En la Edad Media era frecuente rodear un castillo y esperar, para derrotarlo por hambre. Hoy el cerco es naval, financiero y jurídico, pero la lógica es la misma. Desde diciembre de 2025, Estados Unidos no solo sanciona, sino que aborda petroleros en alta mar. La armada estadounidense vigila y controla, de hecho, cada barco que entra o sale de Cuba y Venezuela.
El 10 de diciembre de 2025, EE. UU. incautó el M/T Skipper, cargado con 1,8 millones de barriles de crudo Merey, embarcados en Puerto José (Venezuela). El 9 de febrero de 2026, fuerzas estadounidenses abordaron el Aquila II, que transportaba 700.000 barriles de crudo pesado venezolano salido de Venezuela a comienzos de enero. El 15 de febrero, el Veronica III fue interceptado tras haber zarpado el 3 de enero con cerca de dos millones de barriles de crudo y fuel-oil venezolano. Son solo algunos ejemplos.
Y no se trata solo de Venezuela. El Ocean Mariner, que había salido del terminal mexicano de Coatzacoalcos con combustible hacia Cuba, fue interceptado el 13 de febrero. Es decir: incluso cuando el suministro procede de terceros países, la apuesta protogenocida del imperio es la misma. No se permite comerciar soberanamente a los sitiados.
Ante esta situación, Cuba y Venezuela están teniendo que negociar. En realidad, solo existiría otra alternativa: exigirles que derroten a la armada yanqui, sin ayuda de nadie (o que se inmolen intentándolo en vano, mejor dicho). La opción realista, la que se ha adoptado, implica ganar tiempo, cediendo parcialmente para no caer del todo. Si los gobiernos no caen, si siguen en pie, la situación política interna en Estados Unidos podría virar más adelante. Quizá Trump o su sucesor podrían verse obligados a aflojar el cerco y retirar su armada del Caribe.
Ante esta gravísima situación, debemos ser responsables y centrar nuestros modestos esfuerzos (que no deberían ser tan modestos) no en cuestionar al agredido, sino en denunciar al agresor. Con resistir a un cerco medieval tienen bastante. No añadamos un segundo cerco, el de nuestra carencia de solidaridad internacionalista, al que padecen ya Cuba y Venezuela. No lancemos acusaciones que alimenten divisiones internas y hagan el juego al imperialismo. Bastante tenemos con asumir nuestra tarea: denunciar el carácter criminal de este asedio naval y económico, señalando con claridad al responsable. Eso, y no especular, es lo que nos toca.
