Estamos en 2018, pero “Pan, trabajo y libertad” sigue siendo una demanda con más vigencia que nunca

En el Reino de España se pronuncia mucho la palabra “democracia” y, curiosamente, quienes más la reivindican como práctica imprescindible son precisamente aquellos que más vulneran su contenido real; aquel que hace rato vaciaron para llenarlo con un significado que no le corresponde.

Resulta increíble pero es lamentablemente cierto, como a día de hoy, recién iniciado el 2018, existen más motivos que nunca para salir a la calle y pedir “pan, trabajo y libertad” a quienes a diario y de manera harto escandalosa niegan tan elementales derechos a sus gobernados —me estoy refiriendo a los dirigentes del PSOE y del PP, los dos partidos que desde 1982 se alternan en el poder, y a los de otros partidos que dirigen gobiernos autonómicos—. Pero salir a la calle para exigir los mencionados derechos, es sumamente peligroso; lo mismo que hacerlo desde casa. Lo estamos viendo prácticamente a diario en el Estado español —y en todo el mundo—. Las legítimas manifestaciones de protesta se suceden, y los apaleamientos impunes por parte de los cuerpos represivos que, con dinero público, trabajan única y exclusivamente para los intereses del gran capital también.

Teclear unas cuantas palabras para expresar lo que los poderes no quieren que se diga es, a día de hoy, un ejercicio ciertamente peligroso. Prueba inequívoca de que en lo esencial poco o nada hemos avanzado después de tantos años de “democracia”.

En la madrugada del 13 al 14 de agosto de 1976, un joven almeriense de 19 años de edad, estudiante de Biología en la Universidad de Granada y militante de la Joven Guardia Roja —juventudes del desaparecido Partido del Trabajo de España— fue vilmente asesinado por las balas de la Guardia Civil. Su “delito” no fue otro que el de intentar escribir en un muro la inscripción: “Pan, trabajo y libertad”. Solamente pudo escribir la palabra pan y la t de trabajo, porque sorprendido por la siniestra Guardia Civil fue perseguido y tiroteado con el triste desenlace arriba indicado. Era la época de la mal llamada Transición, aquella que, por más que se empeñen en hacernos creer lo contrario, nunca llegó a consumarse.

Vivimos ya —no pocos sólo sobreviven— en 2018. Sin embargo, actualmente la vieja demanda de “pan, trabajo y libertad” sigue teniendo su plena vigencia, lo que sin duda es una auténtica vergüenza, aunque los responsables que la provocan se hagan los “locos” y ni siquiera se sonrojen. Cerca de 1.000 millones de personas pasan hambre en el mundo; más de 8 millones viven en la opulenta Europa —no pocas de ellas en el “democrático” Reino de España—. Los desempleados también abundan por doquier. En cuanto a la libertad se refiere… ¿alguien la ha visto alguna vez? ¿Qué aspecto tiene, cuántos la conocen? ¿Se puede ser libre padeciendo hambre, siendo un desempleado…?

Hablar de democracia con la existencia de lo arriba dicho sólo puede obedecer a una broma pesada o a un sarcasmo. Coincidimos con Fidel Castro cuando dijo que “no puede existir la verdadera democracia en medio de la desigualdad social, en medio de la injusticia social, en medio de sociedades divididas entre ricos y pobres. […] la sociedad capitalista nunca podrá ser democrática, porque es la máxima expresión de la lucha feroz entre los hombres, la máxima expresión de la falta de igualdad y de la falta de fraternidad entre los hombres. Por eso digo y sostengo que no concibo la democracia dentro del sistema capitalista, y que sólo concibo la democracia dentro del sistema socialista”.

Exigir un sistema más acorde para con las necesidades reales de todos y no sólo para con las de un puñado de privilegiados, decíamos, es una práctica tan legítima como urgentemente necesaria.

Hoy mucha gente se mueve exigiendo “¡Democracia Real Ya!”; gente de ideología bastante heterogénea. Pero resulta chocante cómo mucha de ella se asusta cuando escucha la palabra socialismo y, ni qué decir tiene, comunismo. Un contrasentido, sin duda.

Por eso insistimos en que exigir democracia real implica la exigencia de un cambio radical del sistema. El capitalismo, repetimos, nunca permitirá la existencia real de democracia, la imprescindible participación de la ciudadanía en las decisiones más importante que tomen sus verdaderos representantes, aquellos que, postulados primero y elegidos después por los propios electores, puedan ser controlados por estos e incluso revocados mediante asamblea popular si consideran que no cumplen con el trabajo encomendado. Y es que, antes de nada, se debe tener en cuenta algo muy importante: el capitalismo nunca devolverá la dignidad usurpada a sus víctimas, porque necesita de estas para subsistir.

Han sido tantas las barbaridades que los interesados le han atribuido al socialismo que, a día de hoy, le asusta a demasiada gente honesta que se lo ha creído. El “socialismo” que en verdad debe asustar es el del PSOE y otros partidos similares, que en realidad son capitalistas y abundan en todo el mundo.

El socialismo no es un dogma, vive transformándose a los lugares y a los tiempos, y es la herramienta que el proletariado necesita para conseguir sus históricas y necesarias reivindicaciones. El socialismo es la fase inferior del comunismo.

Se debe asumir que, para atajar un mal con eficacia, primero es imprescindible la consecución de un diagnóstico acertado de la causa que lo provoca. De lo contrario, en el mejor de los casos, sólo se podrá alcanzar un alivio relativo y momentáneo, pero nunca, jamás la curación total de esa enfermedad llamada capitalismo que, en su fase superior —el imperialismo—, se extingue matándonos a todos.

 

(La fotografía de Paco Azanza Telletxiki corresponde a la Ciudad de Holguín de un país hermano y socialista: Cuba)

 

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