JUAN IRIGOYEN. Sociología crítica del confinamiento

(Bosquejo sociológico de las calles vacías)

Según van pasando los días me voy acostumbrando a la estampa cotidiana de las calles vacías y ocupadas por las fuerzas de seguridad, que conminan a los escasos viandantes a justificar la razón de su salida. No puedo evitar mi recuerdo de los autoritarismos de mis primeros años, en los que la policía desalojaba las calles y dispersaba a los concentrados. Ahora rememoro mi condición de sujeto desalojable. Pero lo peor estriba en que la gente ya ha internalizado el miedo, requiriendo la distancia de seguridad y generando prácticas de habitar la calle que se organizan en torno a una nueva definición del extraño. El otro desconocido puede  pertenecer a la categoría demonizada de la fantasmática humanidad de infectados asintomáticos. El recelo crece por días hasta umbrales no imaginables pocas fechas atrás.

El desalojo de la calle por el poder somatocrático y sus fuerzas de seguridad se funda en una falacia coercitiva. Desde las pantallas de televisión se repite incesantemente el lema de “Quédate en casa”. En todas partes se formula esta petición en forma amable. Entiendo que es una falacia porque no queda otra alternativa. Si no obedezco soy interceptado y multado inmisericordemente por los agentes de la autoridad respaldados por los pobladores de los balcones-garita que actúan como denunciantes. Esta recomendación es, en realidad, rigurosamente obligatoria. No hay otra opción. Me molesta mucho que se solicite mi obediencia alegre, simulando que es una cosa mía.

No, si fuera por mí daría largos paseos entre los árboles, disfrutando mucho de las luces y los sonidos de los pájaros, en la convicción de que no contagio ni soy contagiado en esta fantástica situación. Estoy persuadido de que el confinamiento tiene efectos negativos para todas mis saludes.  Me están robando una primavera, que a mi edad es mucho hurto. Por esta razón, este autoritarismo risueño activa mi memoria y me conduce a mi infancia, en la que algunas organizaciones religiosas, así como estatales,  apelaban a esa dicha inducida por los sacerdotes-pastores, que nos requerían para responder con alegría a las vicisitudes de aquél encierro, en el que lo verdaderamente recluido era mi cuerpo. En muchas ocasiones escuché la frase de “quiero gente alegre”.

El estado de alerta supone una ruptura que ha sido anticipada por la virtualización creciente de parte de la población. En los últimos años, la gran mayoría de los caminantes se encontraban recluidos en su mundo virtual, y desconectados del entorno inmediato. La pugna entre los entornos se resolvía contundentemente a favor del entorno accesible mediante las máquinas portátiles de comunicación, que alcanzaban un estatuto sagrado, siendo adoradas por los ocupantes de los cuerpos desconectados entre sí, en un sistema en el que el tacto había perdido todas las oportunidades. Ahora se consuma la virtualización total como única posibilidad de cultivar relaciones. Los cuerpos sospechosos se cruzan retomando continuamente las distancias y los silencios, rehuyendo incluso las miradas. La distopía móvil, en la que los cuerpos se desvanecen, se ha consumado en esta serie de cuarentenas renovables.

Las calles vaciadas son espacios patrullados en los que cada cual cancela sus sentidos corporales. Cada trayectoria es supervisada desde las nuevas murallas de la ciudad, formada por un continuo de balcones-garitas. El encierro acrecienta los temores colectivos de la peste portada por los extraños. Esta es la base fisiológica de la incubación de veneno social. Este se expande por la acción incesante de las pantallas. La sala de estar reelabora esta ponzoña mediante conversaciones en las que cada cual desata la imaginación y vierte sus pesadillas mediatizadas. El final de esta cadena de acumulación de tóxicos es el balcón, devenido en espacio mágico para verter los venenos compartidos. Allí se visualizan cuerpos en tránsito portadores de la sospecha de ser incumplidores. El reverso de la expulsión del excedente de toxinas imaginarias son los aplausos, que significan una conjura contra el desamparo y una oportunidad para vigilar las garitas próximas.

