J. ÁNGEL TÉLLEZ VILLALÓN. El socialismo para el “tutor político” de Martí

Se intensifica cada enero, pero nunca se enfría. Es un debate latente, con este núcleo al rojo: el supuesto asesinato del Héroe Nacional, perpetrado por la Revolución y su partido de vanguardia, o la (de)construcción, desde la orilla opuesta, de un Martí anticomunista. Y aunque fue uno, haciéndose consecuencia en su propia realidad concreta, ya como símbolo es capital en disputa. Tal que, en la condensación en su figura de unos o distintos significados e ideas fuerzas, se informa en gran medida el conflicto que tensa el archipiélago ideopolítico cubano.

 

 “No necesitamos convertir a José Martí en un marxista o en un comunista. Nos basta su entendimiento
de la política como la búsqueda del bien común, y su humanismo de profundas raíces fraternales”.
Foto: Internet

 

Lo alertó el luminoso Roberto Fernández Retamar: el enemigo, “consciente del alimento espiritual que nos es la labor de Martí, no se cansa de tergiversarla, esta vez con la peor intención, a partir del odio y no del amor, con vistas a privarnos de ese arsenal”. A los neoplattistas les sirve un Martí no tan antimperialista como “lo pintamos” los que vemos en la alternativa socialista la garantía de la independencia de Cuba. Un Martí superliberal prefieren los que no desean ver en su Proyecto de República la superación de las falacias descritas por él en las “repúblicas de papel” de su tiempo, ni en nuestro Socialismo, el tránsito hacia el “Reino de la Justicia”.

No necesitamos convertir a José Martí en un marxista o en un comunista. Nos basta su entendimiento de la política como la búsqueda del bien común, y su humanismo de profundas raíces fraternales. Compartidas por el republicanismo democrático del mediterráneo y por el socialismo de gorro frigio. Evidenciadas en su evocación a la “identidad universal del hombre”, en la igualdad eterna del alma de los hombres. Armoniosa con la metáfora fraternal de Aspasia, el ideal de República democrática en la que “son todos hermanos de una misma madre”. Esa fraternidad que le hizo echar su suerte con “los pobres de la tierra” y que evidenció desde muy joven. Que late en su desgarrador texto “El presidio político en Cuba”, escrito en el verano madrileño de 1871, impreso en los talleres de Ramón Ramírez y distribuido entre la comunidad cubana.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, al final de sus Memorias, relató: “Llegó a Madrid un exalumno de Mendive —José Martí—. No ha venido a verme como esperaba: me ha traído Calixto Bernal el artículo que acaba de publicar, ‘El presidio político en Cuba’, experiencia que sufrió a los dieciséis años”. La poetisa se refiere a su coterráneo José Calixto Bernal y Soto (Puerto Príncipe, 1804 – Madrid, 1886), un reconocido abogado, escritor, periodista y también poeta, a quien Jorge Mañach calificó en su biografía del Apóstol como el “tutor político” de Martí.

El “Viejo Bernal”, como lo llamaban, había publicado ese mismo año “Vindicación. Cuestión de Cuba por un español cubano”. Un “conmovedor ensayo a favor de los derechos legítimos de libertad de los cubanos”, al decir del investigador Fernando Crespo. De lo que se presume que cuando Carlos Sauvalle presentó al viejo principeño y al joven habanero, existía en los dos una fértil predisposición para el diálogo y para la relación estrecha que, como describen, se entabló.

 

Foto: Cortesía del autor

 

Según el tataranieto de Bernal, “con pocas personas mantuvo Martí relaciones intelectuales tan intensas como con Calixto Bernal, sus conversaciones en Madrid fueron interminables”. “[Era] hermoso verlos como dos camaradas, en centros políticos en donde se hacían respetar, a pesar de que los llamaban los filibusteros”, contaba el entrañable Fermín Valdés Domínguez. El propio Martí, en su nota a Ángelo López de Betancourt, se refiere a su casa en Madrid como “refugio amable de los que jamás dejaban de trabajar por la independencia del país”. Y reconoce su admiración por el camagüeyano, “el autor valiente de la Vindicación y de aquellos dos versos en que hablando de la patria afligida dejó así, en el álbum de una mujer hermosa…”.

