GINO GONZÁLEZ. La vanguardia anónima

Te imagino guerrillera / de los sueños comunistas / te imagino por la selva / en los años sesenta / Los Beatles y El Che / el mismo amor en usted / patria o muerte en otra guerra / no traicionando la entrega / y criando los hijos / del que se te fue.

Muchas mujeres, entre ellas madres, también se fueron y quedaron los abuelos a cargo de los hijos, cuando no, en muchos casos como el centroamericano por ejemplo, los padres tuvieron que cargar con los hijos en la guerra.

Tanto la vanguardia como la retaguardia son importantes en una guerra. La primera sin la segunda perece y ésta existe por aquella. Existe la tendencia signada por los egos de ubicar a los mártires en la vanguardia. En dado caso, estas categorías se precisan con más exactitud en la guerra convencional. En la particularidad de esta guerra están quienes se asumen en la vanguardia, y lo pregonan, y a lo mejor no lo están. A veces una vanguardia anónima, silenciosa, irrumpe de repente y luego vuelve a su aparente letargo, mientras otros cosechan su victoria para conformarse en vanguardia visible.

En el devenir de los cambios históricos ninguna forma de lucha se debe desconsiderar. Formas de lucha hay que no parecen tales, así como lo político adquiere formas que no parecen políticas, pero lo son. Hay quienes luchan y no saben que luchan. Hay quienes hacen política y creen que no lo hacen. No recuerdo dónde ni en qué fecha, la huelga general de las amas de casa paralizaron ese país.

Los que han trabajado somos / para que los ricos coman / los que si dejamos solo / a este mundo, se desploma.

Hay que reconocer la ética y amor por este país, aunque no lo griten a los cuatro vientos, de los trabajadores dependientes del estado que con un sueldo hecho trizas por la inflación se mantienen prestando servicio. Docentes en los centros educativos que allí están atendiendo a la infancia y a adolescentes de la patria. Médicos en los hospitales, policías en las calles, personal de ministerios, alcaldías y gobernaciones, trabajadores petroleros y hasta constituyentes, de los cuales algunos, equivocadamente piensan, que devengan «buen sueldo», y hacen sacrificios para asistir a las sesiones. Son mártires cotidianos de carne y hueso. Considerable grupo humano dependiente de la nómina de un estado con los ingresos reducidos debido al bloqueo imperialista.

Pero también aquellos trabajadores de la empresa privada cuyo sueldo está regularizado por el gobierno que es quien determina el sueldo mínimo de todo el mundo. En este caso es paradójico e insólito. El estado en una oportunidad llegó hasta asumir la nómina de pago de estas empresas. Aun cuando sus productos se venden a precios elevados muy por encima de su costo de producción, pagan sueldos muy bajos en relación a sus ganancias.

Quien sólo dispone de un sueldo para subsistir es quien más padece. Nos estamos convirtiendo en un país de comerciantes. La compra-venta es la alternativa de trabajo a la que más se recurre. Lógico, quien compra y vende, nunca pierde. Si suben el precio, lo subo también yo.

Resultados, nadie quiere trabajar por un sueldo ni mucho menos cumplir un horario. Es más rentable trabajar por tu cuenta. Hay que montar algún negocio para subsistir. Cierto que en los pueblos ya empezaron a cantar los gallos otra vez y las plantas volvieron a las casas, pero aquel es el criterio que subyace. Mi sobrina, profesora de matemáticas, gana más vendiendo «tetas» en la casa (no las de ella, me refiero a helados) que lo que cobra en el liceo. Un hermano jubilado del estado se fue pa las minas. Los sueldos no dan para vivir. Negocio por todas partes. Estos días le dijo un compa a Roberto Duque: «hermano, yo soy chavista, pero la realidad es escuálida».

Lo cierto que hay una dinámica económica, la cual es la que nos ha permitido sobrellevar esta situación, sin negar los bonos presidenciales que de vez en cuando nos llegan y que «malos no son».

Mirándolo por el lado positivo, ojalá podamos romper los monopolios y se desarrollen múltiples empresas y conucos por todas partes. Ojalá los trabajadores nos organizáramos y hasta una ley se haga en ese sentido, para que el empresario, según sus ganancias, pague el salario.

Eso se debería extender a las empresas del estado. Deben generar ganancias para beneficio propio del pueblo. En definitiva son nuestras, aquí no somos neoliberales.

Pienso que el propio pueblo que somos va consiguiendo las claves para superar esta situación, pero la acción y el discurso de la «vanguardia» ejecutiva de la revolución debe estar a tono con las emociones y el quehacer colectivo.

 

(Misión Verdad)

 

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