Aclaración imprescindible: el presente texto no es de ningún modo, enfaticémoslo con fuerza, ¡de ningún modo, en absoluto!, una capitulación con respecto al ideario socialista. Es, en todo caso, una pequeña -y sin dudas, nada profunda- reflexión en torno a la situación actual del mundo, de las izquierdas y del campo popular (el espacio no da para mayor complejidad …, o mejor aún: el autor). Dicho de otro modo: es un intento de ver cómo es posible hoy construir una alternativa revolucionaria, socialista, un proyecto superador del capitalismo. Dicho esto, podemos desarrollar algunas cosas.
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“Si bien los revolucionarios como individuos pueden ser asesinados, no se pueden matar las ideas”.
Thomas Sankara, dirigente de la revolución socialista en Burkina Fasso, asesinado por el colonialista gobierno francés y por la CIA
“Hay que actuar con el pesimismo de la razón y con el optimismo de la voluntad”.
Antonio Gramsci, comunista italiano
Algunas décadas atrás, no muchas, quizá cinco, el mundo parecía marchar hacia posiciones socialistas. Luego de las gigantescas revoluciones proletarias en Rusia y China, y el paso hacia planteos no-capitalistas en numerosos países (Cuba, Vietnam, Laos, Nicaragua, ex colonias europeas del África, algunos Estados árabes, Afganistán), el mundo vivía un aire contestatario, de rebeldía y rupturas ante la situación vigente: del movimiento hippie antiguerra y anticonsumo a movimientos guerrilleros con planteos revolucionarios, de sindicatos combativos al inspirador Mayo Francés, de movimientos estudiantiles críticos a la estimulante Revolución Cultural china, de la Teología de la Liberación de la Iglesia Católica a una mística guevarista que guiaba las acciones, con grupos intelectuales críticos y con propuestas de cambio, movimientos feministas muy movilizados y una marea social en ascenso a un inconformismo con el statu quo que marcaba el paso. Las luchas obreras, campesinas y populares tenían un claro sabor socialista, con Marx presente por todas las latitudes. Pero el sistema reaccionó brutalmente.
A las represiones sangrientas siguieron los planes neoliberales que enfriaron profundamente las luchas en pro de un cambio social. Desde entonces, el ideario socialista fue puesto en entredicho. La visceral, descomunal propaganda anticomunista barrió el mundo, creando una narrativa donde la transformación aparecía como imposible, y un concepto toral del pensamiento marxista como el de lucha de clases, fue sacado de circulación. En su reemplazo se instalaron otras injusticias, no menos importantes por cierto (lucha contra el patriarcado, contra todo tipo de discriminación, contra el ecocidio) como los elementos dinamizadores de las movilizaciones, pero sin tocar la roca dura de la explotación económica. De lucha de clases, nunca más ni una palabra. El onegeísmo impulsado por el Norte ayudó a completar el cuadro de desmovilización, aún con la apariencia de progresismo.
De esa cuenta, transcurrió ya medio siglo, donde el intelicidio (muerte del pensamiento crítico) fue invitado de honor. La savia transformadora que movía enormes movimientos décadas atrás, fue secada. Se generó una cultura del posibilismo, de la resignación, entronizando la salida individual, el “sálvese quien pueda”. La consecuencia de todo eso: un mundo donde brillan por su ausencia los planteos socialistas. Progresismos como los habidos en Latinoamérica a principios de este siglo, no pasaron de buenas intenciones, quedando demostrado que si no hay procesos revolucionarios de fondo, los cambios cosméticos no son sostenibles. Si el corolario de los mismos, después de una brutal invasión como la habida en Caracas a principios de año que llevó a su actual presidenta Delcy Rodríguez a decir “En un mundo donde se siembra la violencia y la guerra; que pueda Venezuela demostrar y enviar mensajes a los otros pueblos, enviar mensajes de que el cara a cara diplomático, de que el cara a cara en el diálogo político es lo único que sirve”, mientras la CIA y las empresas petroleras estadounidenses toman el país convirtiéndolo en un virtual protectorado, es obvio que esos progresismos no son el camino.
