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Colapso anunciado: cómo el bloqueo energético de Estados Unidos dejó a Cuba a oscuras

Un trabajo de Razones de Cuba

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Colapso anunciado: cómo el bloqueo energético de Estados Unidos dejó a Cuba a oscuras

A la 1:40 de la tarde del lunes 16 de marzo de 2026, el sistema eléctrico cubano se desconectó por completo. En cuestión de segundos, más de diez millones de personas quedaron a oscuras.

La Unión Eléctrica informó que, en el momento del colapso, no se reportaban averías mecánicas directas en las unidades térmicas que estaban sincronizadas. El sistema simplemente no pudo más.

Existía en ese momento un déficit de generación extremo, proyectado por encima del 62% de la demanda nacional. Sin combustible para la generación base ni para la generación distribuida, la red perdió los parámetros mínimos de frecuencia y voltaje. Las protecciones automáticas hicieron lo que tenían que hacer: fragmentar la red para evitar daños mayores. El resultado fue la caída total.

La restauración comenzó minutos después, pero con una complejidad técnica extrema. La estrategia fue crear «microsistemas» o islas de generación territorial, priorizando centros de salud y servicios básicos, antes de intentar sincronizar las grandes centrales termoeléctricas. Para la madrugada del 17, algunas unidades comenzaban a sumarse, pero el sistema seguía siendo una estructura frágil, operando al límite.

El estado de la red

Nueve de las dieciséis unidades de generación del país estaban fuera de servicio por averías o mantenimientos postergados. El Sistema Electroenergético Nacional carecía de la «inercia térmica» necesaria para responder a cualquier oscilación en la demanda o la frecuencia.

La central Antonio Guiteras, en Matanzas, el mayor bloque unitario del país, lograba aportar 200 MW antes del colapso, pero con salidas recurrentes por falta de mantenimiento. En Cienfuegos, la unidad 4 de la CTE Carlos M. de Céspedes permanecía en mantenimiento, y sería sincronizada recién el 17 de marzo tras meses de reparaciones. En Felton, la unidad 1 de la CTE Lidio Ramón Pérez, crítica para la estabilidad de la región oriental, seguía fuera de servicio. En Nuevitas, la unidad 6 de la CTE Diez de Octubre apenas aportaba 30 MW tras ser incorporada la madrugada del 17.

El resto, simplemente, no generaba.

La Operación Southern Spear: el bloqueo energético como arma de guerra

Lo que diferencia esta crisis de episodios anteriores es la implementación de un bloqueo petrolero absoluto por parte de la administración estadounidense. El cerco se estrechó drásticamente tras la invasión estadounidense del 3 de enero de 2026, que resultó en el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro.

Para Cuba, Venezuela no era solo un aliado político. Era el suministrador de aproximadamente el 60% del combustible necesario para el funcionamiento del sistema eléctrico y la economía nacional.

Tras el secuestro de Maduro, la administración de Donald Trump activó una serie de medidas de «presión máxima» diseñadas para forzar un colapso sistémico en la isla. El 29 de enero de 2026 se emitió la Orden Ejecutiva 14380, que declaró una emergencia nacional en Estados Unidos y autorizó la imposición de aranceles secundarios a cualquier nación que suministrara petróleo o derivados a Cuba.

El efecto fue inmediato. México, que bajo la administración de Claudia Sheinbaum había mantenido envíos de crudo a la isla, suspendió las operaciones el 27 de enero para evitar represalias comerciales bajo el tratado USMCA.

La cacería en el Caribe: diez tanqueros interceptados en tres meses

El bloqueo no se limitó a la diplomacia coercitiva. Incluyó una campaña de intercepción física de buques tanque en el Caribe y otras regiones. El Comando Sur de los Estados Unidos y el Comando del Indo-Pacífico coordinaron la captura de al menos diez tanqueros vinculados a la red de suministro cubana entre diciembre de 2025 y febrero de 2026.

La lista incluye al Skipper, capturado el 10 de diciembre cerca de Granada con 1,85 millones de barriles; al Centuries, interceptado el 20 de diciembre cerca de Venezuela con 1,83 millones; al Marinera, detenido el 7 de enero en el Atlántico Norte; al M Sophia, capturado el mismo día en el Caribe con 1,8 millones; al Olina, el 9 de enero con 700.000 barriles; y al Aquila II y al Veronica III, interceptados en febrero en el Océano Índico con cargamentos que sumaban 2,6 millones de barriles.

Estas acciones, denominadas por la Casa Blanca como una «cuarentena de buques sancionados», cortaron efectivamente las arterias vitales del sistema eléctrico cubano. Al momento del apagón del 16 de marzo, Cuba no había recibido un solo cargamento de petróleo extranjero en más de tres meses.

La falta de combustible no solo afectó a las grandes termoeléctricas que queman fueloil. Paralizó por completo la generación distribuida, los motores diésel que son fundamentales para cubrir los picos de demanda y garantizar el arranque de las plantas térmicas tras un fallo total.

El factor financiero: cómo las sanciones impiden el mantenimiento

Más allá de la carencia de hidrocarburos, el colapso evidencia el impacto acumulativo de la persecución financiera sobre la infraestructura eléctrica. Las centrales termoeléctricas cubanas tienen un promedio de explotación de 40 años. Están al final de su ciclo de vida útil.

El mantenimiento de estas instalaciones requiere piezas de repuesto altamente especializadas y asistencia técnica de empresas globales como Siemens, GE o Alstom. Estas empresas se ven imposibilitadas de comerciar con Cuba debido a la designación del país como Estado Patrocinador del Terrorismo y la activación del Título III de la Ley Helms-Burton.

