Hasta hace un tiempo llamar «fascista» o «Fachista» (en algunos países latinoamericásnos) más que un desahogo era una descripción llamada a ofender al receptor de tan descriptiva palabra. Que alguien tuviera que acarrear con lo peor de la condición humana, esto es, genocida, asesino, intolerante, torturador, autoritario, dictador, no era cualquier cosa. Era bajarlo a la condición de subser humano. Más allá no había nada, ni «hijo de puta», ni «cabrón», ni «rata», le llegaban a la punta del zapato del epíteto. «Fascista» lo resumía todo, y no les gustaba. Se encendían, sacaban sus palos, sus picanas, sus odios más viscerales. Otra época.
El avance del fascismo ene ste momento, su indiscutible hegemonía cultural (al decir de Gramsci) les ha otorgado una más que simple patena de orgullo y con eso les basta. Se sienten identificados, afines y cómodos cuando son retratados como «fascistas». Asumen con orgullo los campos de concentración, el holocausto, los millones de muertos ocasionados, el exterminio, y ni siquiera como males necesarios comno decían hasta ahora, sino como causas justas. Su ejército no es de descerebrados, obedecen a los poderosos en este orden nuevo que pasito a pasito están imponiendo. Se tatúan la cara de Hitler o Musolini, izan banderas en Alemania, en Ucrania o aquí en Chile porque el momento es de impunidad y reclutamiento, que para eso los actores protagonistas del sistema «democrático burgués» estuvieron sembrando con empeño y sonrisas reformistas. Boric sabe de que estoy hablando.
