Un funcionario de la prisión de Estremera denuncia la situación de los presos políticos

Los Gatos de Estremera

Mirad, soy funcionario en la prisión de Estremera. Es la mía una profesión dura, sufrida, y desde hace unos meses lo es mucho más… por culpa de unos gatos. Me gustaría hablaros de los gatos que nos han colado en esta cárcel; pero antes preferiría contextualizar lo que es mi trabajo. Contextualizar siempre viene bien, como los chupitos de licor de hierbas, que ayudan a animar el tránsito de una difícil digestión. Lo creo necesario, contextualizar un poco, pues es éste un gatuperio que a todos se nos puede atragantar.

Diré primero que lo que hace dura de verdad mi profesión es que es anónima, casi furtiva; tanto es así, que todos nuestros actos los sentimos los funcionarios sin lógica o fin, como una desgracia. A veces entre los compañeros lo comentamos: oye, que nunca trasciende como debería cuando descolgamos a un preso aún con vida de una reja, o lo rescatamos medio abrasado de un incendio; tampoco cuando nos meten un pincho en el intersticio de dos costillas, ay, o nos rompen un brazo, nos muerden en el hombro, nos vomitan en nuestras feas camisas.

Oh –comentamos entre nosotros–, fíjate en cambio la que se monta cuando a unos guardias civiles les dan un par de tortas en un bar. ¡Terrorismo! ¡500 euros limpios más de salario al mes, que todo es poco, pues todo se lo merece el benemérito cuerpo! Claro que sí.

A mí se me echó encima un reputado etarra dentro de la cárcel; estaba en mi primer mes de prácticas; me retuvo, arrancó el cable del teléfono y me arrebató el walki con una de sus manotas enormes, como de Handía, ese gigante vasco cuya historia triste y mágica fue premiada en los últimos Goya. En esa palma podría haber reposado holgadamente mi cráneo: y como un huevo entre sus dedazos lo hubiera roto con tan solo cerrarlos. Pero Sebastián solo quería decirme con guipuzcoana vehemencia lo “txakurra” que yo era. Gracias, Sebastián: solo querías humillarme gratis por lo que significa mi trabajo, “so perro, so carcelero”, me informó. Gratis sí, pues ni siquiera habíamos cruzado antes una sola palabra.

Con esta pequeña anécdota, un pequeño secuestro de apenas media hora, pero secuestro al fin, di comienzo a mi nueva carrera profesional; pensé que si Sebastián me hubiera asaltado fuera de los muros de la cárcel a lo mejor hubiera sido hasta noticia; dentro, no. Es algo que me dio para reflexionar sobre la naturaleza de mi nueva ocupación.

Pero sigamos con el contexto.

Policía y Guardia Civil suelen atrapar al malo en unos despliegues llevados a cabo con mucho brillo intelectual… y un pequeño ejército de entre cien a ciento diez agentes. Operativos los llaman, en los que van armados con artillería suficiente como para invadir Polonia. Luego, a cien o ciento diez de los malos que van atrapando a lo largo de los años, los meten dentro de un módulo al frente del cual colocan a un solo funcionario, que igual es flaquito, aunque también los ponen anchos, altos y fuertes, pues su complexión no cuenta a la hora de que se valore lo que de verdad importa, que es su soledad.

Entonces, todo lo que exhalan cada uno de esos cien o ciento diez presos le cae al funcionario todos y cada uno de sus días de encierro sobre el pobre uniforme con que lo visten: sus llantos, sus meados, sus vómitos, su sangre, su malestar constante que va laminando poco a poco sus pequeñas ilusiones de hombre, o mujer, que tan solo quiere volver esa noche a su casa con el cuerpo y el alma sin arañar.

Me detengo un segundo, dejadme, con los uniformes, pues oh, los de la Policía son espectaculares, y lo pintureros que van con los suyos los guardias civiles, marcando talle, bien cortados que están los números, juncales que son. Pues tendríais que ver cómo son los nuestros: parece mentira que se pueda diseñar algo así.

Y para completar la contextualización de esa anónima infelicidad, la mía, la que acarrea mi profesión, que no se me olvide deciros que esta cárcel donde trabajo, la de Estremera, es la que registra mayor número de agresiones a funcionarios de España. Dejadme recordar a este respecto a Woody Allen y su famoso chiste: “¿Seis millones de judíos muertos en las cámaras de gas? ¡Los récords están para batirlos!”.

Aquí va mi oscura versión: ¿Ciento treinta agresiones a funcionarios este último año en Estremera? ¡Los récords están para batirlos! Pues claro que sí, y a pesar de esa gran marca, que sin duda pronto será pulverizada gracias a la dirección del establecimiento, que hostiga y hostiga sin pausa ni sentido, a pesar de todas las miserias y contrariedades dichas, pues van y aún nos humillan más a fondo soltando por el patio de nuestros módulos a un quinteto de gatos extraños de narices, muy raros. Son gatos cariacontecidos, que miran y maúllan con temor desde un lugar que sienten equivocado, que no pertenece a su mundo, y que ya desde el primer día en que aparecieron nos han contagiado, a los que hemos de atenderles, de un desasosiego e inquietud casi patológicos.

