JUAN MANUEL OLARIETA. La técnica de intoxicación de masas

Las técnicas de manipulación de masas son muy conocidas desde hace muchísimos siglos. Hay numerosos manuales fácilmente accesibles, redactados por todo tipo de instituciones, por lo que no es necesario invocar a Goebbels o a la CIA por enésima vez. Basta con tener en cuenta que la tarea del espionaje no consiste sólo en obtener información sino en difundirla.

En el mundo moderno la manipulación de masas ha alcanzado cotas insospechadas por varias razones que tienen que ver con la fase de la historia en la que vivimos. La primera es la transformación de la prensa en una industria. No es posible mantener un fraude sin crear un negocio a su alrededor, con sus empresas, sus subvenciones, su profesionales y su mercado.

La segunda es que, en la medida en que hoy la industria es monopolista, la información también está monopolizada, es decir, acaparada por grandes cadenas capaces de operar en el mundo entero. Hay varios operadores que difunden un mismo mensaje. El pluralismo informativo no está en que circulen varios mensajes sino en que haya varias cadenas de difusión de los mismos contenidos.

La tercera es que, como sabemos desde que el chino Sun Tzu escribiera “El arte de la guerra”, una obra que es más vieja que la Biblia, la manipulación es una técnica militar. Forma parte de la guerra, no del periodismo. Por eso, no basta con dar una noticia, sino que hay que denostar a quien la niega. Es la clave para convertir el negacionismo en un insulto.

El responsable de la noticia es el portador de la misma. Si desacreditas al informador, desacreditas la información. Se llama “matar al mensajero” y no falla nunca. De ahí que nadie pregunte, por ejemplo a The Guardian, por sus fuentes. Eso sólo se hace a un medio independiente. Una noticia que choca con la ideología dominante requiere aclarar su origen; una noticia que la confirma se propaga por sí misma, sin necesidad de un respaldo.

Recientemente hemos tenido dos intoxicaciones que han circulado de esa manera. La primera ha sido la muerte de Kin Jong-un y la segunda la compra por Bashar Al-Assad de un cuadro en Sotheby’s por 25 millones de libras esterlinas para hacer un regalo a su mujer.

Las múltiples técnicas de intoxicación informativa se resumen en un principio militar: son maniobras de distracción. Los submarinos y los aviones de combate llevan señuelos a fin de que los torpedos y misiles que les apuntan se desvíen de su trayectoria, encaminándose hacia otros objetivos, que son ficticios. El torpedo o el misil confunden el blanco; no diferencian la mentira de la verdad.

“Gobernar es hacer creer”, escribió Maquiavelo hace 500 años. Es fabricar un mundo de suposiciones y de ilusiones, como la de que durante la transición España inauguró una nueva etapa de su historia, diferente a la anterior.

Del mismo modo, ahora suponemos que el gobierno está preocupado por nuestra salud y no le ha importado paralizar la marcha de la economía porque “lo primero es la salud”. Nunca se ha preocupado del hambre, ni de que los niños desfallezcan en medio del patio de la escuela, pero sí se preocupa en cambio por un catarro, o un resfriado, o una bronquitis, o una neumonía.

A partir de ese señuelo, es evidente que las medidas adoptadas tienen su origen en la salud, que la ley marcial se ha impuesto por motivos sanitarios y que la crisis económica deriva de ahí. Millones de trabajadores irán al paro en todo el mundo creyendo que quien les ha enviado a la calle es un virus.

El papel asignado a los sindicatos y a los antisistema, en general, forma parte del sistema que dicen combatir: sostener la ficción hasta el último minuto, impedir que aparezcan herejes que nos saquen del estupor, e incluso despreciarlos, porque están quedando en evidencia hoy como quedaron en evidencia en 1977.

En el mundo moderno lo virtual ha dado nuevas alas a los señuelos y las ilusiones. Lo único real es que aunque las calles siguen vacías, en el Primero de Mayo hemos tenido más mítines virtuales que nunca.

 

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