La juventud mundial, motor indispensable en los cambios sociales, fue adormecida. Sería absolutamente tonto, desubicado e injusto decir que las y los jóvenes actuales son superficiales. Ese hegemónico pensamiento adultocéntrico debe ser radicalmente cuestionado. “Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen malos modales, desprecian la autoridad, no respetan a sus mayores y chismean mientras deberían trabajar. Los niños son ahora tiranos, no sirvientes de sus hogares. Ya no se levantan cuando los ancianos entran en la habitación. Contradicen a sus padres, fanfarronean en sociedad”, decía hace más de dos milenios atrás Aristóteles en el Libro VIII, Capítulo 7 de su obra “Política”. Parece que esa estupidez de ver a la juventud como “perdida”, recorre la historia. Si en todo caso la vena revolucionaria juvenil actual ha ido desapareciendo, reemplazándose por una afición adictiva y conformista al mundo digital, eso no responde a ninguna “tontera” sino a diseños perfectamente concebidos por los grupos de poder. El imprescindible pensamiento crítico ha venido siendo reemplazado por influencers. Conclusión: ya no se piensa, o no se deja pensar, más correctamente dicho, sino que “se influencia” (y, peor aún: se es influenciado/a). La guerra cognitiva existe, y la está ganando -por lejos- la derecha.
“Para sofocar cualquier revuelta por adelantado (…) métodos arcaicos como los de Hitler son anticuados. Basta con crear un condicionamiento colectivo reduciendo drásticamente el nivel y la calidad de la educación. (…) Que la información destinada al público en general sea anestesiada de cualquier contenido subversivo. Transmitiremos masivamente, vía televisión [hoy día deberían agregarse redes sociales y aplicaciones de internet], estúpidos entretenimientos, siempre halagando el instinto emocional”, decía en 1956 el pensador austro-germano Günther Anders.
“Estúpidos entretenimientos”, no olvidarlo. Pareciera que ahí está la clave: las masas son manejables -todos los seres humanos lo somos, por eso, por ejemplo, consumimos alegremente ese veneno que es la Coca-Cola-, y si a eso se le agrega una alta dosis de manipulación realizada con características científico-técnicas efectivas, los efectos pueden ser devastadores, francamente pavorosos. Pavorosos para el campo popular, que es quien sufre ese brutal -pero dulcemente presentado- ejercicio de poder. Muy conveniente para quien lo realiza: las élites dominantes.
Ante ese panorama, las izquierdas no solo estamos algo perdidas (reconozcámoslo honestamente: no estamos siendo operativos, dejamos de ser vanguardia en las luchas revolucionarias), sino que las derechas crecen, se imponen, y ahora ocupan el espacio político con populismos conservadores con características neofascistas (supremacistas, violentamente racistas y xenófobas, patriarcales), con el espanto inaudito de ser respaldas por amplias mayorías populares, ganando elecciones donde el esclavo aplaude y glorifica al amo. Síndrome de Estocolmo llevado a un grado superlativo.
¿Significa todo esto que el capitalismo se impuso, y nunca más en la historia podremos volver a pensar en salidas socialistas? La situación actual, más aún con este avance impetuoso de las ultraderechas que se va dando en el mundo, podría hacernos pensar eso. Las primeras grandes revoluciones socialistas de la historia, Rusia y China, han virado. En ambos países asistimos a procesos de retorno del capitalismo (la ahora desintegrada Unión Soviética) y China, con su muy peculiar “socialismo de mercado” (virtual capitalismo de Estado). Un ejemplo de dignidad como Cuba está cada vez más tambaleante. “El próximo en caer será Cuba”, sentencia arrogante Donald Trump, y los progresismos latinoamericanos no pueden ir más allá -con muchísimo esfuerzo- de políticas redistributivas, pero no más.
Empeora esta visión pesimista lo que está sucediendo ahora, con la pérdida de hegemonía de la principal potencia capitalista, Estados Unidos, que no quiere abandonar su posición de centro global, por lo que muestra los dientes como no lo había hecho nunca antes. Aunque ello en definitiva sea una expresión de debilidad, pues su potencia de antaño se está rebajando -ya perdió indefectiblemente la guerra comercial (científico-técnica) con China-, como fiera malherida está dispuesta a todo para no terminar hundiéndose. De ahí la actual belicosidad que presenta. No es el presidente de turno el “loco desequilibrado” que está llevando adelante una política de matón arrogante, sino la clase dominante, su Estado profundo (grandes bancos, petroleras, complejo militar-industrial, big tech), que ve el declive en que comienza a moverse. Perdiendo hegemonía, con otros poderes -no exactamente socialistas- que erosionan el dólar, como los BRICS+, Washington tiembla, aunque diga lo contrario. “Irán ya presentó su rendición incondicional”, vociferaba el primer mandatario de la Casa Blanca, mientras los misiles y drones persas no le dan respiro en sus bases del Golfo Pérsico.