Vale decir que, aunque el joven desterrado debió encontrar múltiples resonancias entre sus propios puntos de vista y el diagnóstico político sobre los errores de la política española en Cuba que hace el autor de la Vindicación; disiente de las soluciones propuestas por este, quien, por temor a las revoluciones y a las soluciones violentas, se había movido entre el autonomismo y el anexionismo. Sin embargo, en lo formal, en la manera de polemizar y derribar uno a uno argumentos calumniosos o tergiversadores, se reconoce cierta similitud con “Vindicación de Cuba”, escrita años después.

En el seno de una familia que gran propietaria de esclavos, creció José Calixto. Cursó estudios en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. En 1822, se graduó de derecho en la Universidad de La Habana. Siguiendo una tradición familiar, ejerció como abogado en Puerto Príncipe y en La Habana. Se instaló en Madrid en 1863 y un año después fundó la Sociedad Abolicionista Española. Salió electo en la Junta de Información en 1866 (por su provincia natal, por el Grupo reformista) y fue diputado a las Cortes en 1879 y en 1881 (por Santa Clara, y por el Partido Liberal). En Europa escribió y publicó toda su obra literaria y política. Falleció en Madrid el 20 de diciembre de 1886.

En sus textos se anotan preocupaciones sociales y reivindicaciones de las clases más desfavorecidas. Por igual, son destacables sus consideraciones sobre los regímenes políticos imperantes en Europa, sobre la autoridad y la democracia en particular. En 1859, publicó “La democracia y el individualismo”, donde compara la doctrina democrática (natural) con la escuela individualista alemana, apostando por la superioridad de la primera.

Su obra más conocida y que más notoriedad le produjo, fue la titulada “Teoría de la Autoridad (aplicada a las naciones modernas)”, publicada en 1856 y 1857. No he hallado evidencias, pero pudo llegar a las manos del joven Martí, y muy probablemente salir a colación en sus ardorosos debates madrileños; en muchos de los cuales participaba Valdés Domínguez, a la postre defensor de las ideas socialistas. Especialmente, su definitorio Capítulo primero (T1), construido en torno a la (in)compatibilidad de conceptos como libertad, república, monarquía, democracia y socialismo, que luego describirá en sus diversas manifestaciones históricas.

Al leerlo se descubren no pocas coincidencias con las conceptualizaciones políticas del Apóstol. “La democracia —define Bernal— es la supremacía del pueblo, el gobierno del pueblo: la preponderancia del pueblo sobre el gobierno”. El mal y el bien no radican en cómo se llame el sistema de gobierno. El mejor sistema es el que consiga “el entronizamiento de la autoridad verdadera”, en el que “se reconozcan los derechos populares y se afiancen las libertades públicas.

 

Foto: Cortesía del autor

 

En tales disquisiciones llega al punto que más nos interesa, a la pregunta “¿qué es socialismo?” y “¿qué significa esta palabra terrible con la que se ha logrado helar el entusiasmo de las naciones y detener por unos momentos el curso de la humanidad?”. A lo que responde: “El socialismo es la inquisición de los medios de curar radicalmente los males sociales, de hacer desaparecer los abusos que se han introducido en nuestros hábitos, y que tienen corrompida y postrada la sociedad”. Antes había planteado: “el socialismo, como la democracia, y como algunas otras (ideas de progreso), es una palabra-fantasma con que se espanta a los hombres, como con los cuentos de aparecidos a los niños”.

Para “el caudillo moral de los emigrados cubanos”, no había una idea, “una empresa más eminentemente benéfica, más eminentemente filosófica, más eminentemente cristiana”. Pensamiento que en su opinión “ha sido siempre el de todos los hombres verdaderamente grandes. “Todos los filósofos y pensadores de todos los tiempos, han sido también socialistas, desde Confucio hasta nuestros días. “¿No es la humanización de la humanidad? ¿No es esta doctrina de Jesucristo, y de todos los apóstoles y sucesores?”. Interrogantes que remiten a reflexiones similares, más cercanas en el tiempo, como las del teólogo brasileño Frei Betto y el líder bolivariano Hugo Chávez.