He visto alguno de los programas de Ana Rosa, que en su segunda parte pone videos de incumplidores y donde los tertulianos proporcionan los condimentos de los venenos, que tratados en las casas terminan en los balcones. Desde siempre me ha llamado poderosamente la atención los portes personales  de los distintos expertos en seguridad de todas las cadenas. Periodistas cultivados en el morbo de las tragedias, presentadores curtidos en el misterio del mal, policías especializados en formatos mediáticos, gentes del mercado de la seguridad, y, sobre todo psicólogos y psiquiatras que me remiten imaginariamente a la santa inquisición, que desapareció dejando la herencia de sus supuestos, métodos y escenificaciones. Todos ellos concurren en torno a la idea de que el mal está ahí mismo, y que es menester estar alerta para descubrirlo y extirparlo.

Los medios se engrandecen mediante la explotación del miedo y la inseguridad, contribuyendo así a una estrategia de disuasión civil. Es curioso que en los grandes acontecimientos vinculados a la seguridad, los medios generan unos climas emocionales en los que es imposible la pluralidad. Desmarcarse de este climax tórrido es quimérico. Siempre me he sentido a disgusto cuando vivo un acontecimiento mediante el que soy convocado a alinearme sin matices. En esta ocasión, la presión del conglomerado mediático es insoportable. Supone el principio de la espiral que termina en los balcones representando el espectáculo de la unanimidad.

Pero lo más novedoso de las calles desalojadas es la alteración de su ecosistema, en cuanto que cambian los colectivos que las habitan transitoriamente. El aspecto principal es la mutación de la mendicidad. Los mendigos convencionales, arraigados en las puertas de los supermercados, han desaparecido súbitamente desde el primer día. Su vulnerabilidad ante las patrullas de la policía  -ahora superempoderadas- les ha obligado a relegarse a sus habitáculos en la ciudad sumergida. Son una de las víctimas más manifiestas del estado de alerta. Entre ellos había algunos extranjeros, condición que tiene un efecto multiplicador de su estigma. Pero alguno de los locales resistió algunos días, siendo increpado por los temerosos compradores en la convicción de que sus condiciones sociales lo determinaban como un agente infeccioso. En un supermercado asistí a protestas subidas de tono ante los empleados, que lamentaban no poder hacer nada, en tanto que estaba en la calle, fuera de su jurisdicción. Finalmente, el último mohicano desapareció en lo que hoy es más que nunca, la jungla de asfalto.

En la última semana, empiezan a comparecer en la calle personas portadoras de los atributos y las marcas de la nueva pobreza, determinada por el colapso del sistema productivo que acompaña al apocalipsis viral. Se trata de distintas personas que pupulan en los espacios formados por los ángulos ciegos de los patrulleros y vigilantes de las garitas, solicitando una ayuda ante su situación imposible. He tenido cuatro encuentros que me han conmovido profundamente. Estas gentes se van a multiplicar según se vaya produciendo lo que los gestores somatocráticos de poblaciones llaman “la desescalada” del confinamiento. Se trata de distintos tipos de personas ubicadas en actividades económicas determinadas por la baja productividad, que el cese temporal del estado de alerta ha significado su certificado de muerte definitivo. También de actividades de lo que se entiende como economía informal o mercado de trabajo coaccionado. Volveré a esta cuestión.