Ay, qué quinteto de gatazos. Constituye una visión tremenda ver cómo toman a la mañana su leche, al mediodía comen su plato de carne flatulenta, caminan a la tarde sobre el lomo de los tejados golpeados por el viento de esta primavera convulsa que sacude las hermosas vegas del Tajo; al crepúsculo, si amaina y no llueve, cuando el sol agonizante incendia las cuchillas de las concertinas, se puede ver a Junqueras y Forn jugar al tenis; lo hacen con la extraña agilidad de felinos de alzada y regordetes, y a mí me resulta un suplicio observar cómo estiran el lomo entre elásticos bostezos cuando fallan una bola, más que toda la miseria que os he contado de mi trabajo multiplicada por mil; sí, aún más que cien toneladas de vómitos y sangre juntos, más que todos los orines sobre los que haya resbalado y caído, o palpado en los vericuetos de un retrete en busca de un pincho carcelario.

Y me revuelvo en estas angustias al verles jugar al tenis porque cuando decidí dar el paso de ser funcionario de prisiones sabía perfectamente lo que hacía; de sobra me informé de la miseria a la que me iba a enfrentar; “siempre encontraré un resquicio de luz en semejante tribulación”, pensaba; pero nada me hizo sospechar que iba a ser usado, sí, USADO como funcionario público, para resolver de forma ignominiosa un problema que es tan solo político.

Lo mismo que han usado a la Policía Nacional y a la Guardia Civil: solo que a ellos se lo van a compensar con los 500 euros limpios del ala al mes que decía: ese dinero prometido es para que tengan buena disposición de ánimo, digo yo, por si hay que volver a romper la crisma a los que quieran cometer el pavoroso crimen de votar. A nosotros no nos los van a dar, los 500 euros, y eso que somos esenciales en esa estrategia patibularia del Gobierno: ¡CÁRCEL, CÁRCEL Y CÁRCEL para el que piense torcido!

Por eso quiero que al menos me den esos 500 euros, porque ver a esos gatazos encerrados en Estremera me supone morirme de una vergüenza absoluta; es una vergüenza tal que me hace insoportable acercarme cada día a cumplir con mi turno de trabajo; es la vergüenza democrática de tener que sufrir el espectáculo de cinco hombres atrapados en prisión por “crímenes” políticos.

Esto es así, es lo que sé, es mi convicción, escuchadme, por favor, y despertad, que estáis todos como dormidos, que parecéis atontados: esta vergüenza no es tan solo para mí o para mis compañeros funcionarios, es una vergüenza para todo un país, España, que siempre defrauda, que siempre fracasa, que siempre hiere y hace sangrar con el pico roto de sus históricas disputas.

Ahora les ha tocado a estos gatazos de Cataluña, pero ya sabéis que hay otras especies por ahí en el punto de mira de la escopeta del cazador; y las van abatiendo con una brutalidad que solo puede explicar un odio afilado de clase contra clase: loros raperos, perros chistosos de Mongolia o inteligentes sepias de Arco.

Ya que no se os escapa lo que me juego con estas palabras, os pido que cuando esta vergüenza que se extiende como lámina húmeda, como venda usada de enfermo, un día sintáis que os aprieta al fin el alma, recordad lo que decía este humilde funcionario del Estado que solo reivindica que no lo usen como pañuelo para limpiarle los mocos al Gobierno; y si es así, que al menos le den por ello un pequeño plus de 500 pavos limpios al mes, que es el precio tasado que el ministro del Interior le ha puesto a su alma. Ah, y gracias por leerme.

—————————-

José Angel Hidalgo es funcionario de prisiones, periodista y escritor. Autor de Sal en los zapatos (editorial Verbum), trabaja en el Centro Penitenciario de Estremera (Madrid VII) desde hace casi diez años, cuando fue inaugurada por Francisco Granados.

http://ctxt.es/es/20180328/Firmas/18682/catalu%C3%B1a-junqueras-forn-estremera-PP-funcionario-prisiones.htm

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6 comentarios

  1. koldo campos sagaseta

    Lo que no acabo de entender es tu preocupación. ¿La falta de incentivos económicos? ¿Esos 500 que se ganan los mamporreadores en la calle? ¿Unos uniformes más vistosos? ¿limpiarle los mocos al gobierno? Tal vez deberías cambiar de oficio y aprovechar el paro para viajar un poco y conocer in situ a Sebastián, al que te vomitó arriba, que te salpicó de sangre, de soledad…

  2. Este puto país no tiene solución.
    Es perder el tiempo cualquier intento de…

    SALUD.

  3. Leandro Gutierrez

    Bien por este carcelero dignísimo, pero tengo entendido que también llevan porra para en teoría defenderse de los presos agresivos, así que el colectivo no es tan pacífico. Todo lo que plantea lo asumo, y noto que pronto tras una grave crisis que se aproxima, l se abrirá una nueva era para este deplorable país del que muchos de nosotros abominamos pero no podemos y ni queremos exiliarnos. Salud y República

  4. Pareces un carcelero muy digno amigo, pero estoy con Koldo, te equivocaste de oficio. Tira pal norte y escucha los silencios del bidasoa….. El carcelero nunca podrá gozar la libertad, nos cantaba Jarcha hace ya algunos años.

  5. Sr. Hidalgo,
    No seré yo quien ponga la pica en flandes, o quien le reste dignidad a su trabajo y afán diario que estoy segura, será duro en muchas ocasiones.

    Sin embargo, déjeme explicarle una historia, la misma historia pero desde otro ángulo.

    Soy un familiar que tiene a alguien encerrado allí, en uno de sus módulos polivalentes donde residen ex-XXX del estado, usted ya me entiende a qué módulo me refiero.

    Pues bien, déjeme decirle que muchas de las personas que están allí, son tan dignas como usted o como yo y, sin embargo, están en unas condiciones míseras.

    ¿Quiere saber algo? Si por mí fuera, yo habría permitido el Referendum en Cataluña y, de ser el resultado positivo les hubiera dejado marchar, pero así, con lo puesto… nada de negociaciones, nada de «me voy pero me das todo lo que a mí me interesa, y te quedas con lo que no quiero». No, señor. Si te vas, te vas con todas las consecuencias. Sin nada, y adiós.

    Ocurre, sin embargo, que dado que nuestra Constitución no permite las actividades de estos señores independentistas, más aún, dichas actividades, según la constitución y según las leyes catalanas también, son constitutivas de delito. Para no profundizar más en ello y en resumen, esos señores de traje y corbata, incumplieron la ley que juraron defender y obedecer. Y como cualquier hijo de vecino que desoye las leyes, terminaron entre rejas. ¿Por qué habría de darseles un trato preferente? ¿Por qué habría de excarcelarlos?

    ¿Hablamos de excarcelación? En el módulo que le he referido hay internos que ya han finalizado el plazo máximo de sus condenas, y siguen allí. En ese módulo. Sr. Hidalgo, hay internos que aunque cumplen las condiciones para progresar de grado, se les niega tal derecho. En ese módulo, Sr. Hidalgo, los funcionarios usan del desprecio, la hipocresía y la prepotencia con los internos. En ese módulo, Sr. Hidalgo, se mira hacia un lado cuando sucede algo y en lugar de dar un paso al frente y defender a quien nada ha hecho, se les criminaliza a todos por igual, solamente por dejadez. ¿Seguimos hablando de agravios?

    Entiendo que están ustedes con una carencia grande de personal y no dan a basto. Se puede percibir desde fuera esta situación que, además, se ha agravado con la presencia de los políticos presos, ¿A mí me lo va a decir? ¿Conoce usted el retraso que tiene el correo en Estremera? No, seguro que no… pues se lo digo yo… ¡semanas! debo esperar semanas a recibir una carta de mi familiar y, a veces, como ocurrió en Enero, ni llegan. ¿Y por qué? Pues puedo sospechar que por el trabajo extra que supone gestionar el correo de los politicos catalanes… Y ya no voy a hablar de todas las incomodidas que genera la prensa en la puerta, robándonos a los familiares de otros presos una privacidad y anonimato que deseamos.

    Podría seguir así un largo etcétera y, al final, no entiendo muy bien cuál es su queja, ¿Resentimiento por una supuesta brecha salarial entre los diferentes cuerpos y fuerzas de seguridad del estado? ¿Un uniforme nuevo de corte militar? ¿Que se lleven de la cárcel a los políticos presos para que usted tenga jornadas laborales más tranquilas? ¿Qué es exactamente lo que usted reclama, Sr. Hidalgo?

    ¿Sabe que le reclamo yo a usted y a todos sus compañeros que trabajan allí? Honradez en su trabajo. Honestidad. Trato adecuado a los internos. Que se preocupen algo más por ellos, al menos, por los que se deben de verdad preocupar. Que no los dejen morir como perros cuando necesitan de su ayuda, y sí, claro, mano dura con los que lo merezcan, dentro del margen de la ley, eso sí.

  6. Totalmente de acuerdo con Tomàs , porque en esta sociedad siempre hay ciudadanos de primera y segunda , y en este caso , presos de primera y segunda . Estos presos independentistas , estan ahi por pasarselo todo por forro , y creerse por encima del bièn y del mal . Dieron un golpe al estado en nombre de la » voluntad popular » , mintiendo , porque ellos eran los primeros en saber , que no contaban con el suficiente apoyo popular , para declarar la independencia . Tanto que se nos llena la boca a todos hablando de democracia ,no se si esto fuè un acto democratico o totalitarista ? . No se puede tapar la mierda de los unos , con la de los otros . Que tenemos un estado psudodemocratico , eso ya lo sabemos ! . Pero si queremos cambiar las reglas , se tiene que convencer al pueblo y ganar las elecciones , y cambiar dichas reglas . Porque desde la opsiciòn solo se puede protestar .

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