PABLO VALIENTE. Cultura Cipaya y Autodeterminación

“Cree el ladrón que todo el mundo es de su misma condición”, reza un viejo refrán español, que hoy parece dicho a la medida de quienes insisten en la burda mentira de la injerencia cubana en Venezuela, en la presencia de decenas de miles de militares, se han atrevido a nombrar personas sin una elemental búsqueda de información, que los dejaría descolocados y hasta piden cesar las relaciones económicas bilaterales.

Las alegaciones, en boca de altos cargos del gobierno de Estados Unidos, de congresistas de ese país y de la prensa transnacional y oligárquica del mundo, son replicadas hoy por sectores políticos derechistas europeos y latinoamericanos y por la mafia anticubana de la Florida y otros personajillos que, como rémoras oportunistas, se mueven alrededor de los tiburones, pescando sus bocadillos.

Hace 57 años los Estados Unidos cometieron errores similares, cuando trataron a Cuba como un satélite soviético durante la crisis de los misiles de octubre de aquel año. Solo tuvieron conciencia real de aquel error treinta años después, durante un encuentro en La Habana entre Fidel Castro y el exgeneral Robert McNamara.

Repitieron el error en 1975 desde la lógica básica del pensamiento de la guerra fría, creyendo que la solidaridad cubana con Angola obedecía a compromisos de nuestro país con la URSS y a ajustes de esferas de influencia mundial. Igual, tuvieron que pasar años para que se reconociera el nuevo error de políticos, estrategas y militares estadounidenses. Cuando partió el último soldado cubano del territorio africano con los huesos de sus muertos, no quedaba detrás ninguna posesión, ninguna empresa, ninguna inversión cubana, excepto amor y gratitud de los pueblos de los países cuya independencia contribuimos a afianzar. No bastó el aprendizaje.

Ahora ocurre con Venezuela. Durante años se ha pretendido establecer un vínculo de subordinación y/o vasallaje mutuo –son sus palabras- entre las revoluciones bolivariana y cubana. El corrosivo veneno ha llegado a generar situaciones tan delicadas como la que se dio en abril de 2002 en la Embajada de Cuba en Caracas, asaltada durante el golpe de Estado contra Hugo Chávez. Ahora han dicho que hay 20 mil, 25 mil, hasta 60 mil militares cubanos en Venezuela, controlándolo todo. Es un poderoso reto a la imaginación. A diferencia de los años sesentas, hoy es muy fácil obtener evidencias de movimientos militares, unidades, armamento y de acciones de injerencia o control del territorio de un país independiente por un poder extranjero.

Estos informadores sacaron de sus responsabilidades políticas y administrativas en Cuba, o de su merecida jubilación, a compañeros de reconocida trayectoria histórica para “teletransportarlos” a la realidad venezolana de hoy, asignándoles truculentos papeles para justificar la agresión contra el gobierno constitucional y legítimo de Nicolás Maduro. Desde su estrecha, dependiente y prejuiciada visión, no sería posible que un país latinoamericano se resista al gran imperio si no lo respalda un “poderoso” actor internacional.

Ante la ausencia de evidencias y la comprensible negativa de los gobiernos de Cuba y Venezuela de dar información en tiempos de desinformación, se nos acusa de emplear terroríficos y sofisticados métodos de control de la mente de los funcionarios públicos venezolanos. Si algo conocemos muy bien los cubanos, es que los venezolanos, incluso los adversarios políticos que no comulgan con el fascismo en boga, se precian de su dignidad personal y de haber sido precursores en defender la autodeterminación americana. También se nos acusa de desestabilizar a los latinoamericanos. Es extraño. De eso mismo acusó la corona española a Bolívar hace más de doscientos años.

Lo que pasa es que las derechas evolucionan desde hace varios años hacia un estado ultra, transnacional, subordinado que, ante las derrotas políticas o la incapacidad de capear las cada vez más incontrolables tormentas económico-sociales del imperialismo transnacional neoliberalizado, buscan explicarse en los viejos maniqueísmos y en el fantasma del comunismo. Algunos de sus representantes diplomáticos se han atrevido a tocar a las puertas de la Embajada o de la Cancillería cubana para solicitar mediación, enviar recados y pedir burdas interferencias en los asuntos internos venezolanos, lo que, por supuesto, ha recibido debida respuesta.

Cuba, desde luego, no es un simple observador en la guerra contra Venezuela; pero no necesita convergencia ni sintonía de sistema político, económico y social con Caracas porque considera esa elección del ámbito estricto de la autodeterminación de cada pueblo. Nos basta compartir las metas libertarias, soberanas y de desarrollo con justicia de la revolución bolivariana. Veintitrés mil de nuestros hijos pueblan la geografía de ese país solicitados en misiones sociales. La mayoría (96%) son trabajadores de la salud –el verdadero ejército, de batas blancas-; los demás son educadores, entrenadores deportivos, periodistas, asesores científicos, industriales, agrícolas. Hay una agregaduría militar en la Embajada, como las que tienen muchos otros países en la capital venezolana.

Cuando hace unos días el autoproclamado Guiado (“guiado”, sin autonomía, he escrito) anunció el cese de relaciones comerciales con Cuba, para lo cual carece de capacidad legal, política y práctica, evidenció un descomunal desconocimiento de sus montos y modalidades, y del impacto que ello tendría para sus compatriotas y no solo para los cubanos. Solo mentes cipayas pueden especular de subvenciones y erogaciones como las que algunos medios reproducen de modo acrítico. Quizás, el inveterado mal hábito de censurar noticias cubanas los llevó a ignorar las condiciones en que se verifica el comercio bilateral, amplia y públicamente explicado por Fidel, por Raúl y por Chávez, desde hace años.

Los actos y dichos de estos días me recuerdan la perversidad de aquellos que en septiembre de 1991, corrían a las ruinas de la Moscú soviética, a exigir el cese de las relaciones con Cuba para provocar el “colapso del régimen” y hoy demandan a su conducido caraqueño la misma fórmula, con la esperanza –digámoslo claro- de liquidar a su Isla-némesis. Son los mismos que ante la resiliencia y resistencia cubana se inventaron las leyes Torricelli y Helms-Burton y todavía las defienden, aunque el mundo los castigue en la ONU.
Pompeo, Bolton, Abrams, Rubio, Guiado y compañía saben perfectamente que en Venezuela no hay militares cubanos, ni mandones controlando al gobierno bolivariano, pero da igual si mentir es útil para tomar Miraflores. De Venezuela les interesa el petróleo, el oro, el uranio, el coltán y los diamantes. Pero a Cuba la quieren toda. Hoy dicen a los cuatro vientos que nos llegó la hora, aunque los cubanos en demasía democrática, hayamos ratificado la elección del socialismo como destino histórico y no renunciemos a la solidaridad militante con los capaces de autodeterminarse. La fórmula sigue siendo la misma de Mallory y Dulles: generar hambre, enfermedades, desesperación, descrédito, sublevación y que el pueblo derroque al gobierno que lo eligió. “¡Jamás nos tendrán!”, dijo que aquel que viajó al futuro para volver y contárnoslo.

 

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