Los datos son elocuentes: 40 bancos extranjeros se negaron a realizar operaciones con Cuba, bloqueando 140 transferencias bancarias relacionadas con la compra de insumos para el sistema eléctrico. En 2023, una empresa europea canceló el suministro de repuestos para turbinas que habrían aportado 100 MW al sistema nacional, alegando temor a sanciones de la OFAC, a pesar de que Cuba ya había garantizado el financiamiento.

Adquirir un sensor técnico que cuesta 500 dólares en el mercado internacional puede implicar un costo de hasta 10.000 dólares para Cuba debido a la necesidad de utilizar terceros y cuartos países para evadir la persecución financiera. Especialistas extranjeros han rehusado viajar a la isla para supervisar reparaciones críticas en plantas como la de Cienfuegos debido a amenazas directas de revocación de visados y sanciones personales.

Esta asfixia financiera ha impedido la ejecución de los ciclos de mantenimiento preventivo y capital. En lugar de modernizar el sistema, la Unión Eléctrica se ha visto forzada a una estrategia de «reparaciones de emergencia», utilizando piezas canibalizadas de otras unidades o crudo nacional de alto contenido de azufre, que acelera la corrosión de las calderas y reduce la eficiencia de las plantas.

La Ley Helms-Burton y el miedo a invertir

La reactivación del Título III de la Ley Helms-Burton añadió una capa adicional de complejidad. Esta legislación permite que ciudadanos estadounidenses presenten demandas en tribunales federales contra cualquier entidad que «trafique» con propiedades nacionalizadas tras la Revolución de 1959.

En el sector energético, esto ha tenido consecuencias devastadoras para la atracción de inversión extranjera. Empresas como ExxonMobil han presentado litigios contra corporaciones cubanas involucradas en la logística de combustibles, alegando el uso de refinerías y terminales de almacenamiento que fueron propiedad de sus predecesoras.

El temor a ser incluidos en estas demandas ha provocado que empresas de energía de España, Canadá y otros socios tradicionales reduzcan su exposición en la isla. Sin la posibilidad de atraer inversión para nuevas plantas de ciclo combinado o para la construcción masiva de parques solares con almacenamiento, Cuba se encuentra atrapada en un modelo energético de la era soviética, físicamente incapaz de sostener una economía moderna bajo sanciones.

Las consecuencias humanitarias

El apagón total profundizó una crisis que ya existía. Expertos de la ONU han advertido que el bloqueo energético constituye una forma de castigo colectivo que viola los derechos fundamentales a la alimentación, la salud y el agua.

Los hospitales operan con grupos electrógenos con reservas mínimas de diésel. El oxígeno médico se raciona. Las cirugías programadas se suspenden. El 80% de los equipos de bombeo de agua están paralizados. La falta de electricidad impide el llenado de tanques elevados y el bombeo a las redes urbanas.

Las familias han perdido alimentos por la falta de refrigeración. La zafra se interrumpió. La falta de combustible para camiones recolectores genera focos infecciosos en las ciudades. Las universidades y escuelas han cerrado temporalmente ante la imposibilidad de operar en los centros.

La geopolítica de la crisis

La administración de Donald Trump ha utilizado el colapso del sistema eléctrico como una herramienta de negociación directa para forzar cambios políticos. El presidente estadounidense ha planteado abiertamente la posibilidad de un «friendly takeover» (toma de posesión amistosa) de Cuba, condicionando el restablecimiento del flujo de combustible a la entrega de la soberanía económica y política del país.

El secretario de Estado Marco Rubio ha liderado esta estrategia, afirmando que el sistema político cubano «no puede arreglarse» y exigiendo una liberalización total que incluya la transferencia de activos energéticos al sector privado.

En este contexto, el colapso no es visto como un problema humanitario por Washington, sino como una oportunidad estratégica para expandir la influencia comercial y política de Estados Unidos en el Caribe.

El círculo vicioso del asedio: cuando la oscuridad es una política de Estado

El colapso del sistema eléctrico cubano el 16 de marzo de 2026 no fue un accidente. Fue el resultado previsible y calculado de una estrategia de asfixia total. Lo que las estadísticas de la Unión Eléctrica registran como un «déficit de capacidad» es, en realidad, el reflejo en los hogares, hospitales y escuelas de una guerra energética declarada.

La desconexión del SEN no se explica por una avería mecánica puntual, sino por la confluencia letal de tres frentes de ataque: la intercepción física de los buques que traían el combustible, la persecución financiera que impide adquirir repuestos y realizar mantenimientos, y la coerción diplomática que ahuyenta a cualquier inversor extranjero. Sin petróleo para mover las plantas y sin piezas para repararlas, el sistema simplemente agonizó.

Este escenario no es un daño colateral de la geopolítica, sino la manifestación más cruda del uso del bloqueo como arma de guerra. Al impedir la entrada de combustible y paralizar la capacidad de generar electricidad, se busca desarticular no solo la economía, sino la vida misma de la nación. La oscuridad no es solo física: es la oscuridad de un futuro negado por la coerción.

Mientras Washington celebra el «friendly takeover» como una oportunidad de negocio y condiciona la ayuda humanitaria a la rendición de la soberanía, millones de cubanos enfrentan la realidad diaria de un sistema eléctrico roto por el cerco. La pregunta que queda en el aire no es cuándo se restablecerá la electricidad, sino si la comunidad internacional permitirá que se siga utilizando el hambre y la oscuridad como herramientas de dominación en el Caribe.

 

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