RAÚL ANTONIO CAPOTE. La conspiración de los muy ricos

A finales del siglo XX comienza un proceso en el cual los estados abandonan áreas vitales de la economía, los servicios y las comunicaciones; la desregularización permite a los megaconglomerados comprar negocios en áreas disímiles y diversificarse.

Somos habitantes de un mundo hecho a la medida de grandes conglomerados transnacionales que lo mismo producen sofisticados aviones de combate, que alimentos trangénicos, noticias, misiles, libros, computadoras, zapatos, videojuegos, carros de combate, series de televisión, medicamentos, artistas, etc.

Son dueños de la producción mayoritaria de la energía que consumimos y de las finanzas, dictan la política, la moda y los gustos.

Esos grandes conglomerados tienen sus ejércitos privados, sus presidentes, sus políticos, sus delincuentes, no se rigen por otra ley que sus intereses, ni respetan otra cosa que la ganancia a toda costa, y tienen su dinero seguro en paraísos fiscales.

Un enjambre de profesionales muy bien remunerados en la banca privada y de inversión, y despachos de abogados o auditores, les ayudan a evitar tributar lo que en realidad les corresponde.

A finales de 2017 el diario The New York Times revelaba que las personas más ricas de EE. UU. cuentan con un sistema fiscal propio que les ahorra miles de millones de dólares en impuestos. Este sistema mantiene cuentas en el extranjero con el objetivo de reducir las tasas de impuestos.

La riqueza individual oculta en paraísos fiscales asciende a 7,6 billones de dólares, una suma mayor que el PIB del Reino Unido y de Alemania juntos. La suma de los ingresos fiscales que pierden África, Asia y América Latina a causa de esta riqueza oculta asciende a unos 70 000 millones de dólares anuales.

Pronto ya no hablaremos del imperio estadounidense, sino de los imperios General Electric, Apple, Google, Exxon Mobil, Berkshire Hathaway, Johnson&Johnson, Amazon, Koch Industries y un bien corto etc.

Soberanía supranacional de los más ricos

Vivimos en un sistema económico que funciona para favorecer al 1 % de la población mundial, que posee más riqueza que el 99 % restante de las personas del planeta.

Según David Rockefeller, «la soberanía supranacional de una élite intelectual y banqueros mundiales es seguramente preferible a la autodeterminación nacional practicada en los siglos pasados».

Todavía a la élite que gobierna el mundo le interesa mantener los estados nacionales, claro que cada vez más debilitados; mantener un imperio que tiene como «destino manifiesto» gobernar el mundo, desde la «nación elegida por Dios», que concentra la mayoría de la riqueza y a la mayoría de los más ricos. EE. UU. continúa siendo el país que más personas ricas tiene de todo el mundo, con un total de 585, y 40 de las cien más acaudaladas del orbe son de ese país.

Para lograr sus propósitos de dominación mundial necesitan el caos, necesitan que la gente esté desorientada que se sienta aislada, atemorizada, que no sea capaz de pensar, de entender el mundo que les rodea.

Necesitan que las personas dejen de creer, pierdan la fe en los gobiernos, en los políticos, y en todo.

Si observan las noticias de las grandes agencias, entre información e información aparece todos los días alguna noticia sobre la proximidad de asteroides que pueden acabar con la vida en la tierra, enfermedades mortales extrañas, predicciones de catastróficos terremotos, guerras, campañas en los medios dirigidas a fomentar la desconfianza en las instituciones, prefabricadas crisis económicas y peligrosos enemigos externos.

Eliminar a los «enemigos» y hasta a los «amigos»

En América Latina la llegada al gobierno de líderes progresistas, significó un duro golpe contra las pretensiones de los guerreros de ese Nuevo Orden; en el continente renacía la esperanza y en esas condiciones estaba condenado al fracaso el plan imperial para el nuevo siglo.

Deshacerse a como dé lugar de tal estorbo les era imprescindible. Como los viejos caballeros oscuros del renacimiento usaron el puñal, el veneno o la mentira.