Todo el elenco gobernante de la gran potencia habla con un tono feroz, mostrando que el capitalismo norteamericano “no tiene rival”. Pero lo tiene, y parece que, lentamente, los nuevos polos de poder van erosionando su hegemonía. De ahí que, casi como reacción desesperada, el imperio yanki muestra los dientes. Pete Hegseth, su secretario de Guerra, acaba de hacer saber a los gobiernos latinoamericanos que Washington está listo para lanzar en solitario una “ofensiva militar” contra los cárteles del narcotráfico, exigiendo a sus lacayos de la región “combatir a los narcoterroristas” (por lo que se formó rápida, y muy dócilmente, la correspondiente alianza continental: el Escudo de las Américas, versión ampliada y corregida del tristemente famoso Plan Colombia, que no terminó con el narcotráfico, pero sí militarizó totalmente al país caribeño). Amenaza atemorizante, sin dudas, para México en principio, y para todo el subcontinente: quien no siga sus indicaciones puede ser invadido. Por su parte, Trump muestra orgulloso la “fenomenal” campaña militar en Venezuela luego del secuestro del presidente Nicolás Maduro (¿gracias a su sofisticada guerra electrónica o a entreguistas?), mientras dice que Latinoamérica es “nuestro hemisferio”, y el asesor de seguridad Stephen Miller se vanagloria afirmando que “La fuerza es el nuevo derecho internacional [pisoteando así la Carta de Naciones Unidas] y vamos a ejercerla”. Lo que al imperio le cuesta cada vez más en lejanas latitudes -en Irán no está ganando, aunque vocifere que sí- lo reemplaza con su patio trasero, Latinoamérica. Según su nueva doctrina de seguridad nacional de fines de 2025, en la que se presentó el así llamado Corolario Trump, puede saberse que la misma apunta a “Reforzar la Doctrina Monroe para restaurar preminencia en el hemisferio occidental, y proteger nuestra patria, así como el acceso clave a geografías por toda la región. Nosotros negaremos a competidores no hemisféricos la habilidad de posicionar fuerzas o amenazar capacidades, o de controlar activos vitales en nuestro hemisferio”. Léase: guerra a Rusia y, fundamentalmente, a China.
Complementando todo lo dicho, y para desazón de quienes seguimos pensando en una perspectiva socialista, las características que va tomando el ámbito militar en estos momentos, nos pueden dejar paralizados. Con los actuales sistemas de detección que poseen los grandes poderes, ya no hay clandestinidad posible. Desde satélites que circundan el planeta, con inteligencia artificial, algoritmos complejos y procesos robotizados rayanos en la perfección, los poderes capitalistas parecieran saberlo todo, controlado todo, adelantase a todo. La guerra cibernética alcanza ribetes que superan a la ciencia-ficción, y no es el campo popular, precisamente, quien la dispone. La lucha de clases -¡que no ha terminado y que sigue siendo el motor de la historia!- se expresa a través de este nivel de hiper sofisticación, donde un panóptico que nos rebasa, nos conoce y sabe de nuestros proyectos con precisión milimétrica, se puede adelantar a toda estrategia revolucionaria.
Ante todo esto va surgiendo la pregunta de cómo un pequeño país, en solitario, puede plantearse una opción socialista, siendo que el capitalismo parece imbatible, y más aún, con un Estados Unidos dispuesto a todo, “por las buenas o por las malas”, como dijo su presidente pensando en la apropiación de un territorio de un supuesto aliado, miembro de la OTAN, como es Dinamarca. ¿Quién se atreve contra el malo del barrio, contra ese matón supuestamente invencible? ¿Cómo poder pensar en socialismo, si quienes lo buscaron, terminan como Cuba?, mostrándose la realidad de la isla como un lugar de penurias indecibles (lo cual, lamentablemente, hoy va por ahí. Penurias provocadas, no olvidar). De todo ello pareciera desprenderse, de modo inexorable, que el socialismo fue una mala idea de la historia, imposible, irrealizable. Entonces ¿estaba equivocado Marx?
¡De ningún modo! Las verdades del materialismo histórico siguen siendo totalmente válidas: la riqueza de unos pocos se debe a la explotación del trabajo de los más (léase: plusvalía). El trabajo humano, y la naturaleza, son las únicas fuentes de la riqueza, y desde hace 10,000 años, cuando se produce más de lo necesario para asegurar la subsistencia, hay clases sociales: una propietaria, otra desposeída. Una explota a la otra; en el sistema actual: el capitalismo, aun con toda la tecnología que se dispone, esa explotación sigue siendo el día a día, lo que permite archimillonarios ostentosos y masas paupérrimas. Más allá de pomposos discursos que nadie cree, la cruda realidad es otra: un perrito de un hogar término medio del Norte está mejor alimentado que un habitante del Sur. Lo entrevisto por Marx a partir de su riguroso análisis científico de la sociedad capitalista se está cumpliendo a cabalidad: el sistema se hizo global, los monopolios tomaron la dirección, el “capital ficticio” (especulación financiera) trae colapsos (crisis de 2008), se aumentan exponencialmente necesidades superfluas (consumismo, obsolescencia programada) que, por último, terminan abonando al ecocidio, los ejércitos de reserva industrial permiten al capital seguir explotando inmisericorde, las guerras siempre son una “válvula de escape” para el sistema cuando se traba. En nada de eso puede decirse que el análisis estuvo equivocado.
