Felipe apartó a su padre, el resto debería apartar a Felipe

En pleno Coronavirus la Casa Real ha materializado la crisis que se viene larvando desde hace tiempo. Los intentos desesperados del régimen (encarnados sin rubor por los PSOE, PP, Vox, C´s) de tapar a Juan Carlos I, votando sin vergüenza por no investigar sus corruptelas y vida de millonario, no son más que la prueba inequívoca de la debilidad de una corona que carga con el virus de su ilegitimidad a cuestas desde el comienzo, desde el nombramiento de Franco buscando la continuidad del sistema.

La declaración de Felipe VI de no aceptar la herencia de su padre es un gesto de cara a la galería, porque legalmente eso puede ocurrir solamente tras la muerte del padre (Artículo 127 del Código Civil). Por tanto, lo único plausible es el reconocimiento implícito de la ilegalidad de la fortuna de Juan Carlos, pero eso no es una novedad, suena más a cortafuegos para que la epidemia no se lleve a los dos por el mismo precio.

La cónyuge oficial de Juan Carlos, la reina consorte, seguirá, faltaría más, cobrando del erario público sus 100.000 euros anuales para sus gastos. La que fue no oficial, Corinna, parece tener una batería de pruebas que demuestra la corrupción de los Borbones (no solo de su ex amante). Demás está decir, que la aparición del nombre del propio Felipe en cuentas como segundo beneficiario de la fundación panameña con la que Juan Carlos controló una cuenta en Suiza y que llegó a albergar 100 millones de dólares transferidos por Arabia Saudí en 2008, no es ni sorpresa.

Que un personaje de esta estirpe sea el Jefe del Estado es un déficit democrático y un sin sentido, pero sobre todo una deuda del pueblo para consigo mismo.

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