El primer acontecimiento que he presenciado en un supermercado asentado en una zona de clase media acomodada. Cumpliendo estrictamente las instrucciones emanadas del dispositivo epidemiológico-policial, nos encontrábamos alineados en una fila en espera de turno para entrar. La fila es la configuración espacial propia de las organizaciones disciplinarias. Siempre que he accedido como analista a un fenómeno social u organización, he priorizado las formas de contigüidad y alineamiento de los cuerpos. Cuando esta era filas y columnas, ya estaba delimitada toda la observación en torno a este dato esencial. En esta nueva fila, cada persona vigilaba procelosamente que la distancia con el extraño anterior y el sospechoso posterior fuera la adecuada. En la puerta se encontraba un chico joven, bien vestido, enmascarado y portador de buenos modales. Supongo que era una persona que se ha quedado atrapada por la congelación de la movilidad y se encuentra en una situación crítica.

Cuando entraban las primeras personas y se renovaba la fila, saludaba y solicitaba una ayuda, aludiendo a su difícil situación. Hablaba muy bien, con un tono de voz adecuado y guardando una distancia prudencial, en tanto que no acosaba a los ocupantes de la fila. Sus palabras eran austeras y respetuosas. Entonces, un señor con un porte elegante, le dijo en un tono fuerte “Toma una moneda pero no te acerques, que hay que mantener la distancia”. Les separaba una distancia de más de dos metros. Le tiró la moneda, de modo que el chico tuvo que emular a Ter Stegen y cogerla al vuelo. Lo consiguió, pero en el caso de que hubiera caído y rodado, el beneficiario tendría que haberla seguido por los suelos. No sé bien cómo expresarlo, pero lo viví como una humillación superlativa, como un acto premonitorio del tiempo de postconfinamiento.

Otro episodio fue un encuentro cara a cara con un hombre joven. Iba bien vestido y manifestaba buena educación. Me paró y me solicitó que le ayudase porque se encontraba en una situación desesperada. Me pidió que le comprase comida o le diese algún dinero. Lo hizo sobria y prudencialmente. Pero lo peor era como acusaba el dolor contenido por su situación. Los mendigos tradicionales han metabolizado el dolor y su subjetividad se ha adecuado a su tragedia personal permanente. Pero este hombre, expresaba un dolor indescriptible y una vergüenza mayúscula, correspondiente a un novel. Tuvimos una conversación corta en la que me dijo que no descartaba encontrar en este barrio alguna persona que lo ayudase generosamente. Su condición de neófito de la dádiva le alejaba del modelo de “moneda a moneda” de los habituales. Desde entonces me he desconectado totalmente de la televisión, porque cada vez que veo a sus muñecos triunfalistas y simplones, con sus retóricas vacías, me vienen a la cabeza los encuentros con los nuevos pobres y sus dolores demoledores.

Pero el encuentro que más impacto ha causado en mi persona fue con una mujer latinoamericana de mediana edad. Su historia registra las marcas de la época con una nitidez prístina. Un matrimonio siendo casi niña, violencias múltiples y desventajas sociales terminaron por desplazarla a la metrópolis madrileña. Tres años cuidando a un anciano seis días y medio a la semana. Tras la muerte de este varias casas cuidando esporádicamente niños y viejos. En todas terminó tras dramáticos “cara a cara”. Lo peor de la historia es ser despedida tras un tiempo en el que la relación con los niños había generado afecto mutuo. Así se va consolidando su espiral de dolor. El confinamiento le deja confinada en una habitación en una casa donde convive con distintas personas en un clima pésimo. Y sin ningún recurso, ninguno. Su aflicción la empujaba a la calle en busca de un milagro que aliviase su situación. Esta persona era consciente de que su estatuto social era exterior a cualquier grupo de interés, pertenecía a la nada, a un espectro que no comparece en los discursos políticos, mediáticos o sindicales. Su dolor sobrio, profundo y contenido me impresionó mucho.

Volveré a las calles vacías, en las que, tras su aparente ausencia de vida, se encuentran pobladas por distintos fantasmas que las recorren y habitan, a veces abiertos, y ocultándose en otras ocasiones. Para tan poca densidad de cuerpos circulantes, demasiadas tragedias que trascienden lo individual.

 

(Tránsitos intrusos)

 

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