MAURICIO ESCUELA. Pasión inútil de Sartre en el cañaveral

Los aires de La Habana despeinaban a Simone de Beauvoir. Sartre, con su mirada perdida detrás de unos gruesos espejuelos, trataba de entender la efusividad de los escritores caribeños en los cafés, las tertulias y los recorridos por aquella ciudad repleta de vértigo. Era un calor descrito como “el olor de las bestias” en Huracán sobre el azúcar, el famoso libro de crónicas que Sartre publicara en Francia meses después, el cual reunía sus impresiones sobre la Revolución cubana. Si París ya no era una fiesta, entre el anquilosamiento de una sociedad conservadora y el anticomunismo de la posguerra, La Habana, la isla entera, exultaban novedad, alegría. Algo único, que sin dudas mereció ser narrado por una de las mentes más lúcidas del siglo XX.

 

 Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir durante su visita a Cuba, en entrevista con Ernesto Che Guevara.
Foto: Alberto Korda. Tomada de Granma

 

En 1949, Jean Paul Sartre estuvo en La Habana; por entonces la Isla le pareció más de lo mismo de América Latina: un país gobernado por una oligarquía, con elecciones pero sin democracia, con dirigentes que se turnaban en el poder, atentos al vigilante Washington. No hubo mucho que decir de aquella población, mayoritaria de clase baja, que habitaba la ciudad; tampoco de una vida intelectual escondida en los cenáculos de Orígenes, por entonces casi el único foco irradiante de cultura. Ahora era febrero de 1960, con un nuevo líder al frente de la nación, la cual comenzaba a moverse en la arena internacional hacia directrices insólitas, en un mundo signado por la Guerra Fría y las tensiones ideológicas. Cuba, pequeño país del Caribe, encarnaba lo que el autor de El ser y la nada había llamado, en sus teorías filosóficas, el humanismo existencial, o sea, la búsqueda de un camino a partir de una libertad ineludible, que deberá asumirse con responsable ejercicio, al cual cada hombre está condenado.

Un país cuyo destino, para ser país, era la libertad, lo otro caía en el terreno de la nada. Había que construir a diario esa realidad, asumirla deshecha, incompleta, y hacer de la constante de Sísifo un trabajo cotidiano. Las piernas de Simone eran la delicia de los diarios habaneros; las imágenes de los dos filósofos comiendo mariquitas en medio de una comparsa del carnaval, o de ellos en una reunión con niños de una escuela, donde Sartre conoció a Fidel, hacían juego con esa constante: las piernas de Simone. Había un erotismo en aquella ciudad visitada por los pensadores franceses de moda, un aire de idilio revolucionario que no escapa a la pluma del escritor, a su sensibilidad.

Sin embargo, la calma termina cuando por momentos asoma su rostro la tormenta de un proceso revolucionario, como solo lo conocieran los franceses de 1789 y, al sentir la conmoción de los ataques en el puerto, con el estallido del vapor La Coubre, Sartre escribió: “Descubrí la angustia cubana porque, de pronto, la compartí”. Era el peso del enemigo externo, que gravita sobre todo proceso singular que se propone un golpe sobre la Historia corriente, un desvío del curso normado de los acontecimientos en este continente, patio trasero de una nación arrogante. Porque la violencia estuvo en las impresiones del filósofo, una que le golpeaba el rostro y lo hacía sudar tinta, como el sol intenso que le empapaba la camisa y la chaqueta, en medio de una reunión en las afueras del teatro donde se estrenara una obra suya por aquellos días.

 

Sartre reunió sus impresiones sobre la Revolución cubana en el libro de crónicas Huracán sobre el azúcar.
Foto: Internet

 

Había llegado a la ciudad por invitación de Carlos Franqui, entonces un escritor influyente en los círculos intelectuales cubanos. Sartre se interesó por conocer cómo se haría un destino distinto, bajo las peores condiciones del subdesarrollo, la escasez de recursos y la dependencia histórica hacia el norte. Ya la posición del filósofo con respecto a los errores cometidos por el bloque del Este estaba clara: la invasión a Hungría en 1956 por el Pacto de Varsovia, fue un acto violatorio e injerencista. Cuba era lo nuevo, ¿cómo lo harían los caribeños?, ¿habría otra forma de construir un mundo diferente? Así lo responde Sartre: “Una sociedad se quiebra los huesos a martillazos, demuele sus estructuras, trastorna sus instituciones, transforma el régimen de la propiedad y redistribuye sus bienes y, en el mismo instante de la destrucción más radical, intenta reconstruir, darse, mediante injertos óseos, un nuevo esqueleto. El remedio resulta extremo y, con frecuencia, hay que imponerlo por la violencia”. La imagen recuerda los momentos más duros de 1793, en medio de los sucesos revolucionarios de París, cuando se levantaba el nuevo edificio de lo que sería la modernidad. El filósofo captaba, con precisión milimétrica, que algo mayor, más allá de un simple proceso nacionalista, estaba sucediendo en la Isla. Para Sartre, como bien lo consignó, un cañaveral, en las condiciones de sobrevivencia cubanas, no era precisamente algo alegre.

