EDITORIAL. Nos dejan o no salir de casa, el gran capital en la disyuntiva

El carácter de cárcel, bendecida por las autoridades sanitario-políticas de aquí, que en la práctica está tomando progresivamente el confinamiento, ha sido  aceptado (sin mirar siquiera el curriculum de los científicos que dirigen el operativo, en el caso de que sean ellos) por el miedo que da que un semejante con virus nos contagie, y nos mate tras varios días de agonía en pasillos que conducen a UCIs. Un escenario que se presenta como la antesala del infierno más dantiano.

Nos dicen (nos dictan) que la acción política debe limitarse a la ventana o el balcón y la libertad consiste en qué cacerola va a usar para hacer ruido. Era sospechoso que el régimen tuviese tanta preocupación por la salud de las y los trabajadores, pero lo de la esencialidad puso fin a la duda. Como se dijo, la cosa iba bien hasta que nos tropezamos con la plusvalía, con las cuentas que no salen y la lógica de que no hay capitalismo sin consumo. Grandes empresas hacen números para, dicen, evitar el colapso, y están a punto de gritarnos: «vengan, empiecen a salir y hacer vida normal (y consumir)» pero otros elementos aún más altos del establishment  quizás observan el ensayo general (con tropa por las calles incluidas, dando un pasito militar más) de un control social que antes incluso del Führer ya les seducía.

Sea como fuere el panorama que se nos abre es una vuelta de tuerca (si fuera solo una vuelta…) en el empleo, en el salario, en los derechos, en las libertades (las pocas que quedan), en los movimientos, en las reuniones… , y lo importante empieza a ser el dar respuesta a la pregunta que hizo el ruso genial  «¿Qué hacer?» Estos días, y ante la proximidad del 1° de mayo, varios sindicatos han pedido manifestarse con caravanas de coches en varias ciudades. Y lo han hecho de forma exquisita desde el punto de vista sanitario; con más exquisitez  que las distancias que se están dando de hecho entre miles y miles de trabajadores, empezando por las que (no) se dan cuando tienen que coger el transporte que les lleva al centro de trabajo. Y, todo hay que decirlo, hasta con mucha más exquisitez que los “dos metros” que guardan los mismos guardias que “velan” por que los guardemos. Pero, aun así, la respuesta  de las autoridades ha sido que no, que protestemos pero en casa y en internet. La clase dominante no permite que nos contaminemos. Qué buena gente.

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