¿Posverdades o prementiras? Esperpento ministerial sobre Venezuela.

Cuando el cacareado “cambio” se queda varado en las Azores y se convierte en cómplice de quienes quieren bien abiertas las venas de América Latina…

Decía Goebbels que una mentira repetida mil veces se transforma en verdad. Nuestra flamante y ministra de Exteriores es aún más brillante: para ella, por lo visto, una mentira sostenida con tono de echar una bronca se transforma en verdad.

Así, esta mañana se acercaron a ella los periodistas. Desconcertados con las cositas del PSOE, estaban ansiosos por preguntarle cuál demonios es la postura de ese partido con respecto al individuo que, sin haberse siquiera presentado a las elecciones presidenciales venezolanas, al final de una manifestación decidió autoproclamarse “presidente del país”.

El PSOE no dudó en secundar tan quijotesco golpe de Estado pero, con el tiempo, cual Alonso Quijano en la segunda parte del libro cervantino, parece haberse percatado de la ridiculez que implica gigantizar simples molinos. Así, parece que unas veces aluden a Guaidó como “líder de la oposición” y otras como “presidente encargado”, según sople el viento cada mañana en una veleta instalada en la azotea de Ferraz. ¿No era natural, en consecuencia, que la prensa quisiera aclarar el asunto? ¿Acaso el victimismo lo puede todo y también las preguntas más lógicas son una malvada conspiración de la derecha? ¿Tal vez efectuarlas nosotros nos convierte también en cómplices necesarios de Vox? ¿No serán otros cómplices de los que quisieran ver Venezuela pinochetizada y tomada por los escuadrones de la muerte?

El caso es que, viendo tanto micrófono delante, la ministra debió de ponerse nerviosa. Y decidió impostar una reacción similar a la de la madre que descubre a su pequeño vástago comiéndose sin permiso las galletas. Oyendo su tono y viendo sus movimientos de cejas, cualquiera diría que solo le faltó desenfundarse la zapatilla o darles unos chachetes a los periodistas. Como si tamaña exhibición de seguridad pudiera camuflar la evidente falsedad e indignidad de lo que decía, afirmó tajantemente que no hay contradicción alguna entre reconocer a Guaidó presidente de Venezuela y líder… de la oposición venezolana. ¿Será que la ministra estima que Guaidó sufre también un trastorno de personalidad múltiple? ¿O será más bien a su gobierno (el de la ministra) a quien le pasa eso?

Ante la estupefacción y los sudores fríos de los atónitos periodistas, abroncados de modo tan flagrantemente incoherente, nuestra simpar ministra debió de ponerse más nerviosa todavía. Y es que, a continuación, añadió algo escalofriante: que su título de “presidente encargado” se había fabricado a la medida de la situación en Venezuela. Quizá justo tras acabar la frase se dio cuenta de lo que había dicho sobre tan peculiar “título”. ¿No tiene, entonces, correlato en el derecho internacional? ¿Es meramente una artimañesca invención made in Washington?

Finalmente, dándose cuenta al fin del bochornoso espectáculo que estaba dando, nuestra épica ministra optó por una huida hacia adelante y prosiguió su bronca paternalista dando paso a abstracciones y brindis de Navidad sobre la búsqueda de consenso, el apoyo humanitario y la paz en el mundo. ¡Bravo, gobierno del cambio! ¡Todo arreglado con eso!

Afirmar algo y lo contrario sin siquiera tratar de disimularlo: tenía que llegar ese día en el que Morfeo, tras hacernos tragar la pastilla roja, nos dijera: “bienvenidos al desierto de la posverdad”. Así, que una misma persona pueda ser a la vez presidente de un país y líder de la oposición es algo, al parecer, no solo posible, sino de lo más normal. ¡Eso sí que es acumulación de poder! ¡Magnífica democracia la que quieren diseñar para el autoproclamado Guaidó!

Por no hablar de eso de que puedan inventarse figuras jurídicas ad hoc para casos concretos, siempre y cuando se trate de machacar a una revolución en el Tercer Mundo. Sí: harían de Caracas una segunda Faluya si tuvieran fuerzas. Y nuestro gobierno progre, con tantas ministras de pelito corto y tanto vicepresidente con coleta, callaría como Pedro antes que cantara el gallo (rojo) de Venezuela. Con una notable diferencia: Pedro solo renegó tres veces. Y lo hizo porque iban a liquidarlo… no por carguitos ni por vivir en una urbanización exclusiva.

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