Ahí estaba la lógica del huracán sobre el azúcar, metáfora de la Historia pesando sobre la precariedad de los hombres, con la fuerza hercúlea de los grandes acontecimientos que empequeñecen a todos. Era la búsqueda de un sentido mayor, de una unidad de pensamiento que, en el lenguaje sartriano, destotalice la realidad y la totalice. En una de las fotografías de la prensa, el hombre de los ojos extraviados aparece con un enorme sombrero de paja, junto a Fidel y el Che. En sus memorias el filósofo se refiere a ese momento como uno de los más impactantes de la visita, ya que asegura haber hecho el resto del día con aquel aditamento, que sin duda significaba algo más, quizás una intimidad con lo cubano que le era imprescindible, si bien resultaba ridículo a la vista aquel señor burgués de traje con el deforme sombrero. Para él, que sabía leer, en la existencia individual, la luz de la gran Historia, esos detalles eran significativos, casi se diría que revelaciones de la dureza del huracán y la dulzura del azúcar.

 

Fidel junto a Jean Paul Sartre y  Simone de Beauvoir en la entrega del Regimiento Militar de Holguín
para Ciudad Escolar. Foto: Alberto Korda. Tomada del sitio web Fidel, soldado de las ideas

 

Una experiencia concreta del hombre que generaría, en palabras de Sartre, quizás una contraideología de cara al poder, dándole al proceso cubano su vida propia, singularidad y a la postre su fórmula salvadora. El nuevo rostro del humanismo, obligado a las peores condiciones, en medio de una trinchera tan alegre como trágica. Un país rehecho miles de veces, en el mismo día, y aun así incompleto, sin certidumbre aunque con decisión a proseguir. La reunión de muchas voluntades que se cansaron de estarse inactivas, a la vera de la Historia y que echaron a andar algo nuevo, inaudito, sin que ellos mismos sepan hacia dónde se dirigen. Un hallazgo de justicia en el desierto caluroso de más de 50 años sin soberanía, a la sombra de una nación poderosa. Eso era La Habana que despeinaba a Simone, eso y todo lo demás, inapresable para Sartre, como lo es el sentido de la existencia para el ser, como es el hombre en sí mismo una pasión inútil, pero al cabo una pasión.

Sobre el trabajo, visitado en los cañaverales, las cooperativas y las fábricas, reza este pasaje de Huracán sobre el azúcar: “Se ha visto cómo una práctica lúcida ha cambiado en Cuba hasta la noción misma del hombre. Se ha visto también cómo los problemas humanos abstractos (honestidad, soberanía) conducen a los hombres concretos de la producción, de las estructuras sociales, y cómo esos problemas constituyen el aspecto práctico y material de una problemática humana y humanista. El método de pensamiento aparece aquí muy claro: no separar jamás las exigencias de la producción y las exigencias del hombre”. Y aunque la Cuba de entonces aún no se declaraba socialista, estas líneas reflejan a la isla que intenta eliminar el trabajo enajenado, es decir, el conflicto entre el salario y el capital. Ya existe una dilucidación de la toma de posiciones colectivas que se estaba dando, poco a poco, como decurso natural, dentro del proceso cubano. Sartre lo captó con genialidad, dando a entender que era la ética humanista y no la ganancia el centro de la vida económica. Lógica que los enemigos de las sociedades clasistas llevan siglos tratando de explicar, en un mundo de opresores y oprimidos.

 

 Una vista de la bahía santiaguera desde El Morro. Foto: Cortesía de Revolución y Cultura

 

Era la Cuba dura, la de los trabajos voluntarios que se hacían a golpe de canciones bajo el calor y el sereno, la que no sabía si mañana llegaba una invasión mucho peor que la de Hungría en 1956, como un golpe definitivo, cortante en el hilo de esa Historia nueva. Era el cañaveral bloqueado, que no tenía a quién venderle el azúcar.

Años después, la lógica propia de las revoluciones separó a Sartre de Cuba, pero, a diferencia de otros intelectuales, no hubo un momento de retorno o conciliación. La Historia selecciona a los grandes hombres, aún a su pesar, para que la narren, para que entren en su erotismo enrevesado y sabio. No importan luego las posiciones individuales, solo ese instante en el cual los sucesos se destotalizaron en la dialéctica de los días, para que un señor de traje, con ojos extraviados, y su mujer de piernas hechas para la prensa, desembarcaran en La Habana convulsa, a punto de un parto de un mundo nuevo. Nadie que haya vivido aquellos días de sol intenso se arrepiente, ni aun los que hoy reniegan de aquellas esencias. Sartre, de estar vivo, seguro hablaría de la visita como una pasión inútil, como toda experiencia humana, pero al cabo la única pasión posible.

 

(La Jiribilla)

 

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