¿Cómo se le mira de frente a la muerte? ¿Cómo reírse de ella ante la inminencia de su llegada? ¿Cómo alguien sabe si murió cumpliendo bien la obra de su vida? ¿Cómo emular el heroísmo tantas veces contado y leído?
Ahí están nuestros héroes, una vez más. Ahí está la sangre cubana, una vez más, limpiando la ponzoña imperial, por el futuro libre de Nuestra América.
La madrugada del 3 de enero de 2026 no amaneció en Venezuela. Fue arrancada a bombazos, con el estruendo criminal que solo exporta con generosidad macabra el imperio del Norte. Contra la hermana República Bolivariana, contra su derecho a respirar sin el garrote del hegemón, se desató la furia cobarde de los señores de la guerra. Y en ese infierno, 32 hijos de esta tierra caprichosamente solidaria plantaron sus pies, apretaron sus fusiles y cumplieron, hasta el último aliento.
No eran números. Eran —son— 32 razones para que Cuba se enorgullezca y llore a la vez. Combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior que respondían con lealtad de acero a un llamado fraternal. Fueron a Venezuela porque la Patria —nuestra gran Patria latinoamericana— no es un mapa, no son fronteras dispersas, es un ineludible compromiso. Y ese compromiso se cumple con la vida cuando hace falta.
Cayeron, sí. Pero no cayeron de cualquier manera. El parte oficial, sobrio y doloroso, dice que “tras férrea resistencia”. Imaginen la escena. No es nada que ver con la falsa mítica «made in Hollywood». Es el olor a pólvora, el metal caliente, el oído atento a la ráfaga que viene del cielo o de la esquina. Es el valor tranquilo de quien sabe por qué está ahí: por deber, por convicción, por esa fibra internacionalista que nos tejieron Martí, el Che y Fidel.
No se doblaron. Cayeron como cae un árbol noble para dar sombra a los que vienen detrás.
¿Sus nombres? La historia nos los traerá en su momento. Pero hoy tienen un nombre colectivo. Tienen un destino: Gloria, con mayúscula, la que no da la fama vana, sino la certeza eterna de haber servido al bien mayor.
El dolor, como es natural, recorre Cuba entera. En silencio. Conmovida. Un luto callado, profundo.
El general de Ejército Raúl Castro y el presidente Miguel Díaz-Canel, con ese temple de padres, ya hablaron con los familiares. No hay palabras que sequen ese llanto, pero sí hay un abrazo de pueblo, de nación entera, que los rodea y los sostiene.
Por eso se decreta Duelo Nacional. La bandera a media asta no es un símbolo de derrota, sino de combate —y homenaje—. Es la barbilla firme y los ojos brillantes ante la pérdida. Es el “¡Presente!” que gritaremos por ellos en cada batalla futura.
Porque ese es el meollo del asunto. Mientras el mundo intenta vendernos su versión podrida de la noticia, esos cubanos no murieron en “una escaramuza en el extranjero”. Cayeron en la primera línea de la trinchera de nuestro continente. Su sacrificio es aliciente contra quienes quieren anegar, otra vez, estas tierras de sangre y saqueo.
Así que, cuando vean la bandera a media asta estos días, no bajen la mirada. Mírenla fijo. En cada doblez de la tela, en ese sol que se niega a ocultarse del todo, están ellos. Los 32. Y los que vinieron antes, en la Sierra, en Girón, en Angola. La cadena no se rompe. El imperio, con toda su tecnología mortífera, nunca entenderá esta álgebra sencilla y terrible: por cada cubano que cae por la libertad de América, nacen mil con más rabia y más amor para continuar.
El homenaje vendrá. Las flores, los discursos, el recuerdo en las escuelas. Pero hoy, en este instante, solo queda la verdad desnuda y feroz de su partida. Y una orden clara, que brota del pecho de un pueblo agraviado pero indomable, dirigida a los autores intelectuales y materiales de este nuevo crimen: ¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda!
(Girón)
Internacionalismo cubano:
PACO AZANZA TELLETXIKI. Operación Tributo: Resumen del internacionalismo de Cuba en África