Levantar toda una campaña de persecución de la corrupción, de asesinatos del carácter, de acusaciones verdaderas o falsas en todas partes, contra tirios y troyanos. Todos caen, a derecha e izquierda, por un lado, sacan del camino a líderes progresistas como el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, posible ganador de las últimas elecciones en Brasil, y llevan al poder a un títere fascista como Jair M. Bolsonaro.

Lo más importante de ese tipo de operaciones de anticorrupción
–que además ellos saben que cuenta con el beneplácito de la mayoría de la población– es que el tema es un viejo y eterno mal del sistema político administrativo capitalista; es pudiéramos decir parte de sus esencias, mucho más en América Latina, donde la mayoría de los gobernantes llegan al poder, no para servir sino para enriquecerse y enriquecer a sus allegados. Con ello generan una gran desconfianza y erosionan la fe en los sistemas de gobierno.

El destape de los Panama Papers, de Lava Jato, Odebrecht, han hecho blanco en presidentes, primeras damas, senadores, congresistas, líderes de partidos políticos tradicionales, quienes han sido acusados, detenidos y enjuiciados. Escándalo tras escándalo, ¿quién puede creer hoy en los políticos?

¿Quién cree usted que gobierna entonces? Muchos analistas dicen que en escenarios anteriores jamás un hombre como Bolsonaro sería presidente, ni Donald Trump o tantos otros. La gente ya no cree en los partidos políticos y votan por cualquiera, por personajes ponderados por influencers, promocionados desde las redes sociales, personas que desde YouTube, Twitter o WhatsApp  prometen poner fin al establishment.

Juan Guaidó es el típico soldado del Nuevo Orden. Nunca podría llegar a ocupar un cargo de responsabilidad en ninguna parte, es una figura fabricada por el dinero del poder imperial; de cordero sacrificial del Gobierno de Estados Unidos, es hoy un agente del caos.

El robo de los recursos de un país como Venezuela a escala inaudita, el antipatriotismo llevado al extremo por la llamada oposición, la negociación ilegal del Esequibo fraguada por un falso presidente, que busca entregar los inmensos recursos de la región a la Exxon Mobil, golpes utilizando las nuevas tecnologías, ciberataques contra el sistema eléctrico, amenazas que mantienen al pueblo venezolano sometido a una presión ilimitada y que solo la historia de ese país, el espíritu patriótico y revolucionario de su pueblo ha sabido enfrentar y vencer, son los puntos de la agenda desestabilizadora.

Los muy muy ricos, la élite del mundo, se prepara para dominar sin reservas; sus hijos se alimentan mucho mejor que la mayoría, asisten a universidades selectas, manejan recursos enormes, forman familias, viven alejados del resto de la humanidad y sueñan con un mundo ultratecnológico, controlado por ellos, donde no exista un no para sus caprichos y sus arcas crezcan hasta el infinito.

En Contexto:

Las diez personas más ricas del mundo en 2019:

  1. Jeff Bezos: 124 700 millones de dólares. Compañía: Amazon. Nacionalidad: estadounidense.
  2. Bill Gates: 93 500 millones de dólares. Compañía: Microsoft. Nacionalidad: estadounidense.
  3. Warren Buffett: 84 000 millones de dólares. Compañía: Berkshire Hathaway. Nacionalidad: estadounidense.
  4. Bernard Arnault (y familia): 68 400 millones de dólares. Compañía: lvmh. Nacionalidad: francesa.
  5. Carlos Slim (y familia): 57 900 millones de dólares. Compañía: América Móvil. Nacionalidad: mexicana.
  6. Amancio Ortega: 57 200 millones de dólares. Compañía: Inditex. Nacionalidad: española.
  7. Larry Ellison: 55 500 millones de dólares. Compañía: Oracle. Nacionalidad: estadounidense.
  8. Mark Zuckerberg: 49 100 millones de dólares. Compañía: Facebook. Nacionalidad: estadounidense.
  9. Larry Page: 48 500 millones de dólares. Compañía: Google. Nacionalidad: estadounidense.
  10. Sergey Brin: 47 300 millones de dólares. Compañía: Google. Nacionalidad: estadounidense.
  • Según Oxfam: para combatir la pobreza se necesitan 60 000 millones de dólares al año.

fuente: ONG Oxfam Intermon, Forbes

 

(Diario Granma)

 

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