JUAN IRIGOYEN. Canciones para después de una guerra

 

El estado de alarma que sanciona el confinamiento general me produce  una sensación del retorno al pasado, a la vieja España de mi infancia y juventud. La amenaza del coronavirus es construida por los medios de comunicación como un espectáculo audiovisual total. Así se genera un clima emocional estimulado por los temores colectivos, que es vivido en un estado de masificación mediática intensa, que procesa las informaciones diarias en términos de saldo entre altas y bajas. Cada uno se siente aliviado cada día al constatar que no se encuentra entre los penalizados por el contagio, en espera de repetir la suerte al día siguiente.

En una situación así se refuerza el comportamiento de masa, caracterizado por la existencia de un clima emocional desbocado. En este contexto, la totalidad social se sobrepone a cada átomo individual de un modo contundente, confirmando el retorno a las sociedades de las solidaridades mecánicas enunciadas por Durkheim. La televisión refuerza su papel de institución central mediante el debilitamiento de sus competidores y acompañantes en situaciones abiertas. La masa catódica atemorizada expulsa sus demonios internos y sus miedos, proyectándolos en los considerados como salvadores –las autoridades y el personal sanitario principalmente-, y también en los incumplidores, que son objeto de una escalada punitiva que les constituye simbólicamente como portadores de los peligros. Hemos visto ya varias situaciones antológicas.

En una situación de estas características, los poderes del estado y de las instituciones recuperan su legitimidad coercitiva al cien por cien. La masa encerrada, temerosa y mediatizada, se congrega en torno a los ángeles exterminadores del mal. La exigencia de castigo a los malos adquiere un volumen insólito. He visto episodios de unos niveles de agresividad inimaginables en situaciones ordinarias. El resultado es la constitución de una autoridad sin limitaciones. Como es sabido, la autoridad es una realidad que es otorgada por los conducidos. Estos son quienes la transfieren a los conductores. En estos días las instituciones centrales han adquirido una autoridad cosmológica, fundamentada en la obediencia voluntaria de una muchedumbre encerrada, atemorizada y congregada por la televisión, agente inductor de una conciencia colectiva en estado volcánico.

En una situación así, parece inevitable que mi infancia y juventud haya reflotado. Se avivan los recuerdos de episodios terribles de aquellos años. Los ejercicios espirituales, en los que éramos encerrados tres días sin hablar entre nosotros y sometidos a una intervención religiosa basada en una suerte de terapia dura del shock. La semana santa, como tiempo de cancelación de la vida y exaltación religiosa. Recuerdo que alguna vez he recibido conminaciones, y hasta alguna bofetada, por reír en esos días sagrados. También los climas colectivos creados por percibir amenazas de huelgas u otras actividades de la entonces menguada oposición, que suscitaban respuestas atribuyéndoles la condición de agentes del extranjero. Y en todos los momentos solemnes de aquellas instituciones en los que se movilizaba la jerarquía y se exigía una disciplina férrea. El tono de los comunicadores de la radio y de la primera televisión, estaba caracterizado por una solemnidad mayúscula, cuya función era poner a cada uno en su sitio, que siempre era la posición de firme. Pronto descubrí, lamentablemente, cuál era el mío.

Mi llegada a la universidad de con diecisiete años catalizó todas mis dudas y objeciones incubadas en el tiempo vivido en estas instituciones totales definidas por el ejercicio de una autoridad sin limitaciones. Pero mis posicionamientos críticos en los años de la facultad, me reportaron una sensación de soledad patente. La gran mayoría de los que me rodeaban vivían sus vidas encajadas en el molde de la versión tardofranquista de la servidumbre voluntaria. Así, los críticos quedábamos eficazmente aislados. En estos años decisivos, me acostumbré a este confinamiento, que conllevaba un repudio moral por parte de mi propia familia, además de la gran mayoría de la sociedad. Tuve que aprender el arte de mostrarme fugazmente para después replegarme a una zona oculta protegida de las miradas de la mayoría encuadrada.

Entiendo y admiro a Juan Goytisolo, un autor que ha definido lúcidamente el franquismo como un orden social dominado por el estado perpetuo selectivo de autocensura, así como sus efectos mutiladores sobre las personas.  Este pensaba que la democracia naciente tenía una hipoteca imposible, en tanto que los autocensurados imperecederos no podían liberarse completamente de sus artes del ocultamiento a la mayoría autoritaria. Esta cultura de interiorización de la obediencia adquiere un esplendor inusitado en España, afectando también a las gentes de las izquierdas, entre las que viví esos años. Expresar dudas, se entendía como un signo inequívoco de traición y una acción que favorecía al enemigo.

La transición política abrió un tiempo en el que parecía que el encuadramiento disciplinado iba a ceder al pluralismo en todos los órdenes, y de que era posible pensar y deliberar todas las cuestiones. Los matices, las puntualizaciones, las objeciones y otros productos de la reflexión parecían posibles, minando así el monolitismo. Pero en pocos años todo devino en un espejismo. Los bloques se consolidaron sin grietas y todas las cuestiones eran sometidas a la ley implacable de la adhesión. La ruina de la inteligencia mediante la subordinación al bloque de poder de cada parte, se hizo patente con pocas excepciones.

En los años dorados del régimen del 78 me integré socialmente, pero aprendiendo a ocultar mis posicionamientos, que en muchas ocasiones no eran la confirmación mecánica de las de mi bloque. Aprendí a decir las cosas, pero sin destapar el fondo, para evitar mi reprobación. Así he construido una soledad que me ha acompañado toda mi vida. Lo permanente en esta son las distancias, que es menester manejar como un excelso arte menor. Mi vida me ha configurado como un extraño artista de la evasión. En los días del 15 M experimenté una sensación de alivio, en tanto que vivía un acontecimiento en el que dominaba la multiplicidad y la heterogeneidad. El año 14 voté por el prometedor partido X, pero este fue desplazado por el ascenso de Podemos, con el que tuve un momento de atracción, que se disipó muy pronto en tanto que retornaron drásticamente a la homogeneidad monolítica y la obediencia incondicional.

En estos días de inmovilidad forzada me encuentro de nuevo en un orden social rígido y pétreo. De nuevo me siento constreñido por lo que intuyo como un retorno a la unanimidad y la adhesión.  Cada día que pasa, se solidifica más un nosotros amenazador. La escalada contra los  considerados como desobedientes de palabra y de obra, tal y como rezan las religiones rígidas, es alarmante. Las instituciones más jerárquicas y autoritarias recuperan la plenitud de su poder sancionador. Como todavía retengo un alto grado de intuición, puedo percibir las conminaciones sin matices de los atemorizados súbditos, que trasfieren a las instituciones la plena autoridad, en perfecta sintonía con los medios poblados por los expertos, que viven los días gloriosos de las audiencias cautivas y multitudinarias, al servicio del mercado informativo sin techo.

La señal que más me inquieta es la ausencia de resistencia de muchas personas críticas, que comienzan a compartir silencios para protegerse del clima coercitivo imperante, en el que las instituciones fortalecidas por las inyecciones de legitimidad cautiva, clausuran las diferencias y desarrollan presiones a la unanimidad y conformidad. Cada día percibo más el amedrantamiento general, y el sistema de distancias con quienes no estamos en la unanimidad. Las voces críticas declinan bajando los tonos y aceptando preceptos y definiciones difíciles de digerir, en la deriva trágica de las autoridades mediatizadas.

En particular, me inquieta la presentación mediática del ejército en las calles. Las televisiones trasmitieron la llegada de los paracaidistas a la Puerta del Sol, en donde se desplegaron ante las cámaras sin ejercer función alguna. También las actuaciones de la policía y el rigor creciente de los requisitos para ejercer compras de alimentos o fármacos. El miedo colectivo, azuzado por los malos resultados de la gestión de la crisis, se proyecta sobre algunos incumplidores marginales. El tono de los comentaristas de la tele va intensificándose, pidiendo castigos efectivos a pequeñas desviaciones. Por el contrario, nadie somete a escrutinio racional las actuaciones de las autoridades, que siguen enzarzadas en su competencia por cuotas de poder institucional.

En una situación de autoaislamiento de esta naturaleza, ayer recurrí a una persona tan importante para mí como es Basilio Martín Patino. En toda su obra se hace patente ese distanciamiento con su época. Su inteligencia  prodigiosa, forjada en la adversidad, me ha aportado una perspectiva fecunda desde su Nueve cartas a Berta. Ayer vi Canciones para después de una guerraEs una película tan inteligente y sugerente, que me produce una sensación de alivio, en tanto que descifra estos primeros años fundantes del franquismo, con una perspicacia encomiable. Es un torrente de músicas e imágenes excelsas, que muestran las miserias de este orden., y que solo puede realizarse desde una mirada periférica.

Con Martín Patino tengo una relación especial, como con algunos otros, en la que intuyo que compartimos esa sensación de aislamiento a la que me he referido antes en primera persona. Somos parte de un contingente de proscritos menores, que laboriosamente ha engendrado este orden político y social. En sus películas, y en esta también, percibo algo que puedo definir como una intimidad compartida frente al adverso medio exterior. Pienso que solo se puede comprender desde biografías en las que el estatuto de sospecha y desconfianza siempre se encuentra presente. Así, la vida interior es un recurso indispensable.

En esta película que recomiendo, me impresiona mucho la capacidad del régimen franquista de congregar grandes multitudes en todas sus etapas. No puedo olvidar el 1 de octubre de 1975 en Madrid, fecha en la que se congregó una multitud impresionante tras los últimos fusilamientos días antes, de varios militantes antifranquistas. Ese día pude constatar la solidez de la adhesión de grandes contingentes de gentes. Esa masa se transformó dos años después en infantería electoral de los nuevos partidos. Ahora regresa en formato mediático como sumatorio de encerrados y asustados en busca de un salvador. Después de esta crisis nada será igual.

 

(juanirigoyen.es)

 

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