Hoy día los intentos de modificar eso parecieran condenados al fracaso, al menos según el discurso dominante de la derecha. “¡Miren cómo está Cuba!”, dirán exultantes. ¡Pero no lo están! Mientras haya seres humanos aplastados, así se les manipule con las más sofisticadas técnicas de control social e ingeniería humana, el malestar regresa como protesta, siempre, inexorable. Lo que está pasando ahora en el Sahel, por ejemplo, lo deja ver. Los planteos socialistas no han muerto, ¡ni pueden terminar! El socialismo, en definitiva, es un grito que clama justicia. La cuestión que se plantea hoy es ¿cómo avanzar hacia él, más aún después de todo lo dicho, que muestra cerrazones por todos lados? ¿Hay que desechar esas ideas por irrealizables entonces?
De ningún modo. En todo caso, hay que reubicarlas, contextualizarlas en un mundo bastante distinto al de 150 años atrás, cuando se formulaban. Pero mundo, en definitiva, que no cambió en su esencia. Como sujetos humanos que somos, en tanto seres individuales, finitos, muy limitados, podríamos decir que lo que esos cincuenta años atrás, cuando parecía tenerse la revolución socialista a la vuelta de la esquina, el cambio hacia la derecha que vivimos hoy nos tiene desmoralizados, escépticos. Pero no hay que olvidar nunca que la historia se mueve muy lentamente, a un ritmo infinitamente más lento que nuestra propia vida como seres individuales. Los cambios sociales son procesos insufriblemente tardados, parsimoniosos. Por ejemplo: se superó el esclavismo del látigo en mano, pero sigue habiendo esclavitud asalariada. ¡E incluso esclavos al viejo estilo! 50 millones nos informa la ONU. Llegamos a la luna y más allá, tenemos inteligencia artificial y robots que nos simplifican las tareas, pero hay gente aún en el mundo (¡y muchos!) que no disponen de energía eléctrica, aran con bueyes y no saben lo que es un quirófano. La revolución socialista que ya veíamos casi a la mano décadas atrás se demoró, pero no se clausuró.
El mundo actual, aparentemente con un capitalismo hiper dominante invencible, está teniendo grandes cambios. Su principal potencia, Estados Unidos, comenzó su declive. Su hiper belicismo actual -Trump es solo el actor desvergonzado de esa película- debe entenderse como los manotazos de ahogado que pueden presagiar su fin (economía empantanada, envejecimiento de su educación, guerra civil, posibilidad de secesión, tremendo problema con el consumo de drogas, racismo insultante). La aparición de propuestas novedosas, que claramente no son socialistas, pero pueden hacerle mucho daño, tal como los BRICS+ y su proceso de desdolarización, puede abrir nuevos escenarios. Quizá para mediados de siglo, cuando se cumplan 100 años de la Revolución China, Pekín sea un gigante más de lo que ya es, superando ampliamente -también en lo bélico- a Estados Unidos, y pueda ayudar a impulsar agendas socialistas en otras partes del mundo, como lo hizo la Unión Soviética en su momento. Eso es solo una hipótesis, pero no descartable.
Lo cierto es que la izquierda hoy está desorientada. Participar en elecciones democrático-burguesas no lleva lejos (reformismo superficial); los movimientos armados hoy no parecen tener posibilidades reales de triunfar, porque la asimetría en lo militar es tremenda. Quizá el camino siga siendo buscar la insurrección popular, con población organizada y un claro proyecto revolucionario que la dirija, encarnado en una vanguardia consciente. Y quizá también haya que pensar en procesos regionales, cuando no universales, porque la perspectiva nacional queda corta. La experiencia histórica lo ha demostrado.
Sin la menor duda que hoy estamos mal, por lo que hay que buscar nuevos caminos (“Para obtener resultados diferentes hay que hacer cosas diferentes”). Es imprescindible recuperar el espacio público para la protesta y dejar de lado los teléfonos celulares; hay que seguir llevando un ideario de izquierda a las masas, mostrando que la lucha de clases sigue siendo definitoria. Hay que perderle el miedo no tanto a la represión, sino a la propia parálisis, a la inacción. Valga para cerrar el epígrafe de Gramsci.
Marcelo Colussi
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