Un relato cierto. (La culpa no es del Coronavirus)

Ibrahim comparte piso con Omar y José en un barrio obrero de Madrid. En realidad comparte habitación, un espacio de dos metros por cuatro con una cama pequeña, un mueble diminuto donde ponen, entre otras cosas, las sábanas que tienen que cambiar cada vez que le toca a uno de ellos descansar. La silla, a modo de mesa de noche, también está dividida en tres para cosas más personales, una barra de jabón, medicamentos, peine, una mini agenda. Cada uno paga 150 euros por 8 horas de uso, el resto del tiempo trabajan donde pueden e intentan estar fuera. La suerte es que Omar hace descargas de contenedores en Fuenlabrada de 12 de la noche a 8 de la mañana, porque eso permite cuadrar las horas de uso de cama. En el apartamento hay otras dos habitaciones, una de ellas la ocupa solo una persona, al que de broma llaman «el burgués», porque puede pagarla sin necesidad de compartir gastos internos. En total, conviven seis personas y la nevera es mini, tanto, que cuatro de ellos han renunciado a tener nada en ella. La ducha tiene dos minutos exactos de agua caliente antes de que caiga gélida, pero ni pensar en llamar al dueño a quejarse, por miedo a que vea cuanta gente es necesaria para conseguir juntar los mil euros de la mensualidad.

No va a salir en las estadísticas, ni en el telediario de cadena alguna, pero el confinamiento de estos días les ha dejado en una situación horrible. Intentan mantener los horarios de colchón, aunque ello obligue a los otros a descansar sobre una manta en la entrada y en un espacio diminuto junto a la cocina, donde normalmente se colocan las cosas de limpieza, un cuadrado de uno por uno que obliga a estar echado en posición fetal. No poder salir a la calle les supone a todos un cataclismo económico. Sobrevivir al día acarrea no tener ahorros, no figurar en lado alguno para recibir ayudas, por eso, ven y escuchan las noticias como si se tratara de un país lejano, ellos son «economía informal», lejos de las cifras oficiales. El compañero de piso que llaman cariñosamente «el burgués», hizo una compra de comida para todos anteayer y hasta el jueves tienen arroz, espaguetis y tomate frito del barato. Luego vendrá, con seguridad, el caos. Ibrahim apura un té arrimado a un trozo desconchado de la pared de la cocina y argumenta a los otros que el problema no es el Coronavirus.

Lee y Comparte. Ayuda a que la contrainformación llegue a más personas.Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Reddit
Reddit
Email this to someone
email