FRANCESCO INDOVINA. La igualdad es el primer ladrillo para reconstruir la izquierda

Si queremos reconstruir una perspectiva de izquierdas, el primer ladrillo no puede ser otro que la igualdad, entendida no como concepto económico estrecho sino como una tormenta regeneradora que aportaría agitación y resurgimiento al conjunto de la sociedad.

La igualdad no debería suponer un castigo ni forma alguna de gravamen a los que tienen mucho —como un impuesto sobre la riqueza — con el fin de dar a los que tienen menos. Esa redistribución resulta desde luego necesaria, pero no es el núcleo de la cuestión. Si la igualdad no se convierte en un creación que permee la sociedad, una dimensión que discurra por todas sus estructuras, un hábito, un modo de pensar, una cultura en sí misma, producirá reacciones negativas y será rechazada, no sólo por parte de los que se preocupan por su opulencia sino también por quienes temen que podrían verse afectados por ella en el futuro, o los que se sienten disminuidos porque se les diga que son meramente iguales, o quienes piensan que una estricta meritocracia debería ser el principio organizador de la sociedad, porque —sostienen—las diferencias sociales surgen de cuánto esfuerzo ha puesto cada cual y cuánto ha sacrificado cada quien.

Estos engañosos argumentos son manifestaciones de la forma de pensamiento hoy dominante, que no se propone otorgarnos libertad sino mantenernos en una situación de sumisión, o, además, de autosumisión. Esta hegemonía cultural es la que se ha de combatir, y debe reemplazarla una cultura de igualdad.

Igualdad no quiere decir masificación ni reducción de la diversidad a la uniformidad. Por el contrario, es un terreno fértil en el que la individualidad puede explorar plenamente sus posibilidades y puede regocijarse por sus diferencias y sentirse exaltado por ellas. Igualdad e individualidad deben mantener una relación simbiótica, y sólo en este marco se puede vencer al individualismo.

Igualdad y libertad tienen un camino común, y deben avanzar una al lado de la otra: solo se puede ser verdaderamente libre si puedes verte a ti mismo, sin vergüenza, en los ojos de los demás. La igualdad es el cimiento del mutuo respeto, la ausencia de envidia social y la indiferencia hacia la riqueza material, estas son las condiciones necesarias para que cualquiera pueda respetar al otro.

La igualdad puede recompensar el mérito, con la única condición de que no debe transformarse en medios monetarios, el dinero no es la única cosa que proporciona reconocimiento del mérito: el reconocimiento social y el agradecimiento pueden tener mucho más de recompensa. La gente habla del salario mínimo —y creo que es algo bueno —pero ¿no deberíamos hablar también de un salario máximo? Tanto uno como otro son elementos necesarios en una perspectiva basada en la igualdad.

Igualdad también significa igualdad entre la presente generación y las generaciones futuras. Esto es lo que nos dicen las importantes protestas que se están sucediendo estos días.

Igualdad no quiere decir miseria generalizada sino, antes bien, una vida rica para todos: no significa aplanar todas las distinciones sino una estructura razonable para la sociedad.

Luchar por la igualdad requiere una riqueza de pensamiento y un amplio abanico de acciones y prácticas. Por eso es por lo que se necesitan mentes sutiles y agudas para este proyecto, que sean capaces de una visión más profunda. Se trata de una labor colectiva, de un compromiso general…y al mismo tiempo del sueño más desbordante que cabe concebir. No sucederá de golpe, pues solo puede construirse paso a paso. Debe construirse partiendo de las cuestiones que preocupan hoy a la sociedad, confiando en que las nuevas generaciones se sumen al proyecto de salvar el mundo.

La desigualdad es un monstruo que destruye cualquier sociedad, incluida la nuestra. Corrompe a la buena gente y da rienda suelta a ambiciones autoritarias, a la vez que convierte la violencia a escala individual en un rasgo de la vida cotidiana.

Podemos y debemos acabar con este monstruo: la gente, lo mismo hombres que mujeres, tiene inteligencia para llevarlo a cabo, tiene la presencia de ánimo para combatirlo, y está lista y dispuesta a sumarse a esta batalla, pero se encuentra a menudo perdida en la obscuridad de la forma de pensamiento dominante, que no parece dejar salida alguna. Entre todos los posibles caminos por los que pueden hacer progresos mejores formas de pensamiento y acción, la igualdad es uno de los más importantes.

No creo que la izquierda reformista pueda construir un edificio riguroso si no contempla la igualdad como lente a través de la cual ha de verse la necesaria transformación de la sociedad. De manera semejante, los pedazos desperdigados de la izquierda radical— que acaso sea imposible recomponer de nuevo— sólo pueden dejar huella si contribuyen también, sin ahorrar esfuerzos, a la construcción de una cultura en la que predomine la igualdad.

 

*Francesco Indovina es un reputado intelectual italiano, urbanista y economista del territorio, fue profesor en diversas instituciones y universidades italianas (Milán, Pavía, Venecia, Sassari-Alghero) y colaborador de Lelio Basso en la revista Problemi del socialismo. Militante del Partito Socialista Italiano, lo abandonó para fundar el Partito Socialista Italiano di Unità Proletaria, participando asimismo en el proyecto de il manifesto desde sus inicios. En 2010 recibió el Premi d’Estudis Urbans Joan Vilagrasa otorgado por la Universitat de Lleida. Entre sus libros publicados en castellano se cuentan La ciudad de baja densidad (Diputació, Barcelona, 2007) o La ciudad del siglo XXI (Madrid, Catarata, 2017. En 2012 la editorial barcelonesa Icaria publicó sobre su obra un libro de Oriol Nel-lo: Francesco Indovina. Del análisis del territorio al gobierno de la ciudad.

 

 (Il manifesto global, 22 de marzo de 2019 / Traducción: Lucas Antón)

 

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