JOAQUIN LUCENA: Índice de Precios muy Cabrones o el engaño del IPC. + Audio charla.

Índice de Precios muy Cabrones

Hay quien se caliente el pico

y hay quien no tienen ni un cobre

el per cápita del pobre

 

siempre se lo come el rico

per cápita por aquí, per cápita por allá

el pobre sigue tan pobre

que no puede serlo más.

Carlos Puebla. «El Per Cápita»

Dicen que hay verdades, mentiras y estadísticas. Mark Twain yendo aun más lejos afirmó que lo que realmente existe son mentiras, malditas mentiras y estadísticas.

Por todos es conocido el ejemplo de que si un hombre tiene un pollo y otro no posee ninguno estadísticamente ambos tendrán 1/2 pollo, pues bien, algo parecido ha pasado en el pueblo de Avinyonet del Penedes donde por el simple empadronamiento del multimillonario Presidente y dueño de Danone en esta modesta y discreta localidad ésta se ha convertido en el segundo municipio con más renta per cápita del Estado y es que la estadística no es más que el arte de mentir con números.

Los que tenemos cierta edad y hemos participado en negociaciones de convenios colectivos sabemos que cuando se reivindica una mejora salarial no es lo mismo pedir una subida de, por ejemplo, un 5% para todo el mundo que una subida del 5% de la masa salarial con un reparto lineal para toda la plantilla. En el primer caso significará que al que cobre 1000€ al mes le subirán 50€ mientras que al que gane 3000€ el ascenso le representarán 150€, agrandando así aún más las diferencias salariales; sin embargo, en el segundo caso, mediante un reparto igualitario de por ejemplo 100€ a cada trabajador, los que antes cobraban 1000€ ahora cobraran 1100€ y los de 3000€ ahora percibirán 3100€, de esta manera se beneficia con equidad en términos absolutos a las dos categorías pero en términos porcentuales los de la escala salarial más baja salen beneficiados y, además, de esa manera se consigue acortar las diferencias.

Algo parecido pasa con el Índice de Precios al Consumo (IPC), pero por partida múltiple. Vayamos por partes.

El IPC es un índice económico en el que se valoran los precios de un predeterminado conjunto de bienes y servicios que conforman la canasta familiar -no confundir con la canasta básica-. Ese catálogo está determinado en base a una encuesta continua sobre los gastos y consumos de los hogares que se presupone son consumidos de una manera regular. Estos resultados se contrastan con los anteriores índices para resaltar las diferencias. Esta relación puede ser positiva, es decir, que los precios han subido o, por el contrario; puede ser negativa, lo que índica que ha habido un descenso en los precios. Lo más frecuente es que sea positivo en comparación a los años anteriores: 1º por la existencia de una determinada inflación. 2º porque cambien los usos y costumbres consumiéndose otros productos más caros o 3º porque la productividad en la creación de algún o algunos bienes haya descendido produciendo como consecuencia su encarecimiento y 4º por las distintas combinaciones que puedan resultar de esas tres variables. En definitiva y como conclusión, el IPC es una de las múltiples maneras de entender la inflación y, por tanto, de la pérdida del poder adquisitivo del dinero.

El organismo encargado en el Estado Español de realizar las encuestas, muestreos etc. y de confeccionar los resultados es el Instituto Nacional de Estadística (INE), esta entidad dependiente del Estado supuestamente tiene que ser neutral, aséptico y ceñirse a los datos y a las técnicas científicas para confeccionar el IPC, pero en esto ocurre lo mismo que con el Estado en sí mismo, es decir, que bajo una apariencia de imparcialidad en realidad éste no es nada más que un instrumento al servicio del conjunto de una determinada clase social -la burguesa- para garantizar la explotación de las mayorías sociales y, a su vez, procurar la reproducción de ese sistema en su vano intento de perpetuarlo. Pues bien, el INE como uno más de los múltiples brazos que ostenta ese Estado no puede por más que servir bien a su Señor falseando los datos mediante técnicas subrepticias y métodos engañosos, arrimando así el ascua a la sardina de los poderosos.

De todos es conocido que a lo largo del tiempo la cultura va cambiando y, por tanto, los hábitos, usos y costumbres. Por ejemplo, hace 30 años nadie gastaba un duro en telefonía móvil porque no existía y que hace 80 años el consumo de harina era mucho más alto que ahora porque era habitual hacerse el pan en los hogares, pues bien, es razonable que en la ponderación de los bienes y servicios que componen el IPC se vayan introduciendo modificaciones atendiendo a esos cambios lógicos. Lo que resulta increíble es que ahora el peso de los bienes suntuarios como el gasto en restaurantes y hoteles, viajes al extranjero, coches de alta gama etc. entren en la composición del cálculo y, además, de una manera creciente. Ante la frialdad de los datos, es cierto que en la actualidad se viaja más, se consumen más productos de lujo etc. pero no hace falta estudiar en la Sorbona para darse cuenta de que para los que cobran por debajo de 1000€ -población que por cierto cada día es más numerosa en términos absolutos y relativos- ese tipo de gasto ni por asomo forma parte de su consumo habitual. Estamos ante la paradoja del pollo que se reparte entre dos personas, pero de manera desigual.

Antiguamente las encuestas que realizaba el INE para tal fin se hacían visitando los hogares, después se hacía directamente en los comercios y ahora el INE ha suscrito un acuerdo con el Corte Inglés para saber los hábitos de consumo de los españoles a través de los terminales de pago de dicha cadena comercial. A nadie se le escapa que para los estratos más bajos de la sociedad comprar en esos establecimientos es algo muy esporádico, extraordinario o que directamente ni se plantean al estar fuera de su alcance.

