¿Y la izquierda?

El flanco abierto al Régimen del 78, parido por franquistas y vendedores de pragmatismo, en las elecciones catalanas, es innegable. Que varios millones de personas hayan votado indignados por la represión ocurrida el 1-O a manos de  los «piolines», contra la monarquía y sus secuaces, e ignorando el miedo iracundo a que decidieran como pueblo que cada día le vomitaban desde las terminales mediáticas de Madrid, representa un punto y aparte para el devenir de próximas batallas. Otra cosa es analizar desde la perspectiva de clase lo ocurrido. Con una participación en las urnas histórica, la derecha de un lado y otro, reconocida y acomplejada (las hay de las dos con siglas distintas), lo que representa el entramado ideológico parido y alimentado por el capitalismo, el neoliberalismo que camina triunfante por el planeta, sale más que reforzado.

No es nuevo, si en el Congreso de los Diputados hiciésemos la misma cuenta, la suma daría un resultado similar: ganan por abrumadora mayoría. ¿Y entonces?¿Qué hacer? Trabajar en las bases del pueblo para que dentro de cuatro años cambien el sentido del voto, y por obra y gracia de pactos y contrapactos incorporar al tren de la historia revolucionaria a la socialdemocracia, y avanzar con ellos hacia la liberación, dicen los que solo ven salida desde dentro. Sin embargo, la realidad de elección tras elección va reflejando que la izquierda debería abordar la respuesta a preguntas incómodas. ¿Nos es hora de explorar otra forma de acumular fuerzas al margen del entramado institucional, elaborado por el régimen para perpetuarse? ¿Por qué la izquierda sigue anquilosada en la búsqueda de los cambios desde dentro de las instituciones, transmitiendo desazón y desilusión a las grandes masas que comprueban una y otra vez la imposibilidad de cambiar?

Un indígena guatemalteco contaba la historia de un niño que iba con su pelota a jugar a un deporte con sus amigos cada atardecer. Y perdía y perdía cada uno de los partidos hasta que una noche le preguntó a su abuelo porqué no podía ganar nunca.

-Porque no tienes piernas, muchacho, – le recordó.

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