JULIO ANGUITA. «Sobre el consenso pasivo de la población española»

La evidencia cotidiana nos enseña que en cualquier tipo de organización y especialmente en la sociedad misma, quienes tienen la potestad, inteligencia o audacia de redactar el orden del día acaban por llevar hacia su terreno las respuestas a los asuntos que previamente han sido planteados en el mismo.

En una sociedad de medios de comunicación fuertemente mediatizados por la banca y las inversiones de capital español o foráneo, es fácil para los poderes públicos afines a la filosofía económica, política e ideológica del patronazgo mediático, conseguir en breve tiempo un orden del día basado en el consenso ampliamente pasivo de la población.

A partir de ahí comienza una operación que podríamos denominar de traducción de los asuntos públicos al lenguaje, los métodos y al juego institucional en el que los problemas pierden urgencia, frescura, claridad y consecuentemente interés por parte de la calle. Nunca mejor que en este caso cobra su auténtico sentido aquello de traduttore, traditore  (proverbio italiano, que literalmente significa «Traductor, traidor»).

Por eso resulta patética la obsesión de los sedicentes partidarios del Cambio profundo en querer redactar y traducir conjuntamente con el estatus y, simultáneamente, competir con él en el juego institucional versionado por uno de los tentáculos ideológicos de ese estatus.

La actividad parlamentaria, suplanta, sustituye a la actividad política en toda su integralidad: el debate ciudadano, la participación cívica, la información no trivializada, la confrontación filosófica, ideológica y política, además de la movilización en el sentido ciudadano del término.

Quien o quienes se atrevan a redactar, conjuntamente con la ciudadanía, el orden del día de sus problemas, su incierto futuro, sus expectativas, sus indignaciones ante la corrupción, las puertas giratorias y la impunidad de hecho para tanta felonía, harán el mejor de los servicios a esa mayoría: su toma de conciencia como tal mayoría. Y todo ello sin traducir a lenguajes, ritmos y costumbres que terminan por desvirtuar la realidad.

eleconomista

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