KARIMA OLIVA BELLO. Censura: Desde dónde y contra quién

Si usted tiene criterios favorables a la Revolución Cubana y por una razón u otra decide compartirlos en las redes sociales, es muy probable que en algún momento se convierta en objeto de una crítica irascible. Y ninguno de los que hacen alarde de defender los derechos formales de las democracias liberales, como el derecho a la libertad de expresión, saldrá en su defensa. Puede realizar la prueba. No importa si usted se identifica cabalmente con el sistema político cubano o si tan solo reconoce aspectos que considera dignos de destacar; si tiene una militancia política o simplemente está compartiendo una opinión con base en su propia experiencia de vida. Siempre habrá quién o quiénes lo descalifiquen y/o agredan verbalmente y, entonces, es muy probable que la próxima vez que usted desee comentar algo, lo piense dos veces antes de hacerlo.

Recientemente un joven me comentó: «aunque veo las cosas desde una perspectiva crítica, reconozco cuestiones sustanciales muy positivas de nuestro sistema, pero no siempre lo expreso para no convertirme en foco de ataques y para no marcarme, habría que ser muy valiente para exponerse a eso en determinados ámbitos». Del mismo modo, noté cómo alguien conocido casi tiene que disculparse por postear un artículo de Granma en su muro de Facebook a pesar de haberle gustado. Habrá más de uno que decida evadir el debate político en defensa de la Revolución, para evitar conflictos personales, se cuide de expresar opiniones para no exponerse públicamente, o incluso, prefiera no «marcarse» imaginando un supuesto escenario de un cambio de régimen político en Cuba, propaganda que por mucho tiempo ha sido utilizada contra nuestra Isla y que actualmente adquiere nuevos ecos en las redes sociales. Así opera la autocensura.

Determinados mecanismos sicológicos actúan como condiciones de posibilidad para que esta se dé, pero ella no se explica solo desde una compresión del sujeto individual, sino que está conectada a complejas dinámicas globales de dominación cultural, ante las cuales Cuba no está inmune, menos ahora en tiempos de conectividad. Se da como efecto de mecanismos de dominación cultural desde el orden hegemónico capitalista que van generando y administrando los imaginarios colectivos como gestores de la censura en los micro-espacios de la vida cotidiana. Aquí hay una dificultad. Es fácil identificar cuándo en un momento puntual, un Estado, amparado en leyes vigentes, incurre en un acto de censura, pero es mucho más difícil develar mecanismos que operan efectivamente de forma reticular, disimulando lo que son tras el discurso formal de la libertad de expresión y naturalizándose en el imaginario colectivo como efecto directo de su hegemonía a nivel global. ¿Qué quiere esto decir?

Primero: Pudiéramos pensar que las redes sociales son espacios plurales, donde todas las narrativas en torno a la «cosa pública» tienen igual oportunidad de circular y visibilizarse. No es así. Iroel Sánchez ha documentado cómo lejos de diversificarse el consumo cultural, se ha profundizado el abismo entre el núcleo de producción de contenidos y servicios en poder de unas pocas empresas estadounidenses y el resto del planeta, provocando una creciente homogeneización.

Segundo: Sobre esta base se hacen mucho más reticulares y sofisticadas las formas de acotar o silenciar las voces que subviertan el orden de racionalidad sobre el que se fundamenta el capitalismo: no hay nada más allá del capitalismo, el capitalismo es el único modo de vida posible. Como diría Martínez Heredia, puedes hablar cualquier cosa mientras no denuncies la esencia misma del sistema o pongas en evidencia la viabilidad de otras alternativas. Ese es el límite de la diversidad que tanto proclaman las democracias liberales. En la práctica esto se traduce en que determinados discursos sobre la realidad cubana tienen una notable prevalencia en las redes, poseen mayor visibilidad, entre otros factores, por alinearse con las
narrativas hegemónicas liberales fuera de Cuba u omitir la crítica en torno a ellas y, por ende, por el financiamiento con el que cuentan para posicionar sus contenidos. Existe toda una red mediática, que va desde canales de YouTube con muy mala factura hasta medios digitales con discursos científicos sofisticados que tienen el mismo objetivo: construir ante públicos diversos la desmoralización del socialismo cubano y posicionar el capitalismo como única alternativa posible, en el caso de Cuba, un «destino manifiesto».