Así, cuestión por cuestión, va desmontando Bernal a “los impugnadores del socialismo”, que a la larga terminan siendo los impugnadores del humanismo cristiano que late en la arteria más caudalosa del pensamiento martiano. Porque como apunta el prolífico autor, “esa escuela filosófica” es el “Evangelio aplicado a la legislación”; “los socialistas quieren la igualdad de todos ante la ley, el socialismo es la aplicación del cristianismo a la legislación”. Al “descubrir el origen del mal, y tratando de cortarlo en su raíz, suele proponer desde luego medidas radicales que chocan con intereses envejecidos y lastiman oídos desacostumbrados”.

Y cuando toca “la máxima que sirve de lábaro a la cruzada antisocialista, que es el comunismo y el derecho al trabajo”, acude a razonamientos similares a los que el maduro Martí para disentir de las críticas que hace el aristócrata Herbert Spencer a las “ideas socialistas”. No cree Bernal que el socialismo, en principios sea “desorganizador y destructor de la propiedad y de la sociedad”, o que los socialistas prediquen “el robo, el saqueo, y provocar una guerra social y de exterminio”. “La naturaleza no ha creado nada bajo el dominio de ningún hombre”. La propiedad es injusta “si se apoderan unos de todos los terrenos, frutos y animales, y dejan a los otros perecer de miseria”. “Así, la consecuencia que ha de deducirse de las máximas de los comunistas, no es que nadie tenga propiedad, porque esto es contra la naturaleza, sino por el contrario, que todos tengan lo que imprescindiblemente necesitan, porque esto es lo conforme a la naturaleza”.

Y va más allá. Para quien puede ser considerado el primer politólogo cubano, el socialismo era, además de justo, viable; pues que todos pueden tener lo que necesitan es “de muy fácil demostración, estando como está inculta y baldía más de la mitad de la superficie del orbe, a donde pueden descargar su exceso de población todas las naciones que lo tengan”. “Porque “ancha es la tierra en Cuba inculta, y clara es la justicia de abrirla a quien la emplee, (…) y con buen sistema de tierras, fácil en la iniciación de un país sobrante”, diría Martí para “justificar” su ideal de república. Una “patria palpitante” y de “equidad previsora”, con “política autóctona y veraz”, que garantice “casa para mucho hombre bueno” y “equilibrio para los problemas sociales”. Consecuentemente, al reseñar “La futura esclavitud”, alude a Henry George, quien por aquel entonces predicaba en los Estados Unidos “la justicia de que la tierra pase a ser propiedad de la nación”.

El tratadista razona, poniendo ejemplos concretos, que todo es cuestión de voluntad política de la clase en el poder, de “adoptar y sistematizar para la buena organización de las sociedades” el derecho al trabajo. De sistematizar lo que se hace en ciertas regiones y circunstancias, “al azar, a la aventura, sin plan, método, ni resultado cierto. La “escuela socialista lo que quiere es que esto que hoy se hace por tolerancia, o quizá contra la voluntad de los gobiernos, sea un deber de los gobiernos, que se metodice, arregle y ordene para que pueda producir satisfactorios resultados”.

Como Martí, el autor de “Teoría de la Autoridad” señala como males sociales la corrupción y la falta de virtud. Cree que los “hombres verdaderamente grandes” son los que han pretendido “mejorar la humanidad, purgarla de sus hábitos impuros, viciosos o extraviados. Eso —apunta— es lo que pretende “el socialismo verdadero”. Y concluye: “todo el que no sea socialista quiere conservar los vicios y la corrupción de la humanidad”. No falta sino “la realización de sus máximas y principios”, su “aplicación inmediata y precisa”.

Así interpretaba las ideas del socialismo el “tutor político” del joven Martí. Y lo que entonces describía, se mantiene: “A punto se está de entregar esa palabra (Socialismo) a la execración universal, y de considerar al socialista poco menos que como un bandido. ¡Así obran siempre las malas pasiones! Y todo ¿por qué? Por la misma razón que hemos señalado antes. Porque no nos hemos detenido en definir las palabras, porque no hemos querido conocer y comprender las ideas”.

Son las mismas “malas pasiones” que intentan manchar el legado del autor intelectual de la Revolución, descolocar sus ideas y ejemplar conducta por la “humanización de la humanidad”.

 

(La Jiribilla)

 

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