Por otro lado, el muestreo que realiza el INE sobre la adquisición de la mayoría de los productos se hace del 1 al 22 de cada mes como si el nivel de consumo del resto del mes fuese igual a esos 22 primeros días; por el contrario, es precisamente a finales de mes cuando los más pobres reducen su consumo a niveles de supervivencia consumiendo patatas, pasta, arroz y legumbres compradas previamente. Todo el mundo sabe que los últimos de cada mes disminuyen los atascos por que los menos pudientes apenas usan el vehículo particular. Estas maniobras son algunos ejemplos que explican por qué los gastos del IPC que se derivan de la alimentación, vestido, calzado, vivienda, luz etc. han pasado de significar un 81% en el año 1968 a un 47% en la actualidad, es decir, que el consumo real de los más pobres, que prácticamente sólo se ciñen a la adquisición de la canasta básica, tiene cada vez menos peso en la elaboración de esos datos estadísticos.

Además, por otro lado, los productos que conforman la canasta básica son los que experimentan las mayores subidas de sus precios en relación al resto de los 479 productos o servicios que conforman el IPC. Desde el 2006 la fruta fresca ha experimentado un alza de un 66%, las legumbres y hortalizas un 26,52%, la carne un 22,19%, el pan un 20,62%, los gastos universitarios un 67,68%, educación infantil y primaria un 31,89%, Transporte interurbano un 40%, la luz un 85,7%, el agua solo el año pasado experimentó una subida del 3,7% y así un largo etc. Prácticamente la mayor parte de los bienes consumidos por los pobres están regulados por precios de monopolio (Educación, Energía, Transporte y Agua) o por la Renta Territorial Agraria en donde, de últimas, el precio regulador de cada producto es el que se obtiene en la tierra de peor calidad puesta en explotación teniendo en cuenta la demanda solvente, en definitiva, que son los más pobres los que por vía de pagar los productos no procesados por encima de sus precios de producción financian la renta diferencial y la renta absoluta a los terratenientes. Esta carestía artificial de los productos de la tierra se desenvuelve a la par que los campesinos malviven con la permanente amenaza de la ruina. Tremenda contradicción. (para entender este mecanismo se recomienda leer la sección sexta del tercer tomo de «El Capital» K. Marx).

¿Y qué decir de los gastos derivados de la tenencia de un techo bajo el cual guarecerse?. En ese mismo libro Marx explica como el Capital se ceba con los más miserables. A pesar de que los intereses han bajado en la última década, el crédito hipotecario para comprar una vivienda todavía alcanza niveles de usura y, además, las condiciones que exigen para la concesión de dicho crédito son inversamente proporcional a las condiciones económicas que padezcas. Resultando imposible en la práctica para un mileurista acceder a la vivienda en propiedad, de ahí que al obrero que no tenga una vivienda y quiera emanciparse tan solo le queda la opción del arriendo. Y ahí sí que los especuladores adquieren la categoría de carroñeros sociales haciendo pagar más o menos el doble por el alquiler que por una letra hipotecaria. En los últimos cinco años los alquileres han subido alrededor del 50% y con tendencia a seguir subiendo. Por consiguiente, tanto los compradores como los arrendatarios están condenados a convivir con la precariedad habitacional y/o bajo la amenaza del desahucio.

Hasta los productos que bajan de precio son una desgracia para el pobre en el IPC. Las mercancías provenientes de un proceso fabril tienden a bajar de precio al crecer en mayor medida la productividad industrial comparada con la del campo y, además, al contrario que en los productos agrícolas, sus precios fluctúan alrededor del precio medio de producción, dando como resultado que por ejemplo los electrodomésticos hayan bajado un 13% desde 2006, los objetos recreativos un 40,48% el menaje, comunicaciones, ocio, cultura y los llamados horecas (hoteles, restaurantes y café) siguen bajando porcentualmente a la par que van teniendo más peso en la ponderación total y así un largo etcétera.

En definitiva, los precios en el periodo comprendido entre 2006 y el 2018 han subido de media un 19,6% mientras que los sueldos se han depreciado en un 1,4% según el IPT (Índice de Precios del Trabajo) y eso sin tener en cuenta que en el reparto que las subidas de los precios de los productos que consumen los obreros es mucho más alto aún.

El IPC es un elemento estadístico al cual se indexan cuasi automáticamente los salarios, las pensiones, la revalorización de los alquileres, del transporte, tasas etc y si tenemos en cuenta que ese dato está falseado para que el Índice REAL de Precios al Consumo de los trabajadores y pensionistas esté oculto bajo la verdad aparente de una media artificial cocinada en beneficio de las rentas más altas podremos comprobar la barbaridad que supone el que seamos nosotros mismos los que caigamos en la trampa de reivindicar subidas ligadas a unos datos pseudocientíficos que para lo único que sirven es para llevar el agua a un molino equivocado.

La lucha de clases nos obliga a tener que estar en permanente estado de actividad reivindicativa para poder mantener o mejorar nuestras precarias condiciones de existencia, de ahí que sea perentorio cambiar el chip y acostumbrarnos a exigir subidas lineales o, al menos, un reparto progresivo en donde más reciban los que menos tienen, para paliar así la estafa que ha supuesto que durante tantos años nos hayan estafado con datos elaborados por un INE que más parece ser el Instituto Nacional del Engaño.

Joaquín Lucena.

 

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