MAURICIO ESCUELA. La corrección política es una bestia posmoderna

Hablar de corrección política es un punto donde no siempre se cuenta con la camaradería y la comprensión del lado de nuestros compañeros; ya que, a menudo, surge la división y la cólera, el desacuerdo en torno a cuestiones que, en su base, no debieran definir o comprometer la unidad en torno a causas emancipatorias y amplias. Un grupo de intelectuales progresistas, de la izquierda clásica norteamericana, ha publicado una carta-manifiesto titulada “Sobre la justicia y el debate abierto”. En la iniciativa, encabezada por Noam Chomsky, también se hallan personalidades tan alejadas entre sí como Margaret Atwood, Salman Rushdie y JK. Rowling, hasta llegar al número de ciento cincuenta y cuatro. Cansados de sufrir la persecución en las redes sociales, el estigma y la censura institucional, los despidos y las cancelaciones; estos intelectuales han visibilizado, por primera vez, desde una posición abierta, el tremendo peligro de un nuevo totalitarismo.

Fotos: Internet

Con la desaparición de la alternativa política al capitalismo, o sea del bloque del Este, muchos movimientos progresistas se desconectaron de la izquierda clásica marxista y asumieron el camino de la reforma social, la socialdemocracia y el neomarxismo cultural proveniente de la Escuela de Frankfurt (instituto este que recibió financiamiento y apoyo de la élite y la inteligencia norteamericanas, desde la emigración de sus miembros más prominentes a los Estados Unidos). Fue, por supuesto, parte de la operación que orquestaran los tanques liberales de Occidente contra la Unión Soviética y que ocupa un lugar cimero en el Memorando de Allen Dulles sobre la labor de la Agencia Central de Inteligencia en el seno de las sociedades socialistas: confundir, pervertir, que la inversión de valores hiciera ver al pueblo la falsa imagen de que el “socialismo verdadero” (igualitario y próspero) estaba en el otro lado, en el capital y no en las propias filas del movimiento o partido. A partir de la caída del Muro de Berlín, fueron muchos los que, al estilo de los miembros de la Escuela de Frankfurt, renunciaron a la lucha de clases, a la crítica del sistema de propiedad, a la lucha contra la desigualdad material y la expropiación de la plusvalía. Si uno de estos antiguos movimientos de la izquierda clásica, en pacto con la derecha liberal, quería en 1991 recibir dinero, apoyo y visibilidad política, debía renunciar a sus esencias marxistas.

La nueva izquierda, convencida ella de que el socialismo real “fracasó”, comienza entonces a esgrimir la táctica idealista, ineficaz y cómplice de la derecha de “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Esto ha servido para que muchos personajes, desconectados de los intereses reales del proletariado, usen los resortes de la maquinaria ideológica “progre” para hacer una carrera política en el seno de las élites. Como en los tiempos anteriores a la Primera Guerra Mundial, esta nueva socialdemocracia pactó con el poder, respetó sus estamentos esenciales y se concentró en luchas estériles que obvian el enfoque clasista de la emancipación y por ende el asunto de la propiedad privada.

El neomarxismo de la Escuela de Frankfurt les proveyó del armamento necesario que, a la vez que disparaba contra los proyectos de socialismo realmente existente —como los ya fallecidos de Europa del Este y los aún pujantes del sudeste asiático y Cuba—, les proporcionó una causa electorera por la cual levantar estandartes en cada lucha por los votos: la fragmentación del sujeto social en función de una lectura maniquea de los conflictos. Así, para no afrontar al capital verdadero, esta izquierda (llamada por muchos de “café con leche”), coloca a negros contra blancos donde estos últimos sea el que sea su poder adquisitivo (puede ser un homeless) son siempre  “opresores”, mujeres contra hombres (aunque se trate de buenos padres, hermanos, esposos, amigos y novios), nativos contra emigrantes (se ha llegado a disculpar que un no nacido en los Estados Unidos mate o robe, porque “estaría ajustando cuentas con una opresión histórica”) y una larguísima lista. En cada una de estas etiquetas, muchas de ellas creadas a partir de exclusiones reales, se ejerce a nivel mediático, institucional y académico un poder coercitivo, que se conoce como lo políticamente correcto, o sea una especie de dogma religioso irrefutable, una metodología que no ofrece alternativas. La atomización de la masa en estas subcategorías ha paralizado la lucha contra el capital y ha tornado, en funcionales a la derecha financiera, varias supuestas agendas progresistas de la nueva izquierda. Así, mientras no se habla de sindicatos y contra el desempleo, se convocan manifestaciones, boicots, cancelaciones y llamados al odio, cuando alguien ejerce lo que la corrección política nombra “apropiación cultural”, que va desde comer un plato perteneciente a otra etnia, hasta usar un atuendo de una clase considerada más baja en la escala social.

El resultado es lo que se ha conocido como el enfoque identitario, o sea, verlo todo a través de construcciones culturales y de una lucha que, mediante el uso de la hegemonía mediática, simbólica y lingüística, ya de por sí cambiará la realidad concreta e histórica. Falacia posmoderna que reside en creer que el lenguaje crea y destruye; que como poesía romántica estará muy bien, pero es ineficaz a la luz de los hechos. Nadie va a terminar con el desempleo si prohíbe el uso de la palabra desempleado. Pero la corrección política, como arma de dominio de esta derecha que usa al neomarxismo para sus propósitos de clase, ha llenado los pasillos de la academia y de la vida cultural de un conjunto de reglas moldeables a su antojo y que impiden la crítica, frenan la libertad, con una aviesa intención de generar un nuevo totalitarismo entre los que opinan.

Así, no solo figuras de la derecha conservadora tradicional, como pretende hacer ver la corrección política, sino prominentes escritores, que abogan por el progresismo abiertamente, se ven silenciados. Chomsky, por ejemplo, ha padecido de los enfoques identitarios, que no solo lo marginan, sino que actúan funcionales a los intereses de la derecha, que siempre ha odiado la obra de este afamado lingüista y disidente del sistema liberal de propiedad privada y de mercado.

Como herramienta para establecer qué se permite y qué no, las etiquetas de lo políticamente correcto funcionan del lado del poder, aunque aparenten que protegen a alguien. De manera que más allá de un sistema de valores, una moral filosófica acabada, se trata de una ingeniería social para el silencio y la censura de los pensadores incómodos.

No hallaremos, en los enfoques de la nueva izquierda, un objeto concreto, sino siempre el lenguaje como terreno de lucha de símbolos. De esta manera se habla en términos de identidad, lo cual genera confrontación entre actores de la misma situación material, los cuales estarían guerreando por los respectivos discursos de odio que una identidad y otra se lanzan. Decir, entonces, “muerte al macho”, consigna feminista más común en Occidente de lo que creemos, se “justifica” porque —dicen ellas— no se pide el fallecimiento de nadie como individuo, sino de los usos lingüísticos y los significados meramente en el plano semántico. No deja de ser un discurso de odio identitario, no basado en metas reales, sino en una confrontación irracional, resentimiento, violencia ilegítima, carencia de miras y de una estrategia de lucha.

No olvidar que, en buena medida, dentro y fuera del mundo occidental, los mismos elementos de la clase alta financiera han apoyado universidades, estudios, enfoques, movimientos, hegemonías mediáticas, periodistas y campañas, basadas en tal estrategia identitaria y posmoderna de lucha. Cuando se creó la Open Society, en el seno de la CIA, se sabía que uno de sus campos de acción eran las causas sociales de la izquierda, y quien entre hoy a la página de esta organización “filantrópica” verá que se autodenomina como “progresista” y “pro derechos humanos”. Tácticas de chantaje, derribo de gobiernos legítimos, golpes suaves, manipulaciones mediáticas, manejos de movimientos sociales y sus agendas en contra del interés real progresista y a favor de agendas imperiales; todo ello ha conformado el accionar real de esta agencia regenteada por el magnate George Soros y que constituye un laboratorio, hacia “una sociedad liberada o abierta”, en realidad un nuevo paradigma de poder a favor de las élites.

No es extraño que, entonces, donde quiera que se intente una guerra cultural, un dominio sobre el plano de las ideas, se implementen estrategias para apropiarse de la izquierda, que es la mejor manera que tiene la derecha de derrotarla. El silencio generado por la corrección política, entre los intelectuales de Occidente, es una de las agendas de dominio de la vida pública, de las ingenierías que ejerce el poder real para, en esta era de las redes sociales, practicar un nuevo despotismo ilustrado. Los integrantes del movimiento de calle pueden ser gente honesta, que siga un programa en apariencia coherente y efectivo, pero la hegemonía mediática les impide una real militancia en las causas que verdaderamente romperían la cadena del sistema.

Quizás la carta de los ciento cincuenta y cuatro intelectuales norteamericanos, que no niega los derechos humanos de minorías ni la lucha real por el progresismo, sea solo el comienzo de una oleada contra las etiquetas del silencio que se imponen sobre Occidente. El cerco que la nueva izquierda les echa a sus propios militantes, las identidades, pudiera a la vez funcionar contra proyectos soberanos e incómodos, toda vez que se exporte la misma estrategia de golpe suave allende las naciones. O eso creen los tanques pensantes. No obstante, la brillante tarea de captar las causas de la emancipación y diluirlas en un pantano de guerras identitarias sin un objeto real, sigue en pie y dando frutos a las élites alrededor del mundo. Hoy más que nunca se pone de manifiesto la célebre frase de la novela El Gatopardo: “Cambiarlo todo, para que nada cambie”. La mejor manera de conservar el poder será entonces aparentar que se es antipoder. Solo los atentos, los que piensen a la manera clásica la relación entre la base económica y la estructura espiritual, podrán salirse de las garras de esta nueva bestia posmoderna e identitaria.

 

(La Jiribilla)

 

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