Tercero: Si a pesar de toda esta influencia mediática usted piensa diferente y decide expresarlo, se convierte en blanco del ataque. Los núcleos duros de estos ataques son la intimidación, que se ejerce a través de la violencia verbal con el uso de ofensas y amenazas, en ocasiones, hasta a la integridad física y la desarticulación del debate argumentativo a través de la queja, las acusaciones infundadas y la victimización. Otros aspectos notables en este tipo de discursos son: la defensa de los valores del capitalismo a ultranza, con ignorancia de todas las condiciones que hoy día ameritan, por lo menos, una visión reservada sobre el alcance de este sistema; el rechazo desmedido por todo lo que esté asociado al universo simbólico de la Revolución Cubana; la especulación absurda en torno a una supuesta idea de que todos en Cuba sin distinción están en contra del sistema político; y, por último, el desconocimiento de los referentes más importantes del pensamiento crítico contemporáneo, así como de las estadísticas globales en materia de salud, pobreza absoluta, emigración, violencia, inseguridad ciudadana, desplazamientos, conflictos armados, trata de personas, etc.,  que develan constantemente las grandes limitaciones y contradicciones del sistema capitalista.

Cuarto: En Cuba, podemos incluso llegar a reflexionar sobre una cuestión interesante, ¿qué presencia tienen en las redes los diferentes grupos que conforman la estructura socio-ocupacional de la sociedad cubana contemporánea? En otras palabras, ¿qué cubanos pasan más tiempo conectados y cuáles de ellos navegan en sitios de contenido político o donde se generen este tipo de intercambios? Mapear esa realidad sería muy interesante. Es muy probable que la mayor presencia sea, incluso, de residentes fuera de la isla, con un considerable porcentaje de ellos viviendo en Estados Unidos, donde la vigilancia ideológica-mediática ante cualquier postura procubana o anticapitalista es más efectiva. La entrada de los cubanos residentes en Cuba a las redes se ha dado de forma tardía y ha sido, en cualquier caso, la llegada a un espacio culturalmente colonizado por los valores del capitalismo. Ante eso, la defensa de nuestra independencia cultural es hoy una cuestión medular.

Cuando el acceso a internet nos conecta mucho más al mundo tenemos el desafío de mover los ejes de referencia: lo realmente hegemónico a escala global es la imposición del capitalismo como única alternativa posible, los mecanismos de dominación ideológica responden a ese orden y la censura es contra quienes lo intentan subvertir.

Instituciones y organizaciones políticas y de masas en nuestro país deben seguir ampliando y profundizando la agenda de debates sobre las problemáticas que afectan a los cubanos, pero no debemos dejar que estas problemáticas sean capitalizadas por aquellos cuyos intereses se definen en el ataque constante a la alternativa socialista en Cuba, por todo lo que la defensa de esa alternativa representa para el presente y el futuro de nuestra Isla. Nunca podremos cansarnos de denunciar esas hegemonías silenciosas que, a través de voces disfrazadas de innovadoras, independientes y diversas, nos intentan imponer un solo modo de ver el mundo, el mismo que ha prevalecido por más de cinco siglos sin que tenga hoy nada nuevo que mostrarnos.

 

Fuentes:  Martínez Heredia, F: El corrimiento hacia el rojo, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2001.

Sánchez Espinosa, I: Redes sociales en Internet: ¿qué hacer? En: La Pupila Insomne, 2018.

 

(Diario Granma)

 

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