JOSE MARI ESPARZA ZABALEGI. Nosotros, los burros

Sanjuanes. En un barrio de Tafalla celebran la tradicional carrera de burros. No

sale suficiente gente voluntaria y quedan jumentos sin competir. Una razón, pienso,

es esa reticencia de la juventud de hoy día a hacer el ganso en cualquier festejo

popular. Pero el motivo puede ser otro: unos jóvenes se han colocado en la acera con

sendas pancartas, denunciando el maltrato animal.

Las pancartas y los lemas son distintos, porque son grupos animalistas diferentes.

Unos son antiespecistas, que niegan a los humanos la supremacía moral sobre otros

seres vivos. Los otros defienden no utilizar a ciertos bichos (toros, patos, burros) en

las diversiones humanas. Según explicaron, son filosofías muy diferentes.

Por la megafonía, la organización muestra una empatía exquisita. Advierten que

con lo recaudado en la carrera, los burros podrán llevar una existencia feliz durante

todo el año; explican que, para que no sufran, se deben montar a pelo, sin ningún tipo

de bridas, sillas ni estribos, e insisten en que durante la carrera no se les puede pegar,

ni espolear. Solo el ¡arre! tradicional, y de buenas maneras.

La carrera prometía y no defraudó. A la señal de salida, los burros salieron

andando y a su paso hicieron el recorrido, ya que no tenían ni zanahoria que les

incentivara. Ganó el burro más grande, de nombre Rajoy, sin duda porque tenía la

zancada más larga. Al pasar por una de las pancartas, una joven lloraba a moco

tendido, compungida por el maltrato y quizás por nuestra insensibilidad.

Nada que objetar a estas chavalas y chavales, capaces de dar la cara en estos

eventos y hacernos replantear nuestras relaciones atávicas con el resto de especies

vivas. Sin duda, es buena gente, indispensable para el avance social.

Ignoro cuál sería el destino de los burros si se les dejara pastar y reproducirse

libremente en nuestros montes. Mucho me temo que, si no se ganaren el pienso de

algún modo, acabarían desapareciendo, ya que tampoco se les puede encerrar en los

zoos. Pero no iban por ahí mis reflexiones.

Recientemente he leído La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé, donde

muestran cómo la proliferación de frentes y activismos, pese a sus nobles intenciones,

acaba siendo complemento del neoliberalismo. Y cómo la sucesiva fragmentación de

luchas, acaba en el individualismo. La contradicción fundamental, amos y plebe, se

ha desvanecido para mayor gloria del capitalismo. En las series de televisión veremos

negros, inmigrantes, feministas, gays, trans, pacifistas, veganos, animalistas y mil

clases de ONGs, pero nada con virus revolucionario, algo que muestre la lucha de

clases, esa plaga que genera en el mundo 1.400 millones de parias sin acceso ni al

agua potable, y 4.000 millones más en el umbral del subdesarrollo, mientras una piara

de cien mil privilegiados acapara riquezas a un ritmo que ni Marx pudo imaginar.

Los jóvenes que portaban las pancartas, como los que montaban los burros, viven

en una civilización con medios inimaginables para repartir trabajo digno, bienestar y

tiempo para estudiar, amar y vivir. Y sin embargo, por el robo institucionalizado,

tienen un futuro más negro que el que tuvieron sus padres en los años 70. Entonces,

una familia humilde y numerosa se mantenía con un sueldo y compraba una casa en

plazos razonables; hoy día deben trabajar dos y en peores condiciones; evitarán tener

hijos e hipotecarán su vida a unos bancos que, periódicamente, les vaciarán la caja de

pensiones para autorescatarse. El maltrato a millones de mujeres, y de hombres,

comienza al alba, cuando se someten todo el día, hasta la vejez, a trabajos alienantes

para sobrevivir. Las ocho horas fue un sueño comunistoide. La precariedad es ahora

sinónimo de libertad personal. Al año matan en el mundo más revolucionarios que

toros en las plazas. Nos preocupamos en atender a los refugiados y votamos a quienes

provocan las guerras que los originan. Denunciamos en las redes la situación de los

cerdos en una granja industrial, pero nadie pregunta por la situación de los

trabajadores que los cuidan.

Todas las causas, por nobles que sean, incluso las de liberación nacional, serán

manipuladas por los mandamases si no están impregnadas de la contradición

fundamental, esa que desde la Comuna de París nos concita a poner la sociedad del

revés, para que deje de aplastar a las mayorías. Solo así haremos que todas las luchas

sean solidarias. Porque no habrá futuro para ninguna especie, ni para ninguna

diversidad, dentro de esta cárcel de colorines que llaman neoliberalismo.

Pese a las sinceras lágrimas de la activista de la pancarta, los animales más

sufrientes no eran los de la carrera del barrio. Los verdaderos burros de carga somos

nosotros.

 

Jose Mari Esparza Zabalegi

Editorial Txalaparta

 

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