SERGE HALIMI. Editorial M.D. ¿Ha dicho “sistémico”?

Apple, Cisco, Walmart, Nike, Adidas, Facebook o Twitter, que saben mejor que nadie lo que significa “sistémico”, deben temer que las protestas contra las injusticias estructurales de Estados Unidos pronto se dirijan contra infamias que no sean la violencia policial y que afecten más de cerca a sus consejos de (…)
Las multinacionales estadounidenses recurren a menudo a la filantropía para ocultar las fechorías que les han enriquecido. Así, desde el pasado mayo, conceden cientos de millones de dólares a diversas asociaciones afroamericanas, entre ellas Black Lives Matter. Semejante liberalidad hacia una organización militante que lucha contra el “racismo sistémico” parece tener algo de pago de póliza de seguros. Apple, Cisco, Walmart, Nike, Adidas, Facebook o Twitter, que saben mejor que nadie lo que significa “sistémico”, deben temer que las protestas contra las injusticias estructurales de Estados Unidos pronto se dirijan contra infamias que no sean la violencia policial y que afecten más de cerca a sus consejos de administración. Según esta hipótesis, los manifestantes no se contentarían mucho más tiempo con gestos “simbólicos” consistentes en arrodillarse ante los afroamericanos, derribar estatuas, cambiar los nombres de las calles o arrepentirse de su “privilegio blanco”. Los dueños de las multinacionales desean limitar a ese repertorio, inofensivo para ellos, el movimiento popular que ha hecho despertar a la sociedad estadounidense después de que se difundieran las imágenes de la muerte de un hombre negro asfixiado bajo la rodilla de un policía blanco (véase “Un país socavado por los homicidios policiales”).

Jamie Dimon, presidente-director general del banco JPMorgan, que arruinó a incontables familias negras engatusándolas con préstamos inmobiliarios que nunca habrían podido devolver, se puso de rodillas delante de una enorme caja fuerte de su establecimiento. El candidato republicano a las elecciones presidenciales de 2012, Willard (“Mitt”) Romney, que había calculado que el 47% de los ciudadanos estadounidenses eran parásitos, farfulló “black lives matter” en una manifestación antirracista. El perfumista Estée Lauder ha prometido desembolsar 10 millones de dólares a fin de “favorecer la justicia racial y social, así como un mayor acceso a la educación”. Sin duda, financió la campaña de Donald Trump de 2016 para contribuir a dicho objetivo.

Dejando a un lado esos aspavientos, que superan cualquier parodia, ¿cómo no observar que las manifestaciones contra el “racismo sistémico” se producen algunas semanas después de que el candidato con más probabilidades de enfrentarse realmente al “sistema”, Bernie Sanders, fuera derrotado por un hombre, Joe Biden, que contribuyó, y mucho, a agravar el problema? En efecto, en 1994, el senador Biden fue el gran arquitecto del arsenal jurídico que precipitó la encarcelación en masa de los afroamericanos. Lo que por otra parte no impidió que veintiséis de los treinta y ocho diputados negros del Congreso votaran esa ley: el color de la piel no garantiza siempre la bondad de una decisión –prueba de ello fue un presidente, Barack Obama–.

En Estados Unidos, el patrimonio de la mayoría de las familias afroamericanas permanece estancado por debajo de los 20.000 dólares, una cifra irrisoria (1). Por tanto, están obligadas a residir en barrios pobres y a enviar a sus hijos a escuelas mediocres, financiadas básicamente mediante impuestos sobre la propiedad. Su futuro profesional está hipotecado de antemano. El meollo del problema, el “sistema”, está ahí: el “privilegio blanco” es antes que nada el privilegio del capital. Y eso el banco JPMorgan lo sabe.

 

Editorial M.D. , por Serge Halimi, Director de Le Monde diplomatiquejulio de 2020

(1) Véase Dalton Conley, “Aux États-Unis, la couleur du patrimoine”, Le Monde diplomatique, septiembre de 2001.

 

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