force History, Washington, D. C., 1988.
(6) Serdar Dincel, “21,720 buildings in Iran hit by ongoing US-Israeli strikes: Iranian Red Crescent”, Anadolu, 11 marzo de 2026.
(7) Ervand Abrahamian, “Iran under fire”, New Left Review, n.° 157, Londres, enero-feb. de 2026.
(8) Carroll Doherty y Jocelyn Kiley, “A look back at how fear and false beliefs bolstered U.S. public support for war in Iraq”, 14 de marzo de 2023, www.pewresearch.org
(9) Robert Pape, “The war is turning Iran into a major world power”, The New York Times, 6 de abril de 2026. Cf. también Behrang Tajdin, “Iran sees mass redundancies from war with US and Israel”, 21 de abril de 2026, www.bbc.com
(10) Ideología mesiánica, el “destino manifiesto” justificó la absorción de Texas en 1845 y la expansión hacia el oeste. La “doctrina de puertas abiertas” designa la política extranjera de Estados Unidos respecto de China en el paso del siglo XIX al XX.
(11) “National security strategy of the United States of America”, Casa Blanca, Washington, D. C., noviembre de 2025.
(12) Véase Perry Anderson, “El derecho internacional del más fuerte”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2024.
(13) Conferencia de prensa del secretario de Guerra y del jefe del Estado Mayor de los Ejércitos John Daniel Caine, 4 de marzo de 2026
(14) Richard H. Kohn, USAF Strategic Air Warfare. An interview with generals Curtis E. Lemay, Leon W. Johnson, David A. Burchinal and Jack J. Catton, Office of Air Force History, Washington, D. C., 1988.
(15) Serdar Dincel, “21,720 buildings in Iran hit by ongoing US-Israeli strikes: Iranian Red Crescent”, Anadolu, 11 marzo de 2026.
(16) Ervand Abrahamian, “Iran under fire”, New Left Review, n.° 157, Londres, enero-feb. de 2026.
(17) Carroll Doherty y Jocelyn Kiley, “A look back at how fear and false beliefs bolstered U.S. public support for war in Iraq”, 14 de marzo de 2023, www.pewresearch.org
(18) Robert Pape, “The war is turning Iran into a major world power”, The New York Times, 6 de abril de 2026. Cf. también Behrang Tajdin, “Iran sees mass redundancies from war with US and Israel”, 21 de abril de 2026, www.bbc.com
Alexander Zevin. Historiador, Universidad Municipal de Nueva York (CUNY).
Publicado en Le Monde Diplomatique